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La misma hora de madrugar.
Escoger la sábana para pasar la noche y empezar a distanciarme del ruido acosador del día, que nunca descansa, es lo que me han dicho. Aseguro que tal vez le falta un poco  de sazón y esperanza. No lo sé. Uno sin proponérselo apaga la luz y enciende un  invernal fuego de estrellas que han vuelto y se retiran de sus quehaceres para dejar sus  bondades. Eso, me lo enseñó mi abuela, que sabía dormir a la orilla del fogón y sus  sentimientos. Pero es la sombra como un rollo aburrido, que se interna en mis pupilas  para prevenirme de revelaciones.

Aburrido de escucharme y no decir las cosas, que se atreven a rumiar sobre objetos y  panfletos de la baldía herencia del hijo pródigo. No tengo certezas, pero no es que me  refugie a contar las ínfulas y los detalles de la incertidumbre. Esa que camina de la mano de la diosa blanca del olvido. Todo un calvario de aprender entre el orden y la  pasión desordenada de los nuevos pupilos de la soberbia. A ellos, sus calamidades,  porque yo me quedo en la pulpería y sigo para la barbería a escuchar las palabras del  recuerdo y la sonrisa.

Me aburre el insomnio que cierra puertas a las ideas. Por eso necesito un pito para  probar toda la gravedad que pueda tener una palabra sincera. Una excusa de tambor para  probar el agua de la fuente donde bajan lágrimas. Me quedo con las cosas que no me  entienden, con el rayo angustiado por la calle que naufraga. Con el pito que no  comprende la claridad de una hoja.

Hoy, soy, el aburrido cronista que se desplaza por cavernas y no baña su humildad entre  los cuatros palos que aún quedan entre pinares arrasados. Cargo la cabanga de un  pedazo de música. Un encuentro con huellas que me han odiado siempre. Con una copa  de mar encontrada en la calle de los murciélagos. Te lo dije, hoy, no se mece una caricia  entre mis cuatro pasiones.

La verdad es que estoy aburrido de contar las mismas estaciones de las palabras con  hambre. Recorrer las gargantas y no sacar el concepto de vida en las vitrinas estériles de  la república callada. Son las circunstancias y no los recuerdos, sino las trampas de la  nostalgia las que me orillan a saturar de duda los cuartos conmovidos de las fiestas  tristes.

A estas fechas no he podido con la catarata de chismes que rozan el aire y sus propias  mentiras. Es inimaginable, la travesía de un rumor en busca de la mujer que habita en  los ojos del hombre del amor.

Y qué decir, de unas estaciones en la fragancia de la mujer que vive en nuestra intuición  vagabunda, y en nuestras manos que la idolatran. Y si estoy aburrido, de ninguna  manera intento buscarle la quinta pata a un gato.

Vos, siempre me decís, que crecimos levantándole el optimismo a la primera paloma  mensajera que escapó de nuestras hulera. Con el primer barrilete que huyó entre sus  colores llevándose mis ojos de patio grande en la Masaya de los 60s.

La mujer a quien sigo no es rubia. Ahora ninguna de ellas quiere ser rubia. Parece que  se hartaron  del color dorado y ahora la sensualidad también es morena y la belleza  también. La Miur es mi morena.  

Me aseguran que la crisis (una interrogante aturdida) tiene derecho a la réplica y a no  sucumbir en todos sus parlamentos. A la verdad oculta la tiene rodeada las hormigas  rojas, que igual destazan una iguana que un buitre. Alguien  (que pueden ser muchos)  me dice que hay una trenada de gente pachuca que padecen de la enfermedad incurable  de la exitoína. Esta tiene una cara de palo y cadejo y otra de quimioterapia “dulce” y  servilleta de buen provecho. Ambas están atadas a un trompo vanidoso de insolente  círculo vicioso.

Desde mi ventana y sobre mi ojo izquierdo pongo letras de persuasión para no ver al  dinosaurio que salta de su estanco preferido para imponernos dudas, incertidumbre e  inseguridad.

Tenemos asco por tanta basura en la ciudad y somos responsables por el abandono  individual que le hacemos a la capital.  Una voz en avanzada frena mi aburrimiento para  decirme (advertirme) con ojo crítico que si no reflexionamos nos “secuestrarán”  por amplio margen estadístico, los perros callejeros haciendo de las suyas en cualquier  esquina, patio o punto de referencia. Apunto que, en México, Distrito Federal pululan  más de 900 mil canes callejeros y ya se imaginará usted las toneladas de excretas desparramadas.

La tarde de ayer, un político del “capital de la verdad” repartía algunos billetes de bajas denominaciones a desconfiados vendedores al tiempo que los forraba de sonrisas y  golpes secos en la espalda. La escena era tan aburrida que “disparé” a quemarropa un cachinflín de insomnio rezagado para evitar un ataque de sentimentalismo.

Estoy aburrido, pero no vencido, sigo observando y resistiendo frente a la destrucción  que día a día se convierte en una amenaza cultural.  Hay quienes están arrodillando sus  vidas (de manera perpetua) y no les importa por conseguir el éxito del marketing. Hay que dudar de todo.