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De un tiempo a esta parte muchos de nosotros hemos creído a pies juntillas que el crecimiento económico era un patrón imprescindible y necesario para el desarrollo. Es más, cuando de reconocer el grado de desarrollo de los pueblos se trata ordinariamente, el crecimiento económico suele ser el parámetro más relevante. Seguramente que esto sea, o haya sido así, es consecuencia de una determinada manera de entender el sentido del progreso de los pueblos. Es el triunfo de una forma unilateral de medir el bienestar de los hombres y de las naciones que se nos presenta bajo el llamado pensamiento único.

A Amartya Sen, premio Nobel de economía, debemos, entre otras muchas cosas, el enfoque humano del desarrollo. Enfoque que, ni más ni menos, ha llevado a las Naciones Unidas, al PNUD en concreto, a elaborar anualmente un índice de desarrollo humano. La clave, para Sen, es el bienestar real y la libertad de las personas. Este es el principal elemento que ha de evaluarse en la globalización, para conocer si realmente incide positivamente en la calidad de las condiciones de vida de la gente o no.

En este contexto, la promoción de la riqueza de la entera vida humana precede a la economía, que no es más que una parte integrante de este proceso de mejora del bienestar de las personas, entendido, por supuesto, en sentido amplio e integrador. Desde esta perspectiva, el sentido de la investigación en las ciencias sociales cobra nuevos derroteros e invita a estudiar las instituciones sociales desde coordenadas más pendientes del ser humano y sus derechos fundamentales que de consideraciones abstractas que, en ocasiones, nada o muy poco tienen que ver con soluciones que ayuden a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. Para ello, como señala el profesor Sen, es menester analizando los factores que realmente inciden, que ciertamente influyen en la calidad de nuestras vidas.

*Catedrático de derecho administrativo.