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El PIB de Grecia de alrededor de 300 mil millones de dólares, representa aproximadamente el 0.5% de la producción mundial. Su deuda pública de 470 mil millones de dólares es muy grande respecto del tamaño de la economía griega, sin embargo, es menor al 1% de la deuda mundial –y menos de la mitad la tienen los bancos privados (principalmente griegos). Barclays Capital estima que solamente unos cuantos bancos extranjeros de importancia global tienen cerca del 10% de su capital de nivel 1 en bonos del gobierno griego, y la mayoría tienen mucho menos.

Entonces, al menos en papel, Grecia no debería ser una economía de importancia sistémica. Con todo, hay varias razones por las que la crisis griega está teniendo un efecto de contagio sustancial. Además, Grecia no es la única en este sentido.

Primero, en el ejemplo griego, existe el temor de contagiar a otras economías europeas en dificultades, como Portugal e Irlanda, o incluso España e Italia. También hay inversiones  sustanciales de fondos del mercado monetario estadounidense en instrumentos emitidos por algunos de los bancos expuestos.

Además, hay varios derivados, como los swaps de créditos impagados (CDS, por sus siglas en inglés) con los bancos tenedores de deuda griega que se aseguraron a sí mismos contra impago. Si los CDS están concentrados en instituciones financieras específicas, éstas podrían estar en riesgo –incluso más que los principales compradores de deuda griega. Sin embargo, nadie sabe cuántos derivados tiene cada quien, o si reducen o magnifican el riesgo porque los CDS no se comercializan con transparencia en los mercados cambiarios abiertos.

Finalmente, las dificultades griegas implican problemas para la gestión del euro, así como la posible alteración del orden en los mercados de divisas, que amenazan con aumentar la incertidumbre e influenciar negativamente la débil recuperación global. Claramente, la economía mundial tiene un gran interés en la recuperación de Grecia.

En el mismo sentido, consideremos un caso totalmente diferente, el de Yemen. Grecia y Yemen no tienen similitudes relevantes, excepto el contraste entre su tamaño y los posibles efectos de contagio. El PIB de Yemen es de solo 10% respecto del de Grecia, y representa el 0.05% de la producción global, y su economía no está vinculada significativamente al sistema financiero internacional.

Sin embargo, la población de Yemen es similar a la de Arabia Saudita, y es muy difícil controlar su frontera. El caos en Yemen, junto con la creciente fuerza de los extremistas, podría desestabilizar seriamente a Arabia Saudita y amenazar la producción de petróleo. En ese caso, el precio del petróleo podría dispararse hasta 150 dólares por barril o más, lo que golpearía fuertemente a la economía global.

Se pueden encontrar otros ejemplos de este tipo. Recordemos que la crisis asiática de 1997 empezó en Tailandia –otra vez, una economía que no es grande. Las fuertes interconexiones de tipo comercial, financiero y las relacionadas con los recursos naturales que se han desarrollado en la economía mundial convierten a países pequeños o problemas menores en riesgos sistémicos globales.

Se tienen que entender y abordar las implicaciones para la gobernanza económica mundial. En la Cumbre del G-20 de Seúl en noviembre de 2010, los dirigentes que se reunieron alentaron al Fondo Monetario Internacional a trabajar con el Foro de Estabilidad Financiera para desarrollar un sistema de alerta temprana de riesgos financieros mundiales, y a analizar los efectos de contagio en las “economías grandes” (China, los Estados Unidos, el Reino Unido, Japón y la eurozona.)

Los informes de contagio se están discutiendo actualmente en la Junta del FMI. El Director Gerente del Fondo va a presentar un informe resumido al Comité Monetario y Financiero Internacional cuando se reúnan en septiembre los funcionarios de los países miembros del FMI.

Si esta acción se realiza seriamente se podría hacer un análisis más profundo de interdependencia en la economía  mundial. También podría aumentar la legitimidad del FMI  como una institución que es global no solo por su membresía sino también por su tratamiento a los diferentes tipos de miembros. Mientras que la supervisión macroeconómica del FMI se aplicara de hecho solamente a los países en desarrollo, en donde el G-7 y otros países ricos evadieran un proceso de seguimiento serio, el Fondo no podía ser visto como justo e imparcial.

Sin embargo, como indican estos ejemplos, la importancia sistémica no solo es cuestión de tamaño. Lo que importa son las interconexiones que unen a un país específico, institución o grupo de instituciones (por ejemplo, Lehman Brothers y AIG) a la economía mundial en general.

La supervisión del riesgo sistémico debe probar y analizar proactivamente estas interconexiones y tratar de imaginar lo “inimaginable.” Después de todo, como ahora sabemos muy bien, el riesgo sistémico puede surgir en lugares inesperados.

La interdependencia se ha hecho más compleja de lo que era incluso hace una década. Se necesita habilitar al FMI para analizar los riesgos macroeconómicos y macrofinancieros que han surgido, establecer un sistema de alerta temprana, y proponer posibles medidas de política preventiva. La membresía casi universal del Fondo y los conocimientos técnicos de su personal le debería permitir llevar a cabo una supervisión multilateral eficaz, siempre y cuando acelere sus propias reformas de gobernanza, para que la supervisión se perciba como de interés de todos.

Kemal Dervis, exministro de Asuntos Económicos de Turquía y director del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNDP, por sus siglas en inglés), es vicepresidente y director del Programa de Desarrollo y Economía Global de la Brookings Institution.

Copyright: Project Syndicate, 2011.
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