•  |
  •  |

Así empezó la historia. Por entonces, Ricardo Mayorga regresaba convertido en “el matador”, el gran campeón y ya, desde el mismo aeropuerto, exhibía su fortuna sin reparar en nada. Tardó muy poco en tener varios encuentros con la policía por promover “supuestamente” carreras ilegales, algunas de ellas en plena carretera a Masaya. Recuerdo haberlo visto en televisión defendiéndose de esas acusaciones con el argumento de que él era un mero espectador y que, al fin y al cabo, las carreras ilegales, las buenas de verdad, eran las de Estados Unidos, con apuestas fuertes. En Nicaragua, “he visto a chavalos que corren hasta por un hot dog”, concluyó. Después de eso, no pasó nada.

Más tarde, se enfrentó a la acusación de haber violado a una joven poco antes de intentar salir del país. Mientras escuchábamos la noticia, había un tipo cerca que exclamó con una sonrisa: “¡Qué bárbaro ese maje!” Es una expresión que se vuelve ambigua, difícil de interpretar a veces. Si no se dice nada más, uno nunca sabe si implica desaprobación, enojo o admiración. Pero el tipo en cuestión volvió a hablar y me sacó de dudas: “Que lo dejen libre. Por lo menos, pone el nombre de Nicaragua en alto”.

Después de que declarasen inocente a Mayorga (en extrañas circunstancias a pesar de pruebas supuestamente contundentes), el boxeador se engalanó con los colores del partido del gobierno en cada uno de los cuadriláteros (como dicen los cronistas deportivos) en los que peleó posteriormente. Pero Mayorga no es en sí el problema, ni tampoco sus declaraciones de las que dudo tengan el alcance de poder ofender a nadie.

El mundo del boxeo de elite suele estar rodeado de extrañas coincidencias, sordidez e  ilegalidad. No es raro que haya ofrecido tanto material para el cine y la literatura. El destino de algunos boxeadores es tan extraño y sórdido como el propio deporte donde se mezclan tipos muy malos con otros que parecen inocentes como niños. El mejor de todos ellos, “el flaco explosivo”, tampoco se resistió a la política y contribuyó a que el partido del gobierno obtuviese más votos. Le caía bien a todo mundo, así que lo pusieron de alcalde y cuando se mató (también en extrañas circunstancias) se le enterró con merecidos honores de gran campeón y de hombre de Estado. Todo el mundo lamentó su muerte como se lamenta que falte la alegría. Pero luego, le erigieron un monumento que se hizo apresuradamente en un mes y costó 700.000 córdobas. El monumento, perdónenme sus escultores, no es sencillo y además de feo, parece una burla. Supongo que todo es parte del extraño mundo de controversias que rodea al boxeo y a la manipulación política.

El pasado 19 de julio volvimos a ver a Mayorga, sentado en los primeros puestos de la  tribuna. Acto seguido, llegó Don King a celebrar Santo Domingo y a hablar con el presidente sobre la posible celebración de una gran pelea para Mayorga en Managua el próximo mes de noviembre. Y será todo un acontecimiento, sin duda. Durante unos minutos, muchas cámaras de televisión de los medios deportivos que cubren el boxeo retransmitirán desde Managua. No será algo tan grande, claro, como aquella famosa “pelea del siglo”, Alí contra Foreman, ¿recuerdan? Kinshasa, Congo (entonces Zaire), 1974. Fue el evento que lanzó a Don King a la fama, y eso que, al parecer, no disponía de los 10 millones de dólares que se habían pactado para llevar a los dos boxeadores a un lugar tan lejano de los cuadriláteros habituales. Pero el dinero no fue un problema, porque King (que según cuentan sus biografías había estado en la cárcel después de asesinar a dos hombres, uno a golpes y otro de un disparo por detrás) se había aliado con Mobutu Seseko, antiguo revolucionario reconvertido a dictador del Congo. Se dice que Mobutu puso el dinero para que la pelea se celebrase en su país tan devastado. Contra todo pronóstico, Alí venció a Foreman, rodeado por una multitud que le gritaba: “Alí, mátale”.

Mobutu continuaría en el poder treinta y siete larguísimos años más hasta que una nueva guerra acabó con él. Todo lo que rodeó a aquella pelea fue un circo del que sólo se beneficiaron sus protagonistas. Nadie más.

Sí, la pelea de Managua no será tan grande. Mayorga tampoco parece ser el matador que  era. Pero qué importa, dirán algunos, si lleva el nombre de Nicaragua por el mundo, y quienes lo dicen, lo creen de verdad.

En Nicaragua no faltan personas que justifican las violaciones, incluidas algunas  mujeres que callan o excusan a los hombres, porque que tienen dentro “ese mal”. Por hacer un servicio al pueblo, o por realizar buenas acciones, siempre habrá forma de exculpar, excusar y justificar a los asesinos confesos que salen de la cárcel con ventaja y se ponen a bailar; o los violadores que se defienden por un “arrebato”, y los sospechosos de violación y de robo que pueden hacer campaña libremente. El país no se avergüenza de que de los 89 asesinatos contra mujeres registrados el año pasado, sólo 9 hombres estén en prisión. No se avergüenza de que se hable de lo que aquí ocurre como de “una epidemia” de violencia. Pero se enorgullece de que Don King y Mayorga se reúnan con el presidente y tengan a la policía nacional a su servicio como seguridad privada. No es necesario tener nada en contra para convenir que la imagen que promueven no deja de ser sórdida y preocupante.

El plato está servido. Si las sospechas de robos, violaciones o asesinatos no son  acometidas por una Justicia independiente en el caso de líderes, famosos o poderosos, el resultado será que en todo el país, haya más robos, violaciones y asesinatos. Amparar el delito es promoverlo. Pica y se extiende. Paso a paso, Nicaragua va subiendo la parada, igualándose al nivel de inseguridad de El Salvador, Honduras y Guatemala.

Hay algo que falla en lo más profundo mientras un gran sector del país que se declara  hondamente cristiano, socialista y solidario encubra violaciones, robos y asesinatos. Algo falla cuando quienes cometen esos delitos o son sospechosos, en lugar de ser investigados y llevados a los tribunales, son elevados a las tribunas y aplaudidos. Y la historia continuará cuando alguien desde abajo, cualquiera de nosotros, diga: ¡Qué bárbaros esos majes!”, y después no pase nada.

sanchomas@gmail.com