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Cada día más, la relación humana en educación cobra mayor relieve. Es de esperarse, por cuanto la educación tiene, como principal propósito, realzar la relación educativa y pedagógica, como principal catalizador y detonante de la calidad educativa y humana.

En esta relación educativa, educandos y docentes se completan y enriquecen como personas, los primeros aprendiendo a socializar y cooperar en el aprendizaje, intercambiando visiones, percepciones y experiencias; los segundos, propiciando  relaciones dinámicas, fortalecedoras de la persona de los educandos, y perfeccionándose como personas, en el entendido que, como expresa Paulo Freire, quien enseña, aprende al enseñar, y quien aprende, también enseña al aprender.

Desde esta interacción dinamizadora, la persona del educando crece y se agiganta, al lograr desplegar sus potencialidades intelectuales, espirituales y afectivas, se enriquece de valores y conocimientos que el docente proyecta. De esta forma, la relación humana se concreta en dos direcciones complementarias de la persona: una individual, interna, y otra social, externa. Este proceso puede, así mismo, ser canalizado de manera negativa por los educadores, desplegando una relación educativa excluyente; con una enseñanza de baja calidad humana, científica y pedagógica, desmotivando al estudiante con métodos desfasados y alejados de los intereses y características estudiantiles.

Esta riqueza de socialización educativa y pedagógica se asocia, también, a las enormes posibilidades que ofrece la relación humana entre iguales, los estudiantes. Ésta, si bien ofrece oportunidades educativas y pedagógicas inmensas, también puede resultar negativa, cuando los estudiantes la canalizan de forma inadecuada.

La experiencia pedagógica y resultados de procesos de formación e investigación nos confirman que, esta relación humana, en la medida que es optimizada y canaliza adecuadamente, constituye la mejor oportunidad educativa, por cuanto, no sólo dimensiona la identidad, potencialidades intelectuales, espirituales y afectivas de cada persona, sino que, desde su dimensión socializadora, contribuye a la completitud de la persona. No obstante, cuando tal relación no es sana, se condena a la institución educativa, a un entramado complejo y obstaculizador de relaciones de conflicto, estrangulando posibilidades educativas, reduciendo sus efectos y potenciando una cultura de imposiciones y conflictos. Estas relaciones  nada sanas, ubican al centro educativo, no como espacio de encuentro y crecimiento solidario compartido, sino como escenario y cultivo de conflictos que, a la larga, reflejan conflictos familiares y sociales. Pierde, así, la educación, la oportunidad de constituirse en el mejor espacio de encuentro y construcción permanente de la persona, y excelente laboratorio de formación democrática de la nueva ciudadanía. El liderazgo en valores de los dirigentes educativos, es, obviamente, el principal aliciente de una relación humana sana, dinámica, de completitud. En tanto su compromiso con la verdad, los valores morales y el profundo respeto a las personas que integran la comunidad educativa, se materializa en actitudes positivas, estilos de dirección cercanos, ejemplarizantes, respetuosos, humildes y audaces, la relación humana educativa se redimensiona y ennoblece. Por el contrario, cuando este liderazgo se pervierte contraviniendo el discurso con la práctica, avala actitudes impropias, siendo factor de división, polarización y sectarismo, la institución educativa pierde la perspectiva, y el trabajo educativo se desnaturaliza.

La relación pedagógica docente constituye un modelo de vida para los discípulos. Cumple su efecto, cuando  se nutre de autoridad moral y no del poder, la exclusión y el castigo; está dirigida por la pedagogía del afecto y la construcción progresiva de la responsabilidad estudiantil; se prepara con calidad, interactúa enseñando con entrega, cercanía y respeto a los derechos. Si la institución mantiene una relación de respeto y apoyo a la calidad integral de vida y profesional del docente, entonces el trabajo educativo se ennoblece y despliega todo su potencial. Por el contrario, cuando la institución educativa impone lógicas curriculares, políticas y pedagógicas, irrespetando la capacidad y autonomía del docente, éste se empobrece y somete, perdiendo capacidad crítica, autonomía pedagógica, identidad y potencial innovador. Cuando el personal docente vivencia un clima psicosocial viciado, las relaciones humanas se envilecen, los conflictos afloran y encienden cada día, diluyéndose la capacidad pedagógica y educativa de ofrecer a los estudiantes modelos positivos de actuación personal y ciudadana.

Un somero análisis del funcionamiento de las instituciones refleja que, las mejores técnicas, estrategias y dispositivos tecnológicos son efímeros e inefectivos, cuando la relación humana, en su interior, está viciada, y el clima psicosocial está contaminado. El ámbito educativo del país merece reflexionar en torno al tema. Muchos temas forman parte de la agenda institucional, pero raramente este tema es en un eje central de examen. Si queremos que los centros educativos logren articular relaciones humanas que agiganten los resultados educativos con personas integrales, es preciso acercar dos culturas que caminan en aceras opuestas: de un lado, la cultura nomotética u oficial, por la que el centro repite normas, lemas y contenidos sin conciencia alguna; y por otro, la cultura ideográfica que oculta sentimientos e ideas de sus integrantes. Propiciemos el acercamiento y unificación de ambas culturas, de manera que las máscaras desaparezcan, y las ideas y visiones ideográficas sean compartidas. Cuando ambas culturas se alejan, el clima psicosocial se envilece y obstruye un auténtico proyecto educativo. Esta bipolaridad educativa requiere ser superada para lograr desarrollar una acción educativa más sincera, sana y humanizadora.