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Hay un fenómeno en Latinoamérica que me parece de lo más chistoso. Nicaragua no es la excepción. Se trata de una necesidad extraña de intentar rastrear nuestros apellidos a un origen noble en Europa, especialmente España. Digo extraño porque casi todos mis amigos aseguran tener raíces nobles en el antiguo continente. Como yo no me quería quedar atrás, empecé una búsqueda incesante para encontrar aunque fuera la más pequeña señal de que algún antepasado mío, por lejano que fuera, perteneciera a la nobleza, en este caso, alemana. Indagué por todos lados, asistido por los buscadores más eficientes en el internet, y siempre me encontraba lo mismo. Mi apellido, Vogel, tiene origen en el antiguo idioma que hablaban los judíos en Europa: El Yiddish. Su significado es pájaro, y aparentemente no de alto vuelo. Aprendí que este nombre se lo daban a los judíos que cuidaban pájaros, lo que sería equivalente en el contexto nicaragüense, quizás aquella persona que le da comer a una lora.

Vi que era inútil buscar raíces nobles en mi apellido, y me quedé muy triste. Sin embargo me puse a pensar que si mis antepasados hubieran pertenecido a la nobleza, con toda seguridad no se hubieran venido a estas latitudes dejando atrás sus caballerizas, castillos, y riquezas. Esto me llevó a pensar de que tal vez mis amigos tampoco tenían sus orígenes en la nobleza europea, pues ¿Quien abandona una buena situación económica y social para aventurarse en tierras desconocidas? Para ponerlo en el contexto actual, la gente que abandona Nicaragua va en búsqueda de mejores horizontes: trabajo y oportunidades para sacar a su familia adelante. La otra gente que abandona el país puede que esté huyendo de algo. A lo mejor, tarjetas de crédito topadas, demandas judiciales, etc.

En todo caso, toda esta reflexión del fenómeno de la nobleza latinoamericana, me hizo pensar en la educación y como este deseo de pertenecer a la aristocracia, afectaba las decisiones que los padres de familia tomamos para el supuesto bien de nuestros hijos.  No es raro escuchar a un padre de familia decir que han decidido meter a sus hijos en un “buen” colegio en el cual se puedan “rozar” con gente de su misma clase.  De momento no encontré nada malo con ese deseo de “rozarse”, pero me puse a pensar si esta inclinación era o no compatible con la buena educación, pues como suelen decir en círculos de educadores de prestigio, “una cosa es lo que se vive en el colegio, y otra es la realidad del mundo”.  En el mundo con toda seguridad nos toca “rozarnos” con todo tipo de personas, lo cual nos enriquece y realmente nos hace más “nobles” al ver que hay personas que tienen más necesidades que nosotros y que no por eso son menos; que hay personas que con su esfuerzo y tenacidad llegan  a conseguir éxitos impresionantes.  Esto me llevó a pensar que quizás la mejor manera de educar a nuestros hijos era que en el ambiente del colegio se diera una verdadera preparación para que nuestros hijos se dispusieran verdaderamente a vivir en el mundo real, en donde hay altos niveles de exigencia académica y rigor profesional pero en donde diariamente nos tenemos que “rozar” con todo el mundo.

Esto sí me tranquilizó pues realmente dejé de pensar en el posible origen noble de mi apellido y agradecí a mis padres por haberme metido en los mejores colegios de Centroamérica, pero en donde tuve el privilegio de “rozarme” con todo el mundo sin importar su clase social o económica. Es importante, darnos cuenta cómo país cristiano que todos tenemos el mismo valor ante Dios, quien dice en Santiago 2:1: 1 “Hermanos míos, vuestra fe en Jesucristo, el Señor de la gloria, no puede ir unida a favoritismos ni discriminaciones.” Parece que nuestro Señor ya sabía que algún día estaríamos en Nicaragua y en Latinoamérica haciendo todos los esfuerzos posibles para pertenecer a un grupo social, inventando supuestos orígenes nobles.

*El autor es especialista en educación
alejandro@lincoln.edu.ni