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La pobreza es, sobre todo, un indicador de incapacidad social. Evidencia que una sociedad no ha logrado generar las respuestas apropiadas para satisfacer sus demandas básicas y que no ha podido articular un sistema educativo para formar las competencias humanas y sociales que sean las bases de los procesos de inclusión social. Por eso, más que crecimiento, la angustiosa necesidad de nuestras sociedades es lograr desatar dinámicas de desarrollo.

En efecto, de acuerdo con las últimas mediciones de la pobreza en América Latina, 222 millones de personas -un 43 por ciento de la población- sufren privaciones que les impiden acceder a los derechos políticos y sociales de la ciudadanía. De ellos, 96 millones perciben ingresos que no alcanzan para su alimentación básica.

Pero hay que apuntar que el solo crecimiento económico no soluciona el problema de la pobreza, y la educación representa la clave para resolverlo de manera exitosa. Por consiguiente, resulta imperioso garantizar la inclusión de los más pobres en el sistema educativo, ya que a mayor nivel de educación son más altas las probabilidades de superar la pobreza. Se estima que un individuo reduce en un seis por ciento la probabilidad de ser pobre por cada año de educación.

La educación es considerada como la inversión social con las más altas tasas de retorno, tanto para la sociedad como para los individuos, aspectos corroborados por la historia del desarrollo de las naciones: unas, de éxito y crecimiento, que han realizado apropiadas inversiones en el largo plazo en la educación, y otras, de atraso y bajo crecimiento económico, que han tenido un bajo y discontinuo nivel de inversión en la educación.

La educación debería ser el centro de la preocupación del Estado y la sociedad como herramienta hábil de construcción del futuro; el eje central para el crecimiento del país, Sin embargo, asistimos al escenario de una falsa inclusión social donde educación para todos, pero con pobres estándares de calidad, se contrapone a la lógica de la mejor educación posible para todos. En este sentido, la educación tal como la vemos, perpetúa el horizonte de exclusión para muchos, generando una sociedad de distintos carriles, varias velocidades y destinos diferentes, que perpetúan el esquema injusto que se dice combatir.

En un país relativamente joven como Nicaragua es alarmante conocer que las cifras de pobreza golpean despiadadamente a los más jóvenes, razón por la cual sería menester renovar el pacto social entre la familia y la escuela; a retomar el compromiso de los padres con la educación integral de sus hijos, sin soslayar el compromiso que debe asumir la clase política de nuestro país y fundamentalmente a los que andan ofreciendo el oro y el moro en busca del voto popular que le asegura al menos por cinco años la dulce vita para ellos y su entorno familiar. Cada estamento de la sociedad nicaragüense debería adquirir un compromiso real con la educación como un instrumento vital para el desarrollo y crecimiento económico sostenido de nuestro país donde realmente se disminuyan los niveles de pobreza
(no se trata de eliminar a los pobres como dijo alguien por ahí, si no, las causas que provocan la pobreza, no se trata de preocuparse por la baja calidad de la educación si no de ocuparse por mejorarla como una cultura permanente).

En nuestro país el asunto de la responsabilidad en el tema de la calidad de la educación ha tenido sus diferentes vaivenes y hemos andado de extremo a extremo, con el triunfo de la Revolución Sandinista en el 79 la sociedad asumió que la educación le correspondía al Estado y comenzó a desentenderse. El Estado, a su vez, tomó la totalidad de la responsabilidad en instituciones excesivamente conservadoras, pero quedó en evidencia que el estado no cumplió ni cumple el cometido que le correspondía en este tema, agravado por el desinterés social que esta puesto en aspectos diversos, normalmente relacionados con el trabajo, su ausencia, o lo exiguo de las remuneraciones.

Luego llegamos a los años 90 y el bum en la oferta de educación privada, que dio salida a quienes desde mejor posición económica pudieron dotar a sus hijos de mejor servicio. Lo que en sí mismo es falso, porque no toda la educación privada es de excelencia ni mejor que la mejor educación publica.

Pero hay asuntos que más inciden en el tema de la pobreza y golpean más a nuestros pueblos y es el tema del analfabetismo, el cual en términos de capacitación para el trabajo, es altísimo, y la no capacitación para la vida activa es sinónimo de exclusión, en este sentido se puede afirmar categóricamente que no hay inclusión social sin la resolución de los problemas educativos de todos los miembros de la sociedad.

Debemos hablar de crecimiento y no de desarrollo. Tenemos que hablar del desarrollo posible de todos los ciudadanos. En ese sentido la reconstrucción del tejido social y familiar es condición necesaria para educar con éxito.

El reto queda planteado, ¿quien lo toma lo hace suyo y lo impulsa? Nuestro país merece un futuro mejor, pero recuerden que el futuro se construye ahora porque mañana quizás sea muy tarde.

*Director Académico de la Universidad Hispanoamericana.
Uhispam