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Sabía que si no me apuraba, llegaría tarde. Pero el mundo no se acababa, y no había nadie que tuviera que sufrir mi tardanza. Esa mañana no había ninguna razón en particular. Es que sencillamente, el cuerpo se resistía a pegar carrera y no quería estar de mal humor todo el día. Llevé a cabo mi protesta silenciosa, resistiéndome contra el apuro y el tiempo, una ilusión de detener las cosas, de marcar el ritmo. Me senté un rato en un sillón con un libro entre las manos, como desafiándome: “Quiero ver qué pasa si llego tarde, o si no llego del todo”. Entonces, volvía a leer el cuento. No tenía intención de prestarle mucha atención, sólo era una mueca. Recuerdo que lo había leído antes, hace tiempo, y me produjo una sensación extraña, como cuando se tiene delante algo grotesco y vil a lo que no quería aproximarme ni mucho menos entender. Pero esa mañana, convertido en mi tabla de náufrago, en mi bandera del “no me quito la vida”, aquel cuento de Juan Carlos Onetti logró detener el tiempo.

El escritor uruguayo prestó el título para su relato de aquel soneto anónimo castellano que, según dicen, data del siglo XV o del XVI, un poema extraño y adelantado a su tiempo, de un creyente que habla del amor a Dios, nacido sólo del sufrimiento que Cristo pasó, y no de las promesas del cielo ni por los temores a una condena: “No me mueve, mi Dios, para quererte/  el cielo que me tienes prometido;/ ni me mueve el infierno tan temido/  para dejar por eso de ofenderte”. En la primera lectura del cuento de Onetti me sentí tonto porque no comprendí la razón del título. El relato narra la extraña reacción de una mujer contra su ex pareja, el periodista Risso. Ella parece haberle sido infiel en algún momento y él no se lo perdonó. Entonces, durante mucho tiempo, él recibirá sobres en cuyo interior aparecen fotografías obscenas de ella, acompañándose de muchos hombres. Poco a poco, los sobres no le irán llegando sólo a él, sino a sus compañeros de trabajo, a su mamá, y hasta al colegio donde estudia su hija.

La intención de la mujer estaba clara: necesitaba destruir al hombre y eligió una de las formas de maldad que estaba a su alcance. La crueldad de su venganza iba más allá que la de un simple despecho. El mismo autor del relato llegó a confesar que el cuento se basaba en una historia real. Intentó escribirlo varias veces pero no lograba avanzar, hasta que una amiga le sugirió que lo contase como una historia de amor.

Así, el periodista de nuestra historia, Risso, después de recibir varias cartas y sentir el  bochorno de que todos sus allegados participaran de aquella humillación, llegó a descubrir en algún momento que él no era digno de semejante odio. La lógica le decía que ese odio había significado en algún momento anterior un amor de la misma intensidad.

El relato habla de esa extraña característica que tenemos a veces, y que consiste en  destruir lo que más amamos. Arañarlo, presionarlo, esperando recibir una respuesta que, normalmente denota la necesidad desesperada de que alguien, por fin, nos ame sobre todas las cosas. Sí, podría ser una forma de egoísmo desbordado, o también de complejo de inferioridad brutal, o de miedo a la soledad, en fin. Lo cierto es que en una relación, se genera a veces una gran dependencia de la intensidad, tanto en los momentos malos como en los buenos. Una huida desesperada del tedio, que no soporta el pacífico aburrimiento de que no ocurra nada, de que algunos días pasen sin pena ni gloria. Es entonces cuando hemos puesto la vida en las manos de otro. Y pienso en un amigo que vive el amor de esa forma, apasionadamente tanto en el amor como en el desamor, como si fuera el principio o el final de la vida, pero esos arrebatos le duran poco, lo justo hasta empezar otra vez.

En muchas ocasiones, pensar que detrás del daño se esconde una forma desvirtuada de amor puede que parezca un consuelo, si no un alivio. Nos gusta pensar en forma de películas y decir que donde hubo una gran destrucción hubo una gran historia de amor. Nos gusta escuchar canciones con letras tremendas, como poemas tremendos que dicen: “la bala que me hiera, será bala con alma… y si me hiere el pecho, me dirá yo quería decirte que te quiero”.  Pero lo cierto es que sería peligroso que alguien que es víctima de un agresor, o agresora, pensara demasiado en esa idea para inducirse constantemente al perdón o al olvido. El comportamiento patológico de la mujer del relato hizo que su ex pareja descubriese cuánto había dependido de él en otro tiempo. Y él no se había dado cuenta antes.

Pensé, digo, todo esto, al volver a leer, para no apurarme, aquel fabuloso cuento de Onetti, donde una mujer que no es perdonada, convierte la vida de su ex pareja en un  infierno. Y quizá, ahí estaba la clave. Se puede decir que eso no serviría de nada, que perdonar setenta veces siete no es causa de ninguna mejora para personas que seguirán reincidiendo, pero prefiero creer que un perdón a tiempo puede evitar que alguien y la vida se conviertan en un infierno, tan temido. Y si eso no funciona, entonces, tampoco hay que ser un mártir.

Con el cuento me agarró la tarde, pero sentí que durante aquella media hora que duró su  lectura… No sé cómo explicarles.

Basta, hasta aquí llego, que esto empieza a parecer un sermón y ustedes ahí, sin decirme  nada.

sanchomas@gmail.com