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En primer lugar debo reconocer y estimular el mérito de que los medios de comunicación hayan abierto sus espacios a un debate sobre un tema central, necesario y de alcance histórico como es el factor religioso y la política en Nicaragua.

La religión ha acompañado al ser humano desde su génesis en tanto creencias, ritos, prácticas, representaciones en su inacabable búsqueda de respuestas, certidumbres a interrogantes sobre su propia vida, el mundo y toda la dimensión espiritual.

El pueblo nicaragüense es un pueblo religioso, cristiano, heredero del catolicismo traído por la colonia con todas sus perversiones y virtudes que se impuso sobre el más grande genocidio de la historia de la humanidad. Y la versión evangélica traída por los misioneros norteamericano en el contexto de la constitución de los Estados Unidos como potencia hegemónica y sus relaciones neocoloniales con el mundo. Ahora existe más o menos un 60% de población católica y cerca de un 40% de población evangélica.

El FSLN, en particular, su Dirección Nacional, en la última etapa de la lucha anti-somocista estuvo integrada por miembros que se definían como marxistas, jamás se insinuaron anti-cristianos  pero sí adversos a la jerarquía católica por su larga historia de contubernio con la dictadura dinástica de los Somoza. Percepciones mutuas de la dirigencia sandinista vrs. jerarquía católica en el desarrollo ulterior de la revolución les llevó, tal vez por falta de diálogo directo y errores claros de ambas partes a una confrontación grave y muy perjudicial para nuestro pueblo.

El FSLN siempre recurrió a figuras, metáforas propias del cristianismo: hace 2000 años, un hombre que se hacía llamar Hijo de Dios, decía que “sus hermanos eran aquellos que cumplían la voluntad de su padre que estaba en los cielos. Sandino llamaba hermanos a Umanzor, Colindres, Estrada. Para mí, hermanos son aquellos que me acompañan en la áspera senda guerrillera…” Escribió Carlos Fonseca, en respuesta al llamado de su hermano de padre, Fausto, para que el FSLN depusiera las armas. Leonel  Rugama, en su extraordinario poema “Como los santos”, comparaba la vida clandestina con la de los primeros cristianos en las catacumbas. En la primera celebración del 19 de Julio (1980), en la tarima se dejó una silla vacía que evocaba la presencia de Carlos Fonseca.

El grueso de la militancia sandinista no fue marxista doctrinal en su dimensión atea, mas bien un torrente importante de ella provenía del movimiento cristiano nicaragüense que desde los primeros años 70´s alimentó al Frente Sandinista, venía no solo de colegios religiosos, sino que también de las parroquias de los barrios populares y en el campo de los Delegados de la Palabra, también lo conformaron contados sectores evangélicos. Fui testigo de diálogos entre el Comandante Ricardo Morales Avilés (uno de los más brillantes y transparentes dirigentes del Frente Sandinista que he conocido) y el Rev. José Miguel Torres, que se prolongaban en nuestra casa a veces desde las 7:00 PM hasta las 6:00 de la mañana del siguiente día. Ricardo abierto a conocer a fondo y de manera sincera, la Teología de la Liberación y desarrollando esfuerzos por establecer el tipo de la alianza inevitable del Moviendo Cristiano Nicaragüense con el FSLN.  Los asesores principales del Movimiento Cristiano Revolucionario eran: el Padre Uriel Molina, el teólogo y pastor protestante José Miguel Torres, el Padre Fernando Cardenal, Parrales, Sanjinez, Ángel Barrajón, Padre Alvarado, entre otros.

En este contexto, la reflexión teológica fue enriquecida por lo que devino en el Evangelio de Solentiname, comunidad formada por el Padre Ernesto Cardenal y la ya clásica y universalmente cantada Misa Campesina Nicaragüense de nuestro genial cantautor Carlos Mejía Godoy. En muchas Iglesias del mundo de las más diversas denominaciones la misa de Carlos Mejía Godoy es el canto fundamental de las comunidades cristianas.

Pero la dinámica de la Revolución Popular Sandinista habría de absorber en las miles de las más diversas tareas a la membresía del Movimiento Cristiano y nadie advirtió la necesidad de mantener aquel movimiento con identidad propia desde el cual la revolución necesitaba ser alimentada. Esta parte de la historia de la revolución no ha sido incorporada como obliga la lealtad con la verdad histórica por ningún historiador o cronista que ha escrito sobre la Revolución Sandinista.

Los cuadros intermedios del FSLN y algunos que llegaron a miembros de la Dirección Nacional “engavetaron” la problemática de su fe, no pocos de ellos convencidos de que participaban en la construcción o el anticipo del Reino de Dios en la tierra.

La Revolución Popular Sandinista fue derrotada en el marco de la crisis profunda que llevó a la implosión del socialismo, las crisis de referencia subsecuentes, viniendo los largos años de neoliberalismo, las crisis y divisiones internas del Frente Sandinista, la diáspora de la militancia ocupada una parte en la sobrevivencia cotidiana y otros en la tarea de la reconstrucción partidaria.

De tal manera que el actual debate nacional que apenas debe comenzar no es más que el asomo de una crisis que se ha mantenido soterrada pero que anida en un amplio sector de nicaragüenses, en las anteriores y nuevas generaciones del Frente Sandinista, pero también en el más amplio ámbito del sandinismo sin partido. El debate ha sacado a luz la necesidad de dar respuesta a grandes interrogantes, inquietudes, problemas de identidad religiosa, crisis valórica de fe y búsquedas espirituales larvadas en la militancia que hizo la Revolución y en las actuales generaciones.

La jerarquía católica viene dando pasos precipitados en una concepción y práctica parcializada y partidarizada en torno a la situación del país y el proyecto del gobierno y ha ido perdiendo la oportunidad histórica de intervenir de una manera totalizadora en esta crisis desde una praxis esclarecedora y profética ¿Por qué se critica el mandato de paz y reconciliación de Esquipulas que encarna la Comisión Nacional que preside el Cardenal Obando? La Iglesia Evangélica, por su parte, (con dignas excepciones) viene disputando su feligresía por cuotas de poder con distintos partidos políticos o cometidos en empresas, abandonando su razón de ser de anunciar el evangelio liberador.

El intento de Rosario Murillo con su discurso que toma conceptos y prácticas religiosas es un esfuerzo de asumir este desafío, de ser respuesta a este gran vacío tratando de insuflar una mística renovada a la militancia del FSLN más allá de los cambios, o por ellos mismos, que ha ocurrido en el mundo, en Nicaragua, en las ideologías de izquierda y en el propio Frente Sandinista.

Entonces, si la jerarquía católica y sectores evangélicos critican el proyecto de la Primera Dama, ¿qué es lo que proponen a la sociedad? ¿Qué proponen a la juventud, débil en sus fundamentos de valores, principios e ideales y al resto de la sociedad en este período histórico? ¿Es lo que hacía Mata, entregado en cuerpo y alma a unir una oposición carente de programa? ¿Se reduce a la crítica de Báez, sin propuestas, alternativas? ¿Es el sistema educativo quien debe asumir una educación  nueva para construir una nueva ciudadanía? ¿Es la cultura de paz, como nuevo paradigma holístico y secular, la que debe ser implementada en la sociedad nicaragüense?

El debate apenas comienza y debe llegar hasta las últimas consecuencias.

*Director Instituto “Martin Luther King”
UPOLI