•  |
  •  |

La mujer lloró. Yo lo recuerdo así, aunque mi recuerdo no prueba que ocurriese así. A veces, la memoria es una forma de ficción que nos traiciona.  Lo cierto es que de otros detalles puede que no tenga nociones muy precisas, pero aquella mujer…, como suele decirse, “de que lloró, lloró”.

Ella era una joven profesora (no tendría más de cuarenta años), experta en Literatura Comparada. Venía de una prestigiosa universidad a impartir un curso al que nos habíamos apuntado para rellenar un poco de currículum después de terminar la carrera. Para mi decepción, resultó que traía toda la conferencia escrita. Se puso unas gruesas lentas de pasta y comenzó a leer con voz más triste que monótona a la hora del calor, más sofocante aún dentro de aquella aula en la que se respiraba una humedad condensada.

Hizo un repaso por los motivos literarios de las últimas décadas en América Latina. A los diez minutos, yo le había perdido el hilo y me puse a pintar, en la carpeta del curso, perfiles de los rostros que veía. Poco a poco, las cabezas de muchos de los presentes se fueron inclinando por el peso del sopor y del sueño (¿Lo ven? Esto último que dije quizá sea parte de la memoria ficticia). Pero ahora viene aquello que recuerdo perfectamente.

Al acercarse la disertación a los temas de la época en la que estábamos, principios o mediados de los años noventa, la gente se fue despertando porque la profesora comenzó a hablar de sexo. O sea, de sexo en la Literatura y de las metáforas. Decía que había muy pocos textos sobre sexo que mereciesen la pena. Era difícil, según ella, no caer en lugares comunes ni en palabras mil veces dichas; era difícil no caer en la grosería o la vulgaridad, o en lo demasiado puritano o cursi… Se detuvo y concluyó: “hasta que Juan Luis Guerra cantó aquella canción en la que nos convirtió en pez para bordar de corales…” En ese instante, la profesora despegó la vista del papel y buscó una ventana con la desesperación de los miopes que buscan a alguien en la multitud. Parecía que iba a decir algo más, pero luego no, sólo se quedó mirando la ventana, a través de la cual no se veía nada porque a esas horas el sol se estrellaba contra ella y cegaba el exterior. Entonces, se puso a llorar, no como si estuviera escuchando la canción, sino como si se contemplase bailándola con alguien, y como si ese recuerdo fuera un dolor insoportable, que no podía reprimir ante los alumnos que se habían despertado.

Todos nos quedamos en un silencio tenso, esperando que la mujer volviese al tema,  pero tremendamente atraídos por aquella profesora que, tras hablar de literatura, amor, sexo y canciones, se había puesto a llorar como si estuviese sola.  

Jamás imaginé que una canción, Burbujas de amor,  pudiese herir la sensibilidad de  alguien tan profundamente. A mí me parecía muy cursi. Pero aquella profesora la había elevado al rango de gran literatura, probablemente porque a ella le había llegado al alma. La ventaja de la música sobre las demás artes es que si una letra escasa se combina con la melodía llega antes a la médula. Y si encima es letra y música que se baila, la obra está completa. Nada, ni la mejor de las novelas, ni el más hermoso de los cuadros, ni la película más emotiva puede definir y revivir el amor como una canción. Lo que ocurre es que, según en qué contexto, se nos está permitido o no ciertas confesiones sobre nuestros gustos musicales. Por ejemplo, muy pocos de nosotros nos atreveríamos a decir que nos emociona una balada de Chayanne o que nos pone las pilas un tema de Lady Gaga. Hay gente que compagina las grabaciones del maestro Cardenal de la radio Güegüense con los éxitos de la 95.5 “Aamorrrrrr”…; o que disfruta igual una bachata que una canción de Los Beatles.  Y otro ejemplo: cuando yo iba a pie a la universidad por un camino muy largo, lo único que me aliviaba era un walkman y las cintas de casete que, por esos años, estaban a punto de desaparecer. Solía grabar de la radio las canciones que más me gustaban. Mi walkman era una locura: desde el rock sinfónico de Pink Floyd hasta un poema musicalizado de Josecito Cuadra: “Pajarita de la paz”. Todas esas canciones eran compañeras de camino, sin las que seguramente habría faltado más a clase.

Nadie le pide a la música un concepto filosófico o un hallazgo metafísico. Simplemente,  uno espera que le emocione, que le haga recordar un segundo, una tarde, un año, una vida, o a la persona con quien bailó. Uno espera que la música haga cosquillas por dentro, que convierta una tarde soporífera en un recuerdo del amor, o que convierta algo doloroso en una forma de perdón. A veces, es mejor guardar ciertos recuerdos en el envase de una canción para que sólo vuelvan con ella, como si fuera la primera vez que la escuchamos, y la primera vez que lo vivimos. Quién sabe cómo y cuándo aquella mujer quiso ser un pez, y fue un pez.   

sanchomas@gmail.com