•  |
  •  |

Una vez más, la mirada acusadora se vuelve contra una víctima de violación, Fátima Hernández, cuyo caso revive el fantasma de Eva ¨la pecadora¨ en la psiquis colectiva. Invocando esta generalizada creencia no ha faltado ni faltará quienes tiren la primera piedra, prestos a lapidarla con la acusación de “víctima colaboradora”, algo así como la “tienta hombres”, que hospeda bajo sus faldas a Satán.

Siempre me ha llamado la atención la insistencia pública en esta localización estratégica del demonio tentador en la sexualidad femenina, que exime de toda culpa a la sexualidad masculina, aunque la víctima del ataque sexual haya sido una niña o un bebé. Basta con que tenga cuerpo de mujer, para ser señalada como culpable.

Por ello no me sorprendió para nada el fallo de la Corte Suprema. Creo que las leyes, con todas sus limitaciones, representan una modernidad que no corresponde a las mentalidades propias de un parque jurásico vigentes en no pocos sectores de nuestra sociedad. Para muchos, e incluso muchas, aquí se vale el derecho de pernada, por lo cual los casos más terribles no sólo no  mueven a condena, sino que provocan ciertas  sonrisas de cinismo por aquello de que el pecado está en el escándalo.

En forma tácita, se sigue considerando ampliamente que el cuerpo de las mujeres no sólo pertenece a los hombres, sino que está al servicio del interés superior de la satisfacción sexual masculina,  instinto sagrado que no puede dejar de ser satisfecho y gratificado en el instante en que se presenta, más si es exacerbado por el alcohol o la cercanía de un cuerpo de mujer.

Tampoco me extraña que la mitad de los encuestados por este periódico opinen (no estoy segura de si lo creen realmente) que Fátima –sí, se llama como la venerada Virgen- colaboró con su violador. He notado desde hace tiempo que su caso no conmueve a una buena parte de la población que se divide entre quienes afirman que está ofuscada por los celos, quiere obtener beneficios materiales o que está siendo utilizada por fines políticos, soslayando por completo la gravedad de los hechos.

El  que Fátima haya permanecido hospitalizada un mes después de la violación, de los devastadores traumas físicos, psicológicos y emocionales que ésta le ocasionó, no inmuta a sus detractores. Les parece más víctima el agresor por haber sido enjuiciado y condenado, víctima de su incontenible impulso sexual y de esa deslenguada que después de provocarlo, lo delató.

Aunque existan numerosas pruebas y hubiese muchas más, estos sectores cerrarían los ojos, se taparían los oídos, fingirían demencia, porque a fin de cuentas, digámoslo de una vez por todas, hay una inmensa complicidad cultural y social con los delitos de abuso y violación. Esos sectores creen o prefieren creer que, como la sentencia de la corte lo sugiere, ella consintió salir con su agresor para luego, maquiavélicamente negarse cuando aquel se encontraba en tal estado de ¨arrebato¨ que no pudo evitar consumar su agresión.

Desde hace muchos años escucho los testimonios de las víctimas de violencia sexual, en muchos casos mujeres casadas violadas por su propio cónyuge, novias por sus novios, niñas o niños por sus padres o padrastros, tíos, padrinos o familiares, incluso madres por sus hijos. Creo que la inmensa mayoría de los nicaragüenses ha vivido, sufrido en forma directa o indirecta alguna forma de violencia sexual. Es, sin duda, el delito más perpetrado y el secreto mejor guardado, hasta ahora, que empieza a develarse.

Por todo lo anterior tengo una inmensa admiración y respeto por Fátima y su familia. Considero que ella ha desafiado a las mentalidades predominantes con una firme y digna postura, buscando que se imponga la verdad y la justicia, pese a que su indeclinable postura la ha expuesto a toda clase de presiones y acusaciones, a la discriminación e incluso a la persecución que sufren tantas víctimas que denuncian los atropellos y la violencia sexual.

Por elemental sentido común, pregunto entonces: ¿Quién en su sano juicio se expondría por despecho al calvario al que se expuso Fátima para buscar justicia? Ha tenido que enfrentar al escabroso proceso de probar los hechos  ante un sistema forense y judicial tan cuestionados, pero sobre todo ante una sociedad donde las víctimas llevan todas las de perder, especialmente cuando se confrontan con alguna forma de poder.

En mi opinión, Fátima representa lo mejor de la mejor estirpe de los nicaragüenses, la dignidad, el arrojo, la fuerza interior, el valor de las mujeres y hombres de nuestro país, que cuando han tenido que optar entre la lucha arriesgada por una causa justa o el silencio cobarde, ni siquiera piensan en vacilar.

No dudo que el debate sobre este caso seguirá dividiendo a los nicaragüenses, pero mientras haya hombres o mujeres como ella, muchos y muchas nos sentiremos inspirados para seguir adelante, alentados por ese espíritu inclaudicable que como ella misma lo ha dicho, hace que valga la pena llegar hasta el final.