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Dos casos emblemáticos, el caso de Evans Ponce y el de Fátima Hernández, cada uno en diferentes áreas del derecho, pero al final se está hablando de personas, de seres humanos, de la integridad de uno y una, de sus vidas, de las agresiones recibidas.
El primero, el caso de Evans, universitario asesinado por un grupo de 6 adolescentes, supuestamente por un celular; ha sido un caso defendido por la comunidad universitaria y por la familia de Evans, quienes desde el inicio pedían no dejar libres a los agresores, a los asesinos de Evans.

La sentencia fue de 6 años para cada uno de estos muchachos, de estos 6 adolescentes que recibieron la pena máxima que se les puede asignar por el crimen, el delito que cometieron, según lo que contempla el Código de la Niñez y la Adolescencia. Todo un debate en torno a si se debe dar revisión al código, sobre si aumentar las penas y sobre la necesidad de adaptar este código en vistas de la realidad y contexto del país, de sus carencias.

El segundo caso, el de Fátima Hernández quien denunció una violación en contra de su persona, de su cuerpo, de ella como mujer por parte de Farington Reyes; desde el inicio de su denuncia se puso en duda su testimonio, su verdad, su experiencia traumática; partiendo de un sistema de creencias que siempre duda de la mujer y defiende al hombre, luego de una serie de retrasos y esperas la sentencia termina a favor de Farington, que de 8 años en prisión pasa a recibir 4.

Esta sentencia se basa en los denominados atenuantes de la acusación, el alcohol como demonio que poseyó el cuerpo y la mente de Farington, quien no pudo reaccionar ni hacer nada para evitar que este demonio llamado guaro y cerveza, a través de su cuerpo, de sus manos, de su pene y de su imposición física violentara el cuerpo y la vida de Fátima Hernández.

Ambos casos han destapado fenómenos cruciales y que no deben pasarse por alto ni obviarse en nuestra realidad nicaragüense, en la que todos y todas estamos inmersos, como mujeres, hombres, adultos, jóvenes, de diferentes estratos sociales, de cualquier partido, de cualquier religión.

Primero, nuestra realidad tiene una historia, esta historia ha consecutivamente marcado una serie de desigualdades desde la perspectiva económica, de género, política, religiosa, que hace que la convivencia de esta nación, de este país, de este territorio sea insostenible, este en un punto crítico y problemático.

La violencia, en sus diversas manifestaciones, es producto de una serie de factores que tensionan la existencia, las vidas y las personalidades de lo individuos y de los grupos, los cuales en su intento por sobrevivir, por permanecer y por estar desarrollan una serie de estrategias que les permiten mantenerse en una ola de acciones y de sucesos que continuamente están amenazando la estadía de los actores y actoras sociales, que constantemente acumulan cargas y niveles de frustración, agresión, enojo, rabia, tristeza y decepción.

Estas emociones acumuladas tienen género debido al sistema machista que designa que debe sentir cada hombre y cada mujer, es así como la violencia se le ha heredado continuamente a los hombres, victimas a su vez de esta y producto de un sistema que mutila las identidades y que las condena a una realidad aparentemente invariable.

Las mujeres, son las eternas víctimas, sin mas que hacer que aguantar, callar y morir en una espiral de agresiones que va desde la familia, pasando por la pareja, por las instituciones y seguidas por el Estado, el gobierno y la patria. En fin es una historia que aparentemente se repite y se repite sin tener una salida.

Pero entre todo este entramado de programaciones y de creencias sociales, religiosas, políticas y culturales, aparecen dos víctimas, dos personas, producto de este sistema de cosas que han recibido una descarga de lo que se mueve a diario en las casas, calles, oficinas, iglesias, barrios, residenciales e instituciones de este país, la violencia, la agresión, las ansias de dominio, de control, de poder y la eminente amenaza de muerte que convive entre los hombres y mujeres de un país condenado por su propia decisión a  olvidar el pasado y a obviar sus fantasmas, a repetir una y otra vez sus errores y a recibir las herencias que los antepasados han depositado en los cuerpos que inconscientemente circulan por las calles de una nación a punto de estallar.

No hay que esperar a que suceda un atentando, una masacre o genocidio para reconocer que la posibilidad de ebullición social esta latente cada día que sale el sol en la capital, en los departamentos, en la costa Caribe; debido a que todo lo que no se trabaja, lo que no se reconoce, lo que se oculta, se acumula en diversas partes del inconsciente colectivo, hasta que llegan momentos en los cuales poco a poco va estallando esa agresión oculta, esa rabia escondida, esa frustración acumulada.

El cuerpo de Evans es un objeto al que se le da un significado desde la vista de los agresores, de blanco, de receptor de sus frustraciones. Fue una oportunidad, de venganza social, de cobrar una serie de atropellos sociales y económicos que los grupos marginados, excluidos e invisibilizados del sistema dominante toman sin más. Es lo que es, una forma de canalizar algo interno, un estado de éxtasis, de liberación. Los 6 adolecentes a su vez son instrumentos de una realidad que en vez de ver hacia adelante, ve hacia atrás pero sin ver claramente, y ve a ciegas sintiendo rabia y ganas de matar, de vengar.

El cuerpo de Fátima por su lado, es un cuerpo parte de un sistema de significados asignados a hombres y mujeres, un cuerpo de mujer, que según el sistema machista le pertenece a los hombres, existe para el placer de los hombres, para que ellos descarguen sus ganas de sexo, de venirse, es un cuerpo que existe para ser dominado, desde el sexo hasta lo ideológico y espiritual, es un cuerpo ajeno a la mujer; es un cuerpo no propio.

Lo que Fátima rompe con su denuncia pública que cubren los medios de comunicación y la sociedad en general, es el papel pasivo de la mujer en la violencia, sin embargo la sentencia lo que nos muestra y destapa es la aceptación, tolerancia y cooperación silenciosa de la sociedad ante la violencia, ante las premisas machistas hacia el cuerpo de la mujer, hacia la vida de la mujer y la reafirmación y apoyo de la construcción machista del hombre como un ser incontrolable, de apetito sexual inconsciente y altamente peligroso, sobre todo en estado de ebriedad, y sin el. Como se puede analizar afecta a hombres y mujeres esta sentencia.

Pero el hecho de  que condenen a 6 adolescente por el asesinato de Evans Ponce  sentenciándolos a cada uno a 6 años de prisión que es la pena máxima contemplada en el CNA, pero que no condenen a Farington a los años que tiene que ser condenado debido a que es hombre y trabajador del Estado; hace preguntarse si la vida de Fátima no ha sido apuñalada y violentada como la de Evans no solo por su agresor, que es Farington, sino también por el Estado, por la sociedad, por hombres y mujeres que creen menos en el testimonio de Fátima solo por el hecho de que es mujer, y su palabra dentro del sistema machista es tildada de poca credibilidad. De cierta manera esta aceptación social y apañamiento patriarcal a este tipo de acciones violatorias mata, asesina identidades y apuñala las vidas de muchas, de muchos.

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