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Ph.D. / Ideuca


La educación es la fuente inagotable que nutre la construcción de la persona y de la ciudadanía como fundamento del bienestar y el desarrollo de toda la población y del país.

Esa fuente abierta a tantas oportunidades de la gente, necesita de ojos de agua que la alimenten y le proporcionen el caudal permanente innovador que necesita para llegar debida y eficientemente a cada persona.  Por eso se le dota a la educación de todo un aparato que le dé vida propia y funcionalidad con características muy particulares.

La educación se hace un subsistema dentro del macro sistema de la Nación, lo que indica que es parte que nutre a toda la población y al bienestar, desarrollo y progreso del país. Como subsistema activa tres grandes corrientes que deben funcionar unificadas: la técnica- pedagógica, la administrativa y la psicosocial.
Cada una de esas corrientes nacen y fluyen activando sus propios elementos, técnico-pedagógicos, metodológicos, didácticos, orientados directamente a garantizar el proceso de enseñanza-aprendizaje con calidad la primera; los procesos administrativos de organización, dirección, gestión y recursos que sostienen, apoyan y facilitan los aprendizajes, la segunda; y el conjunto humano que alienta, vigoriza y determina la acción y el éxito de las dos corrientes anteriores en el horizonte de los aprendizajes significativos, útiles, aplicables para el desarrollo personal y global.

A la educación como ciencia se le da una importancia especial a lo técnico-pedagógico, metodológico y didáctico, y es en dicha corriente en la que se han desarrollado enfoques, teorías, mecanismos, tecnologías, capacitaciones y formaciones de maestros y maestras que van definiendo en gran medida los indicadores de calidad.  

También en lo administrativo han hecho presencia con fuerza todos los elementos modernos de organización, gestión, evaluación, etc. vinculados a lo sustantivo del proceso de aprendizaje.

Como educador siento con mucho agrado el despliegue científico que alimenta tanto lo técnico-pedagógico como lo técnico-administrativo.  En lo personal comparto acciones de formación relativas con ese despliegue científico, pero al aproximarse en la práctica, a la vida de los centros educativos y a la particularidad del aula de clase, siento que no se atiende con el mismo estímulo científico el área psicosocial, el conjunto humano, el desarrollo o dificulta, las relaciones humanas sanas y productivas, la imagen y la autoestima de los maestros y alumnos, la motivación que los empuja, el respeto que los acerca, la armonía que hace equipo, el liderazgo compartido, las necesidades materiales que carga.

Siento que no formamos a los maestros en estos aspectos esenciales y determinantes como lo hacemos en lo técnico-pedagógico y administrativo.  Más aún a veces consideramos los aspectos señalados como un supuesto natural que se desarrolla por generación espontánea, en la vida del magisterio.  No obstante, los maestros y maestras necesitan alimentar su interior de grandes valores humanos, éticos, sociales, de respeto, consideración, aceptación, afecto, cariño, atención a las necesidades, porque son ellos quiénes sacarán de su interior, de su personalidad toda esa riqueza que proyectada a los estudiantes, estos la van introduciendo en su personalidad en construcción. La mayoría de las veces uno encuentra esa proyección positiva, enriquecedora, contagiosa, desde los maestros y maestras hacia los estudiantes y padres y madres de familia, pero también uno encuentra en ocasiones, proyecciones negativas emanadas del interior de los maestros hacia el interior de estudiantes y padres de familia dejando en ellos sedimentos, de inconformidad, desarraigo, limitación y frustración en los aprendizajes en general.

Creo que es necesaria una mirada muy especial para nuestros maestros, su formación, su acompañamiento y el clima en el que desarrollan su trabajo porque necesitamos educadores socialmente comprometidos con el país que convierten las aulas y centros educativos en lugares de trabajo, participación, formación y producción.

Necesitamos educadores sólidamente formados, que entiendan que su misión primordial es estimular el aprendizaje y la formación humana y ciudadana de sus alumnos, y que el fracaso de los alumnos implica su propio fracaso.  

La educación fracasa no solo cuando los alumnos no adquieren las competencias esenciales, sino cuando no es capaz de transmitir a los alumnos la motivación y el interés por construir una Nicaragua más humanos, equitativa, justa y solidaria.

Necesitamos maestros y maestras, hombres y mujeres que conciben la educación como un proyecto ético, expertos en humanidad y ciudadanía, que encarnen estilos de vida, ideales, modos de realización humana que con su ejemplo y con su vida, que ayuden a ser.  Persona, orgullosas y felices de ser maestros, maestras que asumen su profesión como una tarea humanizadora, vivificante, creadora de vida.

Maestros identificados con la misión del centro educativo, que se aceptan y trabajan como miembros de un proyecto colectivo y comunicativo.  Maestros humanos, cercanos a los alumnos, gestores democráticos de la vida del aula, que promueven la creciente participación de todos. Tenemos muchos de esos maestros y maestras.  Pero siempre es bueno alimentar su interior, acompañarlos en su crecimiento.  Ellos necesitan cercanía y esperan que la formación de los maestros en las normales y demás acciones de formación miren a su interior con tanta competencia científica como se hace en lo técnico-pedagógico y administrativo.