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En un principio iba a impartir un taller sobre comunicación para el desarrollo, pero a veces nos toca estar en el momento y en el lugar indicado para ser testigo de historias; esas que quizás son las que te cambian de perspectiva, que te ayudan a ver un poco más allá de la superficie de la realidad o que simplemente sirven de elementos para interpretar otras realidades, eso significó para mí este viaje. Algo que no planifiqué, en el que cada plática fue surgiendo de manera espontánea y  en algunos casos apunto de los encontronazos que me iba dando.

Llegué a Siuna el 10 de agosto, ya había leído y visto los incidentes afuera del Consejo a través de los diferentes medios de comunicación. Campesinos protestando por la falta de cédulas.  Me pareció una causa justa y necesaria para el contexto por el que atraviesa el país, me sentí contento de que la gente saliera a expresar sus demandas ante el primer paso del fraude que se aproxima, ya que el partido de gobierno sabe que Siuna es una ciudad en la que nunca ha ganado, ni ganará; por lo tanto cada voto que le reste a la oposición será de beneficio para ellos.

Aterricé a las nueve de la mañana entre vacas y gente que se encontraba atrás de las barandas que dividen la pista aérea de una de las calles de Siuna.  Jóvenes y niños miraban con asombro aquella destartalada avioneta de la costeña que caía entre el polvasal de la pista. Hace 5 años había estado con mi abuela en ese pequeño pueblo y en el momento que bajé del avión se vino un torbellino de recuerdos que tenía. El pueblo no había cambiado nada: las mismas calles, el estadio, la gente a caballo, las vendedoras ambulantes, el mercado en fin parecía que el tiempo se había detenido.

El primer día del taller todo ocurrió sin ningún percance, lo que sigue a continuación en esta historia surgió del segundo día. Finalizábamos la jornada cuando recibí la noticia de que no había vuelos–de todos modos mañana no viajo, así que no tengo problema si los vuelos no salen hoy- pensé. Pero el problema fue cuando me di cuenta de que los vuelos quedaban indefinidamente suspendidos por las protestas de los campesinos por sus cédulas, ya que según el señor de la costeña estos se querían tomar el avión para hacer más presión por sus reclamos.

En un principio me alegré de que se mantuvieran en son de protesta, de que por lo menos en el campo se daban cuenta de que esta lucha no es de un día y que el gobierno está empecinado en dar una batalla de resistencia y ya era hora que alguien les lanzara un reto; de que sí le podían hacer frente. Me fui a asomar a la protesta para romper un poco con la falsa visión que tenemos las personas de la ciudad de que los campesinos son los de sombreros y de botas, quería saber qué pensaban, cuáles eran las demandas reales, quería  sacarme un poco los estereotipos que cargamos el sector de la población de donde yo vengo, no quería que me entendieran, quería entenderlos.

A pesar de que en su mayoría eran hombres busque a las mujeres, quería escuchar sus voces antes que las del resto. Así me acerque a hablar con una pareja, ellos fueron mi primer encuentro y la verdad nunca fui un buen periodista (ni lo soy aun) por lo tanto la primera pregunta siempre es difícil para mí, sobre todo en un terreno en donde desde la entrada habían hombres con machetes, palos y piedras.

-¿Llevan bastantes días aquí?-- Pregunté.
-Somos de aquí y estamos desde el primer día ¿y vos?-- Me contestó amablemente la señora.

Bueno, ya había iniciado la primera conversación y todo había surgido de lo más normal. Por lo que continúe preguntándoles un poco sobre la situación, quería saber quiénes eran los líderes, cuál era el discurso y si la mayoría de la gente que estaba ahí no tenía cédula. La señora sólo me pudo contestar la tercera, pero con eso bastó, sus palabras fueron suficientes para darme cuenta de que no estaban ahí únicamente por la cedula sino por ser reconocidas o por ser parte de un país que las ha excluido en la mayoría de los procesos y que ellas también querían ser parte de la historia aunque sea a través  del simple y seco hecho de votar, algo que en las oficinas del consejo aun no comprende.

-Mirá, decime vos que sos de Managua  ¿cómo es posible que una vaca esté identificada y una persona no? Yo desde hace tres meses fui al consejo y siempre me salían con que no estaba (la cédula) y así le hicieron a un montón de gente. Lo peor es que ellos no entienden que una cédula no es solo para votar, que ahora para todo te la piden—me dijo mientras las personas que estaban a su alrededor movían la cabeza afirmando lo que la señora decía.

Primer mito resuelto; digo mito porque en una plática desventurada con un “joven escritor” él me decía que los campesinos no podrían comprender nuestras demandas desde Managua o desde las redes sociales, criticando el medio y no la idea de nuestra causa. El campo debe dar sus propias luchas y desde sus propios medios, pero el hilo conductor debe de ser el mismo y a pesar de que yo no sé ordeñar y ellos no conocen lo que es el Facebook  los problemas son  de la misma raíz, vienen de una misma Nicaragua.

También en estos días me pude dar cuenta de que es falsa la percepción de que el campesinado solo sabe de vacas, gallinas y chanchos a como ha querido vender este gobierno; no son solo estómago con patas y que no es solo uno el tipo de campesino que existe a como lo ven muchos de nuestros líderes de la oposición. Ahí también habían demandas ciudadanas, de libertad, de trabajo, del alza en la canasta básica, de calidad en la educación, de hambre, de justicia, de corrupción, de favoritismos partidarios. Demandas exactamente iguales a las que he escuchado en un supermercado o en un bus de Managua solo que de distintas voces, ahí estaban también las mías.

Pero no todo era color de rosa, no quiero ser triunfalista. También aquí se repetían los mismos vicios que han desvirtuado muchas de las luchas empujadas con sudor, fuerza y sacrificio. Esta protesta también estaba marcada por la polarización que atraviesa el país, por el machismo, por la violencia, por la desorganización, por el adultismo, por el negocio político, por el alcohol, por esos cientos de años de dictaduras enraizadas en la conciencia colectiva de la gente, no solo en ellos/as, sino que también están  en cualquiera de nosotros.

Seguí hablando con muchos y muchas, comí con ellos, dormí una noche ahí, intenté ser parte de su lucha. Aporte algunas de mis ideas, sobre todo a los más jóvenes, muchas seguramente fueron tomadas en cuenta y otras quizás no, de la misma manera que hice yo con las de ellos.

Al segundo día de ir al aeropuerto y de obtener la misma respuesta decidí buscar cómo salir para poder estar en mi trabajo el lunes. Me monté en un taxi que me llevaba hasta el hotel y en él se montaron tres de un grupo de aproximadamente 12 personas que iban a la protesta. Luego me di cuenta de que los tres que se montaron lo hicieron porque no podían seguir caminando ya que lo habían hecho por dos días sin detenerse y que venían decididos a no irse hasta obtener su documento de identificación.

Tuve  salir que salir al ride de Siuna, ya no en avión, como llegue. Durante dos días viaje desde Siuna hasta Managua conociendo más historias trágicas de las personas que compartieron la tina de la camioneta conmigo. En ese pequeño espacio en el que íbamos 8 personas  es probable que estuviera reflejada nuestra realidad, llena de tragos amargos pero no tragos definitivos y sobre todo con aliento a cambio de que algo puede ocurrir si lográramos poder hablar por un segundo con esas personas que tendemos a caracterizar a priori, o a como me dijo Don Milton “al final somos los mismos, lo único que nos diferencia es el hablado. No crea, ustedes también tienen mucho que aprender de nosotros”.