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Saint Exupery, al enfrentarse a la fuerte y constante tercia entre el bien y el mal, lo mejor y lo peor, lo sublime y lo aberrante, la verdad y la mentira, la honestidad y la corrupción, afirmó que es necesario poner la inteligencia al servicio del amor, lo que en la perspectiva de la educación se puede traducir en la necesidad imperiosa de educar para la humanización de la gente y de la sociedad.

En el contexto de deshumanización y violencia que vivimos, el objetivo de toda genuina educación y de toda auténtica pedagogía, no puede ser otro que recuperar la dignidad de la persona y enseñar a vivir humanamente aprovechando todo lo positivo que también nos entrega este mismo mundo profundamente dual.  Una educación que recupere la aventura apasionante de construir personas, de priorizar al ser humano.

Fernando Savater (1999) plantea que “la principal tarea de la humanidad es producir más humanidad, es producir más humanidad, es producir una humanidad más consciente de los requisitos del ser humano”.

Al hablar así del ser humano y de la humanidad pareciera que nos movemos en cierto espacio etéreo, porque a la educación siempre se le reconoce como factor clave del crecimiento económico y base fundamental del desarrollo científico-tecnológico en razón de los cuales se definen y orientan con frecuencia los enfoques, teorías y métodos pedagógicos que abonan a todo el aparato educativo.  Prevalece un gran interés por hacer de la educación una ciencia con todos los requisitos y elementos de toda ciencia moderna pero sin alejarse del ser humano total.

En teoría se sigue afirmando que el origen y fin de la educación es el ser humano y que el avance científico educativo está a su servicio.

En todo caso, lo importante es insistir y acentuar el fin último de la educación, sobre todo cuando en el mundo humano se han instalado con fuerza la desigualdad, la exclusión, el abandono, la deshumanización dejando al margen la dignidad y el valor de la persona.

Como científicos de la ciencia educativa nos concentramos mucho en los aspectos  técnico-metodológicos, sin dar al ser humano su valor.  Basta ver el mapa mundial humano de la pobreza, el hambre, la desnutrición, las formas particulares de violencia cercanas a nuestra existencia, violencia familiar, ciudadana, política, de género, de sobreexplotación laboral, de tergiversación subjetiva de la información objetiva de los hechos sea por causa o por defecto, sea para alabar o denigrar, sea por intereses de la nación o de intereses particulares.

Ante esta situación que abona la deshumanización insistimos que sigue siendo tarea esencial de la educación, una educación que despierte al ser humano que todos llevamos dentro y al ciudadano que somos.  Según Mounier se trata de desarrollar la semilla de uno mismo, de promover y darle alas a la libertad para aprender a vivir como seres humanos, de aprender a amar y ser libres (Habermas 1981), despertar una nueva conciencia con capacidad para asumir la vida y darle un sentido significativo, impulsar una educación encaminada a transformar los grandes grupos de población atrapadas por la pobreza o beneficiados por las altas tecnologías de modo que  los seres humanos sean capaces de determinar cuál es el sentido de sus vidas y cómo quieren vivir.

Vivir es hacerse, construirse, inventarse, desarrollar los talentos y posibilidades que poseemos.  Nos dieron el poder maravilloso de la vida, pero no nos la dieron hecha.  En nuestras manos está la posibilidad de gastarla en la banalidad, la mediocridad o llenarla de sentido.  Podemos aumentar la violencia o ser constructores de paz, vivir, negando o destruyendo la vida, o vivir defendiendo la vida, dando vida.

Los sistemas y estrategias educativas apuntan y caminan en esta dirección positiva, pero la influencia de las modas, propagandas, el mercado, las costumbres, algunos medios de comunicación, la pobreza, la violencia, etc. etc. se interponen y obstaculizan el curso ideal que trae siempre consigo la verdadera educación.  Por eso resulta tan difícil educar hoy, por eso nuestros maestros tienen que enfrentarse a situaciones de mucho desgaste con exigencias que los obliga a sacar de sí fuerzas casi sobrehumanas, por eso los padres y madres de familia no saben cómo  asumir su obligación educativa, por eso los técnicos, los especialistas, pedagogos, metodólogos, etc. buscan afanosamente respuestas y salidas a los nuevos retos educativos y tecnológicos, por eso resulta tan complicado mejorar los indicadores de eficiencia y calidad en los aprendizajes.

Nuestro mundo, que por una parte posee y facilita medios insospechados para educar bien, mantiene y genera factores y elementos que trastocan los fines, principios y objetivos de una educación humanizadora.

En un mundo estructuralmente contradictorio en el que los valores y antivalores se enfrentan, pero que a la postre conviven como una solución no deseada pero real, la educación en su esencia y finalidad debe indignarse, sublevarse, esforzarse, inventarse permanentemente, porque es imperativo cambiarla y mejorarla para que avance en la ruta del ser humano, de la humanización.  Educar es ayudar a cada alumno a conocerse, valorarse y emprender con decisión y con los medios necesarios, el reto de su propia realización.