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Desde que en 1989 cae el muro de Berlín, la construcción de nuevos muros se ha  multiplicado: entre México y Estados Unidos, en Cisjordania, entre India y Pakistán,  entre Irak y Arabia Saudí, entre África del Sur y Zimbabue, entre España y Marruecos  (rodeando las ciudades de Ceuta y Melilla), entre Tailandia y Malasia.

Estas barreras no están pensadas para impedir el ataque de ejércitos enemigos, sino para  impedir el tránsito de personas; quieren hacer frente a fuerzas persistentes y  desorganizadas más que a estrategias militares o económicas. Los muros actuales no  responden a la lógica de la guerra fría sino que son muros de protección; indican la  desconfianza frente al otro, el extranjero, y dicen mucho acerca de las ambigüedades de  la globalización. Se dirigen contra el movimiento de bienes y personas que muchas  veces no tienen su causa en una invasión exterior sino en la demanda interna: mano de  obra, drogas, prostitución.

Un muro no es tanto una cosa material como algo mental que traza una línea de  separación entre un “dentro” que se siente amenazado y un “afuera” amenazante.

Las barreras recuperan una modalidad de poder soberano, material y delimitado en un  entorno. Los muros son una respuesta al desdibujamiento de la distinción entre el  interior y el exterior, como otras distinciones que se han vuelto problemáticas, como la  diferencia entre ejército y policía, los criminales y los enemigos, la guerra y el  terrorismo, derecho y no-derecho, lo público y lo privado, el interés propio y el interés  general.

La construcción de muros no solamente ilustra un retroceso en el sueño de un “mundo  global”, sino que testimonia unas tendencias subterráneas de la globalización que  alimentan el retorno de ciertas formas de “neofeudalización” del mundo. Un mundo en  el que son asombrosamente compatibles la integración de la economía global y el  aislamiento psicopolítico. La defensa de esta compatibilidad se ha convertido en un objetivo ideológico en esa síntesis de neoliberalismo político y nacionalismo estatal de  cierta nueva derecha cuyo proyecto ha sintetizado Saskia Sassen en el doble objetivo de  “desnacionalización de la vida económica y renacionalización de la vida política”. No  vivimos en un mundo ilimitado, sino en la tensión entre una geografía de los mercados  abiertos que tiende a abolir las fronteras y una territorialidad de la seguridad nacional  que tiende a construirlas.

Cuando se piensa que el establecimiento de barreras es la solución para frenar el  incremento del número de los emigrantes y refugiados es porque se ha considerado  previamente que la causa de esos desplazamientos era la flexibilidad de las fronteras, lo  que es falso. Dada su falta de eficacia, hay que preguntarse cuáles son las necesidades  psicológicas que su construcción satisface. Y la respuesta está en la necesidad de  protección de quienes se perciben a sí mismas como “sociedades asediadas” (Bauman).

Los muros defienden contra asaltantes venidos de un “afuera” caótico, pero sirven como  instrumentos de identificación y cohesión, responden al miedo frente a la pérdida de  soberanía y a la desaparición de las culturas homogéneas. Se construye una equivalencia  entre alteridad y hostilidad, lo que es además un error de percepción. La mayor parte de los atentados que se han cometido en Estados Unidos han provenido de terroristas del interior.

Y se asienta el prejuicio de que la democracia no puede existir más que en un  espacio cerrado y homogéneo.

Se trata de remedios físicos para problemas psíquicos. Un muro aparenta ofrecer  seguridad en un mundo en el que los sujetos son más vulnerables a las vicisitudes  económicas globales y a la violencia transnacional. Todo lo que acompaña a la  escenografía rotunda de los muros no son sino gestos políticos destinados a contentar a  cierto electorado.

Construir una barrera es la mejor manera de no hacer nada dando la  impresión de que se hace algo.

Los muros generan zonas de no-derecho y conflictividad, agravan muchos de los  problemas que tratan de resolver, exacerban las hostilidades mutuas, proyectan hacia el  exterior los fracasos internos y excluyen toda confrontación con las desigualdades  globales. Además, cuando se acentúa ostentativamente la seguridad se provoca al  mismo tiempo un sentimiento de inseguridad.

Frente a la nostalgia por el orden perdido que clama por límites crispados y barreras de  exclusión, la reivindicación de una frontera que comunique, demarque, equilibre y  limite puede ser una estrategia razonable para transformar esos espacios de choque,  cierre y soberanía en zonas porosas de contacto y comunicación. La alternativa, en  cualquier caso, no es entre la frontera y su ausencia, sino entre las fronteras rígidas que  siguen colonizando buena parte de nuestro imaginario político y una frontera red que permitiría pensar el mundo contemporáneo como una multiplicidad de espacios que se diferencian y entrecruzan, creando así unos puntos fronterizos que son también puntos de paso y comunicación.

*Catedrático de Filosofía Política y Social, investigador en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática