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I.-Déjenme contarles parte de una historia fascinante, dos pasajes de las fiestas más bravías de toda Nicaragua. Solo puedo hablarles de cosas que yo vi, me atengo a lo vivido. Las fiestas de agosto en Juigalpa nunca han durado tres días. Las fiestas ni siquiera comenzaban el 13 con la vela de la Virgen de la Asunción. Se iniciaban con el desfile de las carretas por las calles de Juigalpa. Corrijo. Las fiestas comenzaban desde mucho antes. Su punto de partida era la rifa del primer torete. Esto ocurría a finales de abril o comienzos de mayo. Nunca más allá. Cuando celebraban el 4 de mayo el Día de la Cruz  en Santo Domingo, Chontales, ya alguien se había ganado la rifa. Mentira que iniciaran después del 11 de mayo cuando se celebran las fiestas de La Libertad, conmemorando a la Virgen de La Luz. Las fiestas agostinas en Juigalpa nunca se han reducido a tres días. Se vive en grande desde que es electo el comité encargado de la celebración. Los días que se vive más intensamente son 14, 15 y 16. La tradición sigue incólume.

La Gigantona  siempre ha sido el preludio, el día de la víspera. El grueso de montados recorre las calles acompañando a esta damisela, desde el día que se le ocurrió a don Leovigildo Jarquín introducir su presencia como una de las novedades del pase. El Toro Huaco llegaría después. Desde Honduras lo trajo Nery Téllez, junto con la celebración de San Caralampio. Primero convirtió los festejos en devoción familiar, hasta llegar a enrolar a todo el pueblo. La Delia Vargas se hizo cargo de la celebración y a ella le importaba menos el rezo y más la bullaranga. La Delia y su familia tienen 66 años de estarle bailando. “El santo es mío, me lo regaló mi abuelo”, sentenciaba la Delia. Un santo que habita fuera del templo. Un santo al que rinde homenaje su familia desde el propio santuario de su hogar. Un santo que vela el sueño de sus vidas. Blanco, barba canosa, con un libro sobre la mano izquierda y una corona sobre su cabeza. El 10 de febrero lo sacan a airear por las calles de Juigalpa. La Gigantona y el Toro Huaco, acompañan al santo de su devoción.

Meter al Toro Huaco en el pase fue copia, una copia feliz. Rito, descalzo, reacio al zapato, se desplaza airoso, contoneándose, dando brinquitos, meciéndose, embistiendo hacia delante. Apenas te roza con los cachos. Se sabe parte de la fiesta. No sólo San Caralampio es festejado, también él recibe los aplausos y la celebración de los promesantes. Rito se piensa único, irrepetible, pero sabe que tradición que no se hereda, tradición que se pierde. Le enseñó a bailar el Toro a su sobrino Exequiel, el hijo de la Juana. Rito, El Toro. Sí, el Toro es él y nadie más. Fachentea. Rasca con los pies sobre la tierra. Embiste por los costados. Se autocelebra. ¡Cómo ni podemos! Por partida doble juega el toro. También lo hacía durante las fiestas agostinas. Suma sus afanes a la alegría difusa de Joaquín Castro, Calentura, que imperturbable bailotea como un bailarín consagrado. Calentura da vueltas en círculos, mece los brazos largos y aguados de su dama, esa señora o señorita, llamada Gigantona.

La Gigantona y el Toro Huaco,  digo, Rito y Joaquín, son quienes marchan a la cabeza de los montados, este 13 de agosto de mi fiesta primera. Carlos Manuel Villanueva, Guachi Guachi, a nuestros costados, ríe a carcajadas. Se mofa de todos. Nos mete en la bulla. Nos monta en un burro. Lo hala con una correa improvisada. El animal obedece a su llamado. Guachi se divierte como lo hizo todos los días de su vida, hasta que cometió la equivocación de morirse y dejarnos solos, el 17 de mayo de 1981, día en que el calendario cristiano celebra a San Pascual Bailón, un santo que conociendo a Guachi, seguro era de su devoción, Guillermo y Jorge Eliécer, sus primeros sobrinos, participan de la algarabía. Las pasiones crecen y se desbordan. Avanzan lentos, seguros, convencidos que esa tarde se quedaría en sus vidas para siempre. ¡Todavía se ven encajados sobre el burro! Contemos recuerdan esa tarde feliz que gozaron como jamás lo han logrado otras veces. Todo por la ocurrencia de Guachi.

II. – Un día de fiestas agostinas dura 24 horas. El insomnio comienza desde que se rompen los fuegos con el baile de La Gigantona  y el Toro Huaco y sólo concluía cuando el último chinamo se desmontaba en el Parque Central. A las 4 de la mañana comenzaba la gente a congregarse en el parque. La práctica persiste. Es la hora y el día de la primera diana. Los chicheros afinan sus oídos y templan sus instrumentos. Cuando revienta el primer mortero es señal de que la fiesta ha comenzado. Se inicia el recorrido. Todo el mundo se desvela. Los chicheros alegran el amanecer con sus sones de toros y los piruqueros se pegan a su orilla, para acompañarles con puntualidad de picados en el rondín que hacen por toda la ciudad. Música, cohetes y morteros dan la bienvenida al día. La ciudad amanece alborotada. Alegra, divertida.

La hora de tomarse el primer trago ha llegado. Muchos no dejarán de hacerlo aún  después de la última corrida de toros. Seguirán ebrios de contentos hasta que el hígado y los diablos azules atormenten sus días con sus noches.

Llevar estadísticas sobre consumo de licor, ¡misión imposible! Se bebe hasta caer. El único chontaleño que hacía competencia y metía bulla con el guaro local, era don José Manuel Jiménez. Fabricaba un guaro con un nombre muy propio de la región. Decidió poner a su brebaje un nombre atractivo, simpático, imposible de olvidar. Lo llamó Pradera.

De aquel licor todo se ha evaporado, sólo el recuerdo queda. También desaparecieron las cantinas. Juigalpa estaba poblada de estancos. Mi afinidad era con la cantina de la Dora Flores. A unos pasos de nuestra casa en Palo Solo, diario veía llegar dos, tres, cuatro picaditos, a echarse sus buenos farolazos.

La Dora no era la única golondrina. Expendios había por toda la ciudad. Durante esos días jamás pude averiguar si disminuían o acrecentaban sus ventas. El dilema surgió porque se comenzó a distribuir guaro gratis. En 1962 el Clan Intelectual de Chontales, se hizo cargo de la celebración de las fiestas para conmemorar el Décimo Aniversario de su fundación, entonces empezó a regalarlo. En verdad no todos lo tomaban. Orgullosos, por las noches muchos preferían ir a saborearlo donde doña María Amalia Báez, la Concha Aguirre, doña Amanda Romano, la Marcela Suárez, la Toña Báez, doña Adelaida Flores, doña Amalia Bravo y la Paulina Mora, cuya cantina tenía un nombre de guerra esplendoroso. Decidió bautizarla como la Aquí te espero. En verdad, todos los pajaritos llegaban a plantar los pies sobre su nido, para sorber complacidos el polen de sus flores.

Las dianas apenas son el despunte. El carnaval continúa por la mañana con las carreras de cintas, el palo y chancho lucio, el juego del pato y las carreras de caballo. Todavía había pretexto para continuar la parranda. A la una de la tarde comienza la fiesta grande. Se inician las montadas de toros. El guaro sigue dándose gratis. Una fiesta sin guaro, ¿habráse visto? Entonces estas no serían fiestas, hasta en los velorios reparten guaro. Primero la ración es poca.

Luego suben la parada. ¡Hay que enardecer los ánimos! La gente todavía no se desinhibe. El guaro comienza a distribuirse en garrafas, guaro ralo, bautizado. Hay que evitar que la borrachera llegue pronto. Si esto ocurre no habrá buenos montaderos y mejores sorteadores. Debe guardarse el equilibrio. Los mejores montados y toreros son aquellos que no necesitan empinarse la botella para ganar coraje. Saben que sobrio  vale, aunque Catarrán jamás pudo hacerlo. Siempre requirió de sus copitas para salir al ruedo. Entonces comenzaba el recital.

Nunca ha habido ni habrá otro como Catarrán. Curtido en mano sorteaba la suerte y desafiaba la vida. Sombrero de anchas alas, pantalón de azulón y pecho desnudo, Catarrán llamaba al animal donde otros se escondían: en las propias varas. En donde parecía imposible sacar una buena partida, fijaba su mirada sobre los ojos del toro y le acariciaba los cachos con sus manos. Un artista consumado. Sortear requiere disciplina, confesó en voz alta a mi hermana Luzana. En esa zona sólo los Villagras, Concho y Margarito. Los campistas se lucían. Cada quien amansaba y amaestraba su bestia. La regla de Concho era idéntica a la de cualquier pedagogo contemporáneo. Como quien no quiere un día me dijo que el caballo aprende del montado y el montado aprende del caballo. Sin mayor jactancia afirmaba que había enseñado a trabajar a caballos y caballeros. Así hablaba Concho Villagra que dejó su vida en San José de los Gómez. En ese feudo trabajó durante 20 años. Al final ni las gracias le dieron.

La fiesta sigue por la noche como si no tuviera fin. Los fuegos pirotécnicos congregan a la feligresía frente al templo. Si todavía queda aliento, podías continuar la parranda en cualquier bailongo y empalmar con la diana del día siguiente. Eran 24 horas de fiesta durante 5 días. La tradición lo confirma y el mito crece, aun con todas las falsificaciones y remedos de los rodeos gringos y mexicanos.