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Ahora los parques no son como lo eran antes, el punto principal de la reunión de los novios y el lugar indicado para acomodar la soledad de viejos. Sin emoción, ni sentimentalismo, uno se esfuerza por volver a calzar los mismos zapatos pero se lo impide la rutina, que ya cargan los años, y las voces que fueron jóvenes, y con mejor  sangre ahora, no quieren dormirse ni prepararse para el viaje próximo. Es el rostro, que  no puede distraerse con la mentira del tiempo. El tiempo también se arruina. Y por qué  no se desmotiva al sacudirse de sus culpas. Imaginémonos al lobo cansado que ha  perdido la barba y lo cerca el desconsuelo.

Un parque es el reflejo de un sueño. Una frazada de nostalgia viéndonos correr tras el  barrilete de tres colores encendidos que se hunde en el cielo con nubes blancas. Ese es  mi silencio que recorre el mundo pensé muchas noches y lo sigo pensando ahora con la  partida de algunos amigos, la despedida de algunos amores, y el sol más recalcitrante  imponiendo la zozobra  sobre mis huesos.

A un parque se llega con el alma suelta. A un parque se regresa con los pies curiosos.  De un parque uno espera que la voz pequeña de la infancia se refugie en la lluvia con  los pies descalzos. Un parque no es, ni fue construido para desamarrar envoltorios, que  la vida ha dejado en los puertos del naufragio. Con un poco de sol basta para refundir la  frente entre la alegría que también tiene sus caídas de tristeza.  Y ahí, en ese escenario  de la sed no falta un perro, poeta Xavier Quiñónez.

Un parque es para pensar. Buscar esa semilla que dejamos hace años, buscar ese chorro  de agua que de tanto verlo nos conmovió los ojos. A veces, es como abrir un pañuelo  con la punta de los dedos en la distancia.  Un parque se acerca a nuestros ojos y nos  habla de la tierra, las flores, y las hojas que han caído sobre la extrañeza del tiempo,  y  que no  han podido reponerse del dolor, que se hizo viejo, y sin delicadezas.

Un parque es como un libro rodeado de niños, que para entender la vida piden ser amamantados por la madre entusiasta y su belleza.  Los parques risueños, no nacen todos los días.  Son raíces de nuevas voces, artesanos de nuevos alumbramientos de armonía.

Hoy, que estoy aquí, acompañado de mi hijo Said, me veo corriendo de un lado a otro, (corriendo bajo la inmensidad) midiendo el gozo de su extensión, sin la mirada dura de  mi padre. Aunque las dimensiones no  cambian, entre los de aquella época y los de ahora, yo siempre me imaginé a mi parque preferido tan inmenso como las estrellas, tan  diáfano como la lluvia en todos los rincones de un poema.  

Said me pregunta, si el césped es verde porque lo pintaron y quiere explicaciones de todo el trabajo y no para de preguntar. En este parque hay olor a cartas y a besos, los  enamorados que se abrazan y quieren a su país. Este parque está limpio y bien cuidado  como las manos de las muchachitas y muchachitos que al saludarnos nos transmiten  alegremente sus fantasías.  

Yo busco en los parques el recado de las hermosas almendras (que ya no existen) y que  eran la fruta apetitosa al mediodía en la Managua de los 7os.  Un detalle preciso: el sol  que rajaba con látigo y fino cuchillo nuestras espaldas, nuestra vida, y después se  encuevaba inocente a refrescarse y descansar muy orondo en las casas de taquesal.  Me  domina la nostalgia al recordar mi casa esquina opuesta a donde vivía el bachiller y  famoso cronista deportivo Ponciano Lombillo en el barrio Santo Domingo, a propósito  de la dejada del Santo hacia las Sierritas de Managua.

Para mí, es una idea de bienestar que el Gobierno y las municipalidades destaquen entre  sus tareas, la relación de recreación y el desarrollo comunitario y con ello, la  recuperación, renovación y restauración de los parques como un factor de bienestar  social, porque toda una comunidad se beneficia satisfactoriamente en familia y gustos  compartidos. También se reafirma la identidad y como todo un tendido integral la  pertenencia del barrio. Es grato observar como los niños, niñas, adolescentes, mujeres y  hombres se benefician con la práctica de nuevos valores para mejorar la calidad de vida  y como un aporte al desarrollo de su territorio.

Es bueno precisar que la recreación bien perfilada es la base para colaborar en la formación de un miembro de la comunidad, pues, tiene el resguardo de todos sus derechos como ser humano. Teniendo claro el objetivo de una recreación bien entendida, uno se apropia del uso positivo del tiempo libre, para obligarnos a la comprensión de que necesitamos del descanso, también de la diversión y para estrechar  en comunidad el aporte y desarrollo de nuestra personalidad. Así, uno comparte  experiencias y propicia actividades para enriquecer no solo la propia vida sino  extendiéndose al colectivo  participando de relaciones más afectivas, armoniosas y más  humanas. Todo lo que uno como adulto puede y debe hacer recibe como recompensa la  sonrisa de un niño feliz.