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Por este artículo, propongo matizar algunas ideas que formulé en las entrevistas publicadas en EL NUEVO DIARIO Diario por Juan Ramón Huerta el 19 y el 20 de julio. Así sugiero al lector referirse a ellos para no repetir los argumentos. Además, me referiré a la aztequidad y a la toltequidad, temas que desarrollé en la excelente revista electrónica Revista Temas Nicaragüenses (www.temasnicas.net), número 35, marzo 2011.  

La meta de la ciencia es descubrir lo que no es evidente a primera vista. Es proponer otra visión o concepción de las cosas. Decir que “el sandinismo es una religión” no es lo mismo que decir que el sandinismo es “como” una religión. Para que podamos declarar que un fenómeno, aparentemente profano o laico, es una religión, hay que descubrir que este fenómeno se corresponde estrictamente con muchos criterios definidos por las ciencias de las religiones. Tales criterios son: potencia de la conversión; potencia de la unidad de la totalidad; potencia de la comunión; potencia de lo minúsculo; potencia de la muerte; potencia de la historia; potencia de la legitimidad.

Someter al sandinismo al escrutinio del cumplimiento de estos criterios fue precisamente lo que hice en mi tesis de doctorado que concierne solamente el sandinismo de la revolución que se termina en 1990. Cuando el orteguismo de hoy se reviste de religiosidad, no podemos decir que “es una religión” sin someterlo a una investigación profunda; sin embargo, podemos afirmar, como muchos lo hacen, que el orteguismo de hoy es “como” una religión. Para poner el calificativo “como”, no es necesaria la ciencia.

En la entrevista del 19 de julio, digo que el sandinismo es la resurrección del humanismo tolteca, un humanismo de una elegancia excepcional en la historia de toda la humanidad. Sin embargo, esta resurgencia transhistórico-étnica fue envuelta por una religión demasiado fatalista (omnipotencia de Sandino que va a superarlo todo, inclusive la historia) cuyos efectos pueden superar los del fatalismo católico. Y eso me parece que puede prolongarse en la historia de Nicaragua, prolongarse y acentuarse por la “religiosidad” orteguista. La orientación estilo nueva era (“new age“ o era de acuario) de este misticismo sería la transformación teosófica de Sandino que subliminalmente atormenta el inconsciente étnico y particularmente el de doña Rosario y don Daniel. La omnipotencia de Sandino se desplaza hacia Daniel Ortega que se vuelve el médium de Sandino.

Cuando digo que el sandinismo se fundió con el somocismo, no pienso en la crueldad de Somoza, sino en unas dimensiones de la cultura nicaragüense que conocieron su tope durante la época de Somoza. El rasgo esencial microsociológico de esta época es el fatalismo con sus consecuencias devastadoras: pobre estima de sí mismo, racismo, caudillismo, individualismo, machismo. Sin embargo, Nicaragua es todo el contrario, también, de estos rasgos. Este contrario, lo encontramos en su herencia tolteca: responsabilidad, estima de sí mismo, amor al prójimo, democracia, colectivismo, igualdad mujer⁄hombre. Sin embargo, esta toltequidad está demasiado anulada, arruinada por el fatalismo católico-somocista, prolongación de la aztequedad.

Hay también el fortalecimiento de este fatalismo con la mentalidad de la nueva era que reemplaza a Dios por el universo omnipotente arreglando todo, a los espíritus-guías indicando que se debe vivir, hacer y pensar. Todos los poderes pertenecen al “otro mundo”.

El Dios, o el universo, todopoderoso, o el Estado providencia, quita al hombre el desarrollo de su responsabilidad, expresión esencial de su libertad indisociable del amor de sí mismo y del otro. Perder esta responsabilidad-libertad es lo que es “muy peligroso”, como lo dije en la segunda parte de la entrevista publicada el 20 de julio.

Según el gran antropólogo Claude Lévi-Strauss, “la vida social obedece a la cosmovisión” perteneciendo a esta  sociedad. La cosmovisión, o ideología, sandinista elaborada antes de los años 90, era una verdadera religión. No es sorprendente que el orteguismo se comporta “como una religión”, puesto que obedece “fielmente” a su cosmovisión religiosa que es mucho más importante que la “misa” de doña Rosario. Esa “misa” (y otros símbolos) no está prestado ni siquiera robado a la Iglesia católica. La misa es la reiteración del sacrificio fundador del antepasado divinizado al cual los fieles comulgan. Es transcultural, universal, contrariamente a lo que piensa Sergio Ramírez (END, 22 de julio). Aun cuando él critica severamente el orteguismo, tiene que hacerse un examen de conciencia en cuanto a su papel de teólogo de la religión sandinista en los años setenta y ochenta. Es Ramírez, sobre todo, que elaboró la mística religiosa del sandinismo, que es mucho más que la superficialidad de la misa, siendo ésta solamente la punta del iceberg de dicha mística. Doy aquí para ilustrar solamente un párrafo del próximo artículo de la serie “El sandinismo es una religión”, artículo que estará publicado en este periódico.

“Si el pasado es cerrado en Sandino, es para cerrar mejor el futuro en el mismo Sandino. Aunque el discurso sandinista hace la promoción de la apertura del futuro anunciando la venida de la edad de oro, de una nueva sociedad sandinista, o sandinizada (divinizada), en breve un verdadero milenarismo, lo hace dentro del paradigma Sandino. El milenarismo se cierra inmediatamente dentro de un mesianismo. Es el mesías Sandino, y a veces Fonseca, clon de Sandino, que determina todos los eventos y aspectos de la vida milenarista. La voluntad de Sandino se hace sobre la tierra nicaragüense, y después sobre la tierra entera, como en su cielo. Vimos anteriormente como la «religión» sandinista reproduce la religión católica y las religiones arcaicas. El providencialismo fatalista regresa en la omnipotencia de Sandino y de Fonseca, el padre y el hijo,  también el espíritu santo, el FSLN. Sergio Ramírez escribe: «Carlos Fonseca, el gran constructor del futuro […] el que bajo la tierra llevó a su pueblo a la victoria, y hoy baja la montaña [viene de arriba = cielo, lugar de los dioses], y entre las banderas de su pueblo sigue a la cabeza y señala hacia donde debe seguir esta revolución. Carlos Fonseca está presente en cada acto de nuestra revolución […] Y nuestro pueblo aquí reunido, amparado bajo la sombra de su héroe». Es fácil de ver en esas declaraciones el parecido con lo que dice sobre el fatalismo somocista: «Dios es el solo motor de todos los cambios y eventos que se producen en la realidad. Por sí mismo, el hombre es impotente».”

Finalmente es el mismo Ramírez, importante ideólogo del sandinismo, quien convocó el fatalismo providencialista que hace tanto daño a la sociedad nicaragüense. Y las consecuencias son a la medida del fervor de la población para con la mística revolucionaria que superó mucho el fervor para con la religión católica. El fatalismo sandinista ha sustituido al fatalismo católico con una potencia nunca alcanzada por éste último.

El hecho de polarizar la atención sobre la “misa” celebrada por una gran sacerdotisa nos distrae de una obra fundamental que es la deconstrucción del sandinismo y de sus ídolos (Sandino, Fonseca…), con pies de barro, que merecen pasar por la empresa nietzcheana de “El ocaso de los ídolos” para que surja más y más la mujer y el hombre nicaragüenses, y para que caminemos  hacia la Nicaragua adulta.

Esta deconstrucción permitirá, puedo preverlo, de reencontrar la perla preciosa de esta ideología: la toltequidad, despejada de religiosidad colectiva (los toltecas lo habían logrado) para caminar hacia una espiritualidad adulta, encarnada en la realidad terrestre, personal y social.