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Andaba Sergei ocupado en leer los Aforismos de Confucio y se atrancaba al querer  establecer su relación con Lao Tsé. Se dirigió a su Maestro en busca de enseñanza y éste  le dijo:

- Si quieres, Sergei, podríamos comentar algunas de las máximas de Confucio que  vienen en sus Analectas. Verás que no se trata sino de una manera de comportarse la  persona educada.

- ¿Acaso no es una religión?

- ¡Ni mucho menos! Confucio es la sensatez en persona y algunas tradiciones religiosas  no tienen muy en cuenta al ser humano con los pies sobre la tierra. Reenvían los  problemas a un hipotético paraíso.

- Y tú, Venerable señor, ¿cómo te organizas?

- Antes de venir aquí, trataba de conducir mi vida según la vía del taoísmo, pero si  hubiera tenido que gobernar un reino seguiría las ideas de Confucio.

- Rostro sereno, ¿y desde que has topado con la enseñanza del Buda?

- Ahora, cuento cuentos para que Sergei se gane algún dinero cuando los publique.

- ¿Yo? ¡Maestro!

- Primero el té, y luego...

- ... los alcorques, pero antes, dame una pista, Luz que ilumina.

- Nueve son las cosas en las que piensa la persona virtuosa: ver claramente cuando mira;  escuchar con precisión; ser cortés; tener un porte respetuoso y digno; ser reverente en  sus ocupaciones; preguntar cuando duda; pensar en las consecuencias de su ira; pensar  en la justicia siempre que haya una posible ganancia”.

- ¡Voy de vuelo, Maestro!

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