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La imagen de un Anders Behring sonriendo en uniforme militar y luego las difusas fotografías que lo muestran ejecutando con la sangre más fría imaginable la macabra cacería de jóvenes en una pequeña isla de Noruega, son el testimonio espeluznante del fascismo contemporáneo y de la misión redentora que se atribuyen no pocos ultraderechistas que se declaran abiertamente dispuestos a realizar “limpieza social”, tal como han hecho tantos genocidas en la historia de la humanidad.

¿Un loco o un desquiciado más?  En mi opinión, Anders se ve de lo más “normal”, sonriendo con su madre y hermana en una foto familiar, aunque las noticias se refieren a un padre ausente, que al parecer abandonó a la familia desde hace mucho, y quien reconoce que no ha visto a su hijo desde 1995. Muchos de los jóvenes inmersos en pandillas, actos delictivos, consumo de droga y comportamientos autodestructivos, han sido también abandonados por el padre. No conocemos detalles de la historia familiar de Anders, pero algo muy oscuro debe haber anidado en quien asesina con tal saña y frialdad, como si hubiera muerto emocionalmente desde hace mucho.

Sin embargo no debemos quedarnos en su historia personal, millares de personas han vivido los peores horrores familiares y  se inclinan decididamente por hacer el bien.  No hay suficientes elementos para establecer el perfil psicológico de este sujeto, pero evidentemente la combinación de sus problemas psicológicos con sus arraigadas creencias de superioridad han resultado ser extremadamente destructivas.

Se habla de un manifiesto de mil 500 páginas, en las cuales este hombre se toma la molestia de fundar las bases ideológicas de su movimiento antes de poner en práctica lo que predica, el exterminio de los que piensan diferente. Cree ciegamente que está cumpliendo una misión redentora, por “atroz” que sean los resultados. Como el daño colateral en las guerras, piensa que esto de matar jóvenes ha sido un mal necesario.

He aquí las bases de la peor locura colectiva,  creer en  la superioridad propia y de su grupo sobre los otros, y a partir de ello decidir que los otros “estorban” y deben por lo tanto ser eliminados.

Anders Behring es un caso extremo. Pero hace unos días, en Nicaragua, la televisión mostraba a los sorprendidos telespectadores, a un joven que se acercaba a otro que expresaba pacíficamente su desacuerdo político y lo golpeaba  con tremenda brutalidad sin  que mediara ninguna provocación, para luego alejarse tranquilamente como diciendo, “misión cumplida”.

En ambos casos, la masacre de Noruega y el ataque en Nicaragua, salvando las diferencias, se trata en esencia de una misma motivación: no aceptar que alguien piense diferente, porque esa diferencia constituye una amenaza, no poder tolerar la disensión, la divergencia, la diversidad de creencias, porque todo ello resulta simplemente inadmisible. Es la necesidad del control absoluto, de la dominación, de someter al otro.  Esa es la base de la mentalidad autoritaria.

Sin duda esta clase de comportamientos no se puede desligar de los mandatos de la cultura patriarcal,  del diseño de una personalidad masculina relacionada con la intransigencia, con la necesidad de dominación y control, con la agresividad y la violencia, con el uso de la fuerza y especialmente de la fuerza armada.  No en balde Behring se fotografía a sí mismo como apuntando hacia el mundo con su rifle de asalto  con mira telescópica y un orgullo evidente.

En este sentido, los temas relativos a la democracia; diálogo, respeto, inclusión, participación, tolerancia y otros, son vistos como expresiones de debilidad frente al ideal machista de dominación y destrucción del oponente. Son considerados comportamientos “femeninos” y por tanto, despreciados. Por eso, cuando se espera la respuesta indignada o virulenta, el pueblo noruego sorprende al mundo al responder calmo, sereno y sin ánimo de venganza, ante el terrorismo y la masacre.

Cuánto miedo demuestran los agresores y cuánta serenidad sus víctimas. Como decía John Locke en su “Carta sobre la tolerancia” escrita  en 1685, hay que evidenciar el engaño de cometer maldades encubriéndose en el interés general y vivir partiendo del gran principio universal de “no hagas lo que no quieras que te hagan”  si aspiras a vivir en paz. Pero en la lógica autoritaria unos deben perder para que otros ganen, es inconcebible el interés general.

Sin embargo,  el concepto mismo de tolerancia se presta a veces a confusión, por aquello de que sugiere una suerte de resignación frente a “lo diferente”. Es mejor entenderlo entonces como el respeto a las ideas, creencias o prácticas diferentes o contrarias a las propias, y a la capacidad de escuchar y aceptar a los demás, comprendiendo el valor de las distintas formas de entender la vida.

Dejar de ver al diferente como una amenaza, saludar y agradecer la diferencia, trabajar por crear más espacio a la diversidad de ideas, encontrar formas nuevas para ampliar y enriquecer la participación, el debate, la disensión, auspiciar el espíritu analítico y crítico en los procesos educativos, fomentar la creatividad para romper esquemas y derribar paradigmas, estos son los grandes desafíos de la paz y del progreso pero también del bienestar personal. En medio de su tragedia, con su dolor y su serenidad, el pueblo noruego nos da nuevamente ejemplo de ello.

*Directora, Centro de Prevención de la Violencia.