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Recién se publicó en La Gaceta la Ley de Casinos que entrará en vigencia en diciembre próximo, la cual prohíbe máquinas traga monedas a pulperías, farmacias y bares, un gran logro, es indudable; y aumentará a casi cinco millones de dólares la recaudación fiscal anual, nada despreciable, pero muy poca carga impositiva para esta industria fabulosamente rentable. Y muy peligrosa porque inflama la ambición y puede desatar las más perversas pasiones humanas.

Pero la ley no regula lo esencial: la ubicación, y seguirán en fiesta donde están y podrán continuar reproduciéndose como conejos en todos los barrios de todas nuestras ciudades, es decir, al alcance de toda la gente, como quien dice, tentación pura e irresistible a domicilio. Por eso los sitios Web del ciberespacio relacionados con juegos de azar consignan con insólita alegría la publicación de esta ley en Nicaragua. Una ley hecha a la medida de los propietarios de casinos, gracias a su enorme poder. Ellos también juegan y lo hacen a billetazo limpio.

En muchos países los casinos o casas de juego están lejos de las aglomeraciones urbanas, pequeñas, medianas y grandes, incluso en el desierto, o en alta mar --a gran distancia de la costa--, para alejar la tentación del juego de la vida cotidiana de la gente y no afectar la jornada laboral ni la productividad del trabajo, vitales para toda economía, y la paz familiar.

Con asombrosa rapidez, los casinos surgen como hongos por doquier en las principales calles y avenidas de las cabeceras departamentales y de otras muchas ciudades de toda la geografía nacional, incitando a la gente a jugar, soliviantando algunas tendencias, estimulando “a buscar suerte”, y en algunos desatando los espíritus compulsivos hasta ahora aletargados, lo que conduce a una historia en que, al final, los bolsillos ineludiblemente quedan vaciados, y afloran problemas en el hogar.

Las máquinas tragamonedas multicolores y las mesas de cartas de paño verde, en muchas personas ejercen una verdadera fascinación, una atracción casi irresistible, de modo que la gente “cae” y va a los casinos, y pierde, y en muchos casos, con tanta frecuencia, que la existencia se complica, y hasta destroza familias enteras, hasta entonces estables y relativamente felices. No pocas veces hay finales trágicos.

Desde hace varios años es parte del “paisaje” de Managua y otras ciudades, los parqueos de los casinos repletos de carros a toda hora del día, incluyendo por supuesto lo que debería ser la inviolable jornada laboral. Son visibles los taxistas, aunque estén adentro, frente a las máquinas programadas para no ser tan generosas o ante los habilidosos croupiers, por sus inconfundibles vehículos marcados, que los delatan en su debilidad, a veces pasión, que los conduce irremediablemente al fracaso. Y vehículos de lujo con ricos empobrecidos del alma y cuentas bancarias cada vez más disminuidas

¿Cuántas personas de Managua, esta capital de casi dos millones de habitantes, en la última década se han convertido en adictas al juego en los casinos? No importa la cantidad, pero es seguro que si las casas de juego no estuvieran casi a domicilio, ello no hubiera ocurrido, de ahí la importancia capital de que la ley las hubiera expulsado de los centros urbanos, excepto, quizás, en los hoteles de lujo. La peligrosa enfermedad de la adicción al juego es tan extendida, y de tan graves consecuencias, que se considera un problema de salud pública.

El remedo de Ley de Casinos que en tan mala hora elaboraron los legisladores, hubiera mandado las casas de juego lejos de las ciudades. Imaginen esa zona por Darío de tierras áridas y bajos matorrales espinosos donde nunca se cultiva nada, repleta de casas de juego, discotecas, hoteles, restaurantes, cines y teatros, en medio de los jícaros y zarzales, como una no tan mala versión de Las Vegas. Los casinos nos tentarían con transporte, hotel y hasta comida gratis, pero no podríamos ir tan seguido, como ahora que los tenemos en las costillas.

Entonces habría que viajar para divertirse, sería algo turístico, no estaría la tentación a cada minuto del día, menos personas perderían el tiempo y su dinero en horas de trabajo, y más hogares y familias tendrían menos problemas. Y menos personas endeudadas estarían vendiéndole su alma al diablo. En el reglamento que está pendiente, no se puede incorporar una medida sustantiva, así que hay que reformar la ley, por el bien de Nicaragua, para expulsar los casinos de las ciudades.

*Editor de la Revista Medios y Mensajes.