•  |
  •  |

Es ante el  irrespeto imperante, al atacar a nuestra querida Santa Iglesia Católica, representada por una Conferencia Episcopal de lujo: por su limpia trayectoria, por sus atinadas enseñanzas, por sus consejos oportunos, por su entrega y acercamiento a las comunidades,  por su comportamiento ético, moral, nacionalista y patriótico, y por ser conductora de los que carecen de voz o de los políticos de oposición que no han sabido “defender como hombres, lo que llorarán mañana como niños”.  

Hay quienes se vierten con ataques feroces e infundados y lo más grave: “quererla dividir”, por quienes gozan del palco grande, por azuzar los “ataques de los toros sueltos” ante los desarmados. Se pierden en  lontananza creyendo que la CEN, está débil, desunida, con baches, con grietas por donde penetrarla y groseramente emplean la figura emblemática del Cardenal Obando, que en un tiempo fue poseedor de una popularidad merecida, a quien “todos le debemos algo y algo le debemos todo” pero  hoy permite  ingenuamente,  los acervos ataques “contra la  unidad de su tan querida Iglesia” y que en su tiempo defendiera tanto”.     

De ninguna manera quiero echar leña al fuego, pero sí prevengámonos antes de que repitan la salida (corrida) en los 80 de los 16 sacerdotes extranjeros, valiosísimos para la evangelización; cuando  los “vacíos pantalones de los  nicaragüenses,  nos permitían sin problema  cruzar las piernas, como que nada nos estorbara”, permitimos en ese tiempo sumisamente su expulsión. En Nicaragua, todo lo tenemos muy bueno, pero la memoria funciona muy mal; hoy es acertado recordárnoslo.

No olvidemos la palabra de Dios: “Y ahora te digo: “Tú eres Pedro (Kefas) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás podrán prevalecer. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos: lo que ates en la tierra, quedará atado y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el Cielo”: San Mateo 13. 18, 19.

La Conferencia Episcopal está amalgamada, unida en y por Cristo Jesús, es indisoluble, por lo tanto, ni luchen que se van a cansar. La mayor virtud es la obediencia a Jesús: “Este es mi Hijo elegido, escúchenlo”: San Lucas 9, 35, aguanten más: “No hay que temer a las autoridades cuando se obra bien, pero sí cuando te portas mal. ¿Quieres vivir sin temor a las autoridades? Pórtate bien y te felicitarán. Han recibido la misión de llevarlos al bien”: Rom. 13. 3, 4. Aún cuando la Palabra de Dios está llena de enseñanzas,  para concluir con el acompañamiento perenne, ahí sí “solidario”, que anima, da fuerza y valor: ”Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”: San Mateo 28, 20.

Ahora viene la flagrante equivocación de querer “manipular nuestros signos religiosos”, confundiendo a los no conocedores  con el paralelismo de una fiesta popular, donde todos sin excepción contribuimos en despachar a la “dictadura de turno”, celebración valedera, correcto;  más no comparativa con nuestras celebraciones de la Iglesia Católica. Instruyo: La palabra Eucaristía es el Sacramento por excelencia instituido directamente por Jesucristo durante la última Cena con los 12 apóstoles, en anuncio de la pasión que se le acercaba. En ella, el sumo Sacerdote: Jesús, mediante sus benditas  palabras,  realiza el milagro de la transubstanciación, al convertir su carne en pan y su sangre en vino. Dejando como institución la celebración eucarística, para ser realizada exclusivamente por el Sacerdote, ordenado por el Obispo; potestad exclusiva de ellos, de nadie más; a quienes los católicos respetamos con decoro y obediencia. Nuestra Iglesia ha prevalecido en el mundo  cristiano Católico, por más de veinte siglos y a  pesar de haber sido atacada por cesares, tribunos, imperios, gobiernos, potestades, falanges, dictadores, comunistas, ateos, enemigos, etc. Todos están ya enterrados y la que persevera y ha asistido a darles el “Réquiem in peace”: (Descanse en paz)  siempre, es y ha sido la Iglesia Católica y lo más glorioso es que no enrostra, se olvida de los insultos, perdonándolos. He ahí otra de sus  grandezas.

Para llevar de la mano al lector y por razones de espacio, la celebración de la Santa Eucaristía ocurre en la Santa Misa, leer: San Lucas 22. 14, 20; San Marcos 14. 22, 25; San Mateo 26. 26, 29. La palabra que expresa insistentemente: “Hagan esto en memoria mía” o sea el “memorial de la pasión”, que se repite en la Santa Misa, dentro de la cuál el celebrante (el Sacerdote exclusivamente) dice en el canto: “Este es el Sacramento de nuestra fe” y que respondemos en coro los participantes: “Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu Resurrección”. Ven Señor Jesús”.

Por ningún momento olvidemos que este término de Eucaristía, singular, único de nuestra Iglesia, significa alabanza, por las maravillas de Dios Padre, tanto y más que un agradecimiento, “como acción de gracias”, que significa por el bien que de ella obtenemos. Por este acto decisivo que Jesús confió a unos simples alimentos, el valor eterno de su pasión y muerte redentora consumó y fijó por propio de la religión Católica que profesamos y en la esencia de su salvación ofrecidas en la cruz como sacrificio en la Eucaristía es a toda la humanidad con el Universo por marco que retorna al Padre, pero   que no queda ahí, sino que celebramos su gloriosa y victoriosa “Resurrección”

¿Qué va de toda esa ceremonia grandiosa, elocuente, santificadora y bendita, a una celebración popular, en donde abundaron bebidas espirituosas y se dedicaba a las loas humanas, a exaltar el ego? Por favor, seamos sensatos. “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”