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Muy superficiales serían las ideas marxistas que Daniel Ortega, pudo haber sostenido en sus años de revolucionario, como para que fueran desplazadas de su mente por las ideas seudo religiosas de Rosario Murillo. Ahora hacen un dúo bien acoplado en la manipulación de valores, ritos y mitos de la iglesia católica, como pastores de un Estado confesional, ya nada semejantes a los líderes de una revolución.

La concentración del 19 de julio no dejó dudas acerca de la conversión de su partido político en falange clerical. Se confirmó la existencia de una rara especie de partido-iglesia.

Este cambió aún no ocurría cuando se discutió y aprobó la Constitución Política (1986-87) con las orientaciones de la Dirección Nacional –dentro de la cual Daniel era una voz más, y Rosario ni siquiera pertenecía a la Asamblea Sandinista— de actuar acordes con la tradición progresista de las constituciones liberales, en cuanto a mantener al Estado al margen de toda religión.

En efecto, las constituciones de 1893, 1905, 1911, 1939, 1948, 1950 y 1974 separaban a la religión del Estado, a excepción de las tres primeras, las de 1838, 1854 y 1858, aunque la de 1854 lo hacía en otro sentido: el Estado protegía el culto de la religión católica. La Constitución de 1987 garantiza la libertad de culto, respeta el derecho de cada individuo a profesar la religión de su preferencia, o a no profesar ninguna, y deja libre al Estado de compromisos con la religión en su Artículo 14: “El Estado no tiene religión oficial.”

La mención a Dios en el prólogo de la Constitución de 1987 es muestra de respeto a los sentimientos religiosos de quienes se incorporaron a la lucha desde su opción cristiana, y por tolerancia ante la petición de algunos diputados de oposición, entre ellos, el difunto doctor Clemente Guido, quien exigió que las cuatro letras de Dios se escribieran en mayúsculas, como su condición para firmar la Constitución. Pero no la firmó. En ese aspecto, ni el gobierno ni los legisladores sandinistas dieron muestras de sectarismo. Se trató de garantizar el sentido progresista, la tolerancia y el respeto del Estado a las ideas religiosas, y a sí mismo como rector de toda la nación nicaragüense. Pero ya no funcionan esos conceptos en la actividad de la conducción política del gobierno actual. El presidente Ortega, su secretaria de comunicación, su gabinete y sus partidarios no sólo hacen caso omiso del Artículo 14 Cn., sino también lo atropellan en cada acto oficial, en las oficinas estatales y en sus discursos, durante las fiestas patronales, en las de diciembre y en toda manifestación pública.

El cambio comenzó desde antes de la reinstalación de Ortega en el gobierno en 2007 y Rosario Murillo asumiera de facto como directora adjunta del Estado. Ella nunca fue elegida para ningún cargo de dirección dentro del Frente original ni del orteguista; no tiene trayectoria, méritos ni aportes esenciales al sandinismo que pudieran avalar su posición de poder junto al trono. Desde allí, le resultó fácil vaciar todo el aparato político orteguista de los remanentes ideológicos revolucionarios, y sustituirlos con sus prédicas seudo religiosas, esotéricas y de un “hippismo” menguado y extemporáneo.

Todo lo que pretenden hacer pasar como sustento ideológico del orteguismo, sólo es un mosaico de ideas, frases, consignas prestadas y mensajes superpuestos sobre los espacios que otrora, mal que bien, ocuparon concepciones revolucionarias. Los valores, ritos y símbolos robados a la religión católica no hacen del partido orteguista una religión, pero sí una falange reaccionaria disfrazada de religiosa.

El hecho de que el orteguismo haga funcionar mecanismos propios de la religión, podría asemejarlo a una religión, pero no lo hace una religión. Sus bienes materiales nos lo obtienen como lo hacen las iglesias, sino de manera abierta y encubierta, a veces descarada y obvia, utilizando su poder político y el control sobre el Estado. En el enriquecimiento desbordado de los orteguistas, no lucen misticismos religiosos, como no puede lucirlo ninguno de sus principales personajes a bordo de los Mercedes Benz y morando en mansiones millonarias.

La posesión y disfrute de los beneficios materiales del poder económico y político, los orteguistas no lo hacen como los pastores, con los diezmos y primicias de sus feligreses, bajo prédicas que pretenden ser de un mundo divinizado, ni fingen hacer votos de pobreza a lo sacerdotal, pues tienen condiciones materiales de vida ostentosas en barrios, residenciales y mansiones. La riqueza material de las iglesias está en los centros de poder mundial como el Vaticano, pero la riqueza material del orteguismo, no está en un centro de poder mundial, sino que es de Venezuela de donde sale hacia las cuentas privadas de los pastores del orteguismo.

Los jerarcas católicos –ostentan sus hábitos y símbolos de su poder que en sus ritos— y con esa imagen se identifican con la gente pobre, a la cual le calman piadosamente sus necesidades humanas con prédicas de resignación y de fe en el más allá. Y hoy, por causas que ameritan comentario aparte. los jerarcas de la iglesia católica se identifican con la ciudadanía frente a los atropellos del orteguismo, y junto a las prédicas de su fe, están alertas y activos en la defensa de la justicia, y de las leyes que la protegen.

Los jerarcas de la iglesia católica tienen al Papa como su intermediario ante Dios y ellos, ante  sus feligreses, son sus mensajeros. Todo lo guían hacia y en honor de sus divinidades, de quienes esperan los milagros. Lo jerarcas orteguistas, abusan como “representantes” de Dios, y todo lo orientan hacia ellos mismos y hacen sus propios “milagros” con dinero del mismo pueblo.

Estas diferencias hacen que los papeles se hayan invertido: la jerarquía defiende el carácter laico del Estado y la Constitución que lo establece, mientras los Ortega-Murillo tratan de darle al Estado el carácter confesional que la Carta Magna le niega. Por lógica e historia, la iglesia debería estar interesada en hacer lo que Ortega-Murillo pretenden: volver confesional lo que es laico. Pero la iglesia no quiere que lo laico se vuelva confesional. Esa contradicción nace, de que la jerarquía de la iglesia católica vela por conservar su influencia, y sólo pueden hacerlo, si la gente la ve actuando en contra de las injusticias. El binomio Ortega-Murillo, aspira a conservar su poder material y político, y sólo pueden hacerlo menoscabando la justicia y los derechos de los demás. Pero la iglesia y el orteguismo no son democráticos y juntos condenan al aborto terapéutico.

El efecto real, es que la seudo religión de los Ortega-Murillo es su instrumento para la opresión política; y la religión tradicional, se manifiesta liberadora en lo político.