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En medio de una conmemoración más de la Revolución del 19 de julio de 1979, es obvio que de la misma sólo quedan los escombros de las aspiraciones de la colectividad social versus las ambiciones de un grupúsculo que logró enriquecerse en tiempo récord.

La última “revolución romántica” de Latinoamérica es celebrada, en la actualidad, contradictoriamente con una fiesta privada de la parentela Ortega-Murillo, que junto a su servidumbre cortesana y empleados públicos famélicos aplauden los más disparatados dotes artísticos del espectáculo familiar. Y es que “El sueño de la razón produce monstruos.” (Goya).

En esta nueva versión del show, el Teatro Nacional hizo de burdel privado del orteguismo donde  se concentró “la juventud nicaragüense” junto a personeros de esa institución cultural, que haciendo gala del derroche energético vitorearon a galillo suelto el nombre del dictador.

Aquella revolución de julio quedó atrás, sepultada junto a los héroes y
anhelos de todo un pueblo, casualmente por aquellos que supuestamente rescataron la democracia y que paradójicamente insisten perpetuarse en el poder.

Una vez más se encuentra amenazada la República y no precisamente por gánsters o mafiosos, como afirman ciertos analistas políticos, éstos al menos manejan ciertos códigos de conducta y  respetan algunas fronteras de la moralidad, sino por los delincuentes comunes que mercantilizaron la revolución.

La suerte de Nicaragua está echada mediante la instrumentalización de los poderes Electoral y  Judicial que con el objetivo de institucionalizar la dictadura imponen la reelección inconstitucional, impiden una verdadera observación electoral e implementan un código de ética, algo que desconocen.

No en vano esta ambiciosa familia esperó fuera del poder oficial 16 años y no fueron casualidad los métodos utilizados para reconquistar el mismo, obviamente  motivados para asaltarlo por  más de un período sin importar las consecuencias.

Después de la transición de gobierno, en el año 1990 se instaló una democracia tambaleante que al menos funcionó formalmente por dieciséis años, a diferencia de este desregulado sistema de hordas que persigue beneficios para  su reducido grupo tribal.

La sociedad nicaragüense está a punto de perder la apuesta una vez más, no debe extrañarnos entonces que en esta celebración estuvo oculto tras los bostezos de un aburrido boxeador y protegido por un muro humano de contención el  nuevo heredero del dictador.

El orteguismo, mediante la utilización de un discurso mágico, florido de alusiones revolucionarias de otras épocas y un teocentrismo híbrido entre socialismo y cristianismo, se representó a sí mismo como la reencarnación de Sandino ante su ciego clientelismo político “y es que un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción.” (Bolívar).

Estamos perdiendo la República por intrigas que históricamente han sido las principales aliadas para la consolidación de dictaduras opresoras y sectarismos prejuiciosos que  impiden un verdadero proceso de unificación de la oposición.

Se apodera el descontento pero sin ningún medio efectivo para canalizarlo, por el contrario, hay una dispersión en los grupos sociales y políticos que disipan los esfuerzos de la lucha cívica, como si cada uno respondiera a un fin distinto.

En las calles, la subsistencia se transforma en apatía, matan lentamente a pellizcos en el estómago al trabajador informal, se titula el estudiante para morir frustrado sin un empleo digno, se humilla al pequeño comerciante desde los consorcios del Alba, se golpea a los jóvenes cobardemente en la cara, se emplea la violencia y se diseñan las futuras cárceles de la dictadura.

Apartar el rostro en este contexto es negar nuestra crisis histórica, en vez de enfrentarnos a ella, con nuestros odios canalizados en pasión para congregar nuestra lucha con el amor, sólo así reconstruiremos nuestra República.

*Poeta, narrador, ensayista y abogado.