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El sufrimiento y la frustración de separarse de un familiar por razones ideológicas, que se generó al  inicio de la revolución y durante todo su periodo, no lo sentí tan cercana a mi espiritualidad, talvez, en parte,  porque lo único que teníamos en mi familia era diferencias sobre el apoyo o no al gobierno sandinista, pero no tenía en mi entorno familiar nuclear, diferencias entre familiares que hubieran pertenecido al gobierno derrocado y otros defendiendo al nuevo gobierno.

Hoy, en una supuesta segunda fase de esa “revolución” irrepetible, me parte el alma, ver, escuchar o leer cómo nos vamos desintegrando, nuevamente, las familias (sean filiales o espirituales) recogiendo la intolerancia, supuestamente superada, como modelo de discusión, aferrándonos a verdades supuestamente pétreas, cuando la misma historia reciente nos ha demostrado la invalidez de esta conducta y las consecuencias de la misma.
Los que un día creíste tus compañeros, amigos o familia, hoy construimos muros más altos que los derribados por la historia, y cultivamos la misma semilla de lo que intentamos desechar por siempre con ríos de sacrificio y sangre.

Cómo duele pensar que al pasar los años, inevitablemente, no importa cuánto tiempo pase, caerán o desertarán y dirán que teníamos razón o tal vez no lo digan, pero lo piensen. Pero sin sentir el mínimo remordimiento por el daño que hicimos, es un “Déjá vécu”. Ahora tomo conciencia de lo que se vivió  en los 80.

Para colmo, como decimos en derecho -“Res Ipsa Loquitur” (Los hechos hablan por sí solos), se nos restriega en la cara el futuro y aun así no lo queremos ver,  el General Raúl Castro le dice a su pueblo - ¡no podemos seguir así pues corremos el riesgo de morir!- 50 años después de ser uno de los que encabezó ese sendero, del cual hoy reniega y no es capaz de asumir su culpabilidad individual. De seguir el mismo camino, nosotros también en 50 años diremos lo mismo. ¡No! me niego a aceptar esto, no lo merezco, ni lo merece nadie.

*Abogado y Municipalista Costeño