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Con no poca frecuencia, hemos oído “No se aguanta la calor”. ¿Podría considerarse correcto este uso de “la calor”, si en los textos escritos y en la lengua cuidada se emplea “el calor”?

La Academia explica que el uso lo decide a veces el ámbito social o profesional o el dialecto; así, “la mar”, empleado en poesía, es también expresión de gentes de mar; por eso dicen: altamar, pleamar, y aunque casi no se emplea con el artículo (“la altamar”, “la pleamar”), el femenino es evidente, como en estas otras expresiones: “el mar inmenso”, “la mar salada”. El término calor tampoco debe confundirse con otros muchos nombres que tienen el doble uso masculino-femenino, pero cuyo cambio de género obedece a una variedad de la significación: el cometa (astro) y la cometa (papalote o barrilete); el contra (concepto opuesto o contrario) y la contra (contraveneno, movimiento contrarrevolucionario); el orden (concierto o disposición de las cosas) y la orden (mandato); el pendiente (arete) y la pendiente (cuesta o declive de un terreno); el tema (asunto o materia) y la tema (actitud arbitraria contra alguien). “La calor” en su uso femenino, normal en el español medieval y clásico, se considera hoy vulgar y debe evitarse. El femenino puede aparecer también en textos literarios, con finalidad arcaizante.

Ahora, abordemos el caso planteado en el título del trabajo. Si el artículo concuerda con el sustantivo en género y número, ¿podría considerarse incorrecto el empleo de la en el caso de “la avemaría”? En el uso corriente se oye y se lee “el avemaría”, “un avemaría”. ¿Se trata del artículo con los sustantivos ambiguos, que vacilan -en el uso corriente de la lengua- entre los dos géneros: el o la avemaría? Veamos las cosas con mayor detenimiento.

Como se sabe, el artículo determinado (el) e indeterminado (un) se emplea delante de sustantivos masculinos (el libro, un perro), y la o una ante sustantivos femeninos (la mesa, una vaca). Sin embargo, con los sustantivos femeninos que comienzan con a- acentuada, la forma del artículo es el o un: el/un agua, el/un hacha, el/un águila, el/un habla. Ahora bien, ¿podemos decir *el alta montaña, *un agria respuesta? Evidentemente, no. ¿Por qué? Porque el artículo (determinado o indeterminado) va seguido inmediatamente por un adjetivo. Por esa razón nadie dice *el alta sociedad, sino “la alta sociedad”.

Decimos “el habla”, pero “la enrevesada habla del pandillero”. Incluso, en los casos de elipsis, es decir, cuando se omite el sustantivo porque se sobreentiende: Es más peligrosa la marea baja que la alta (la marea alta). Planteémonos otra interrogante: ¿Podemos decir “la alta médica” cuando después de permanecer como pacientes salimos del hospital con un documento en el que el médico autoriza nuestra reincorporación a la vida ordinaria? Otra vez, no. ¿La razón? “Alta”, en este caso, no es un adjetivo sino un sustantivo femenino. Por eso se dice “dar el alta” cuando se declara curada a la persona que ha estado enferma.

Después de lo expresado, tenemos que referirnos a algunas excepciones consignadas en la Nueva Gramática de la Lengua Española. Por ejemplo, las palabras que nombran las letras del abecedario latino: “Escriba la a”; “Incluya una hache”. Otra excepción es la que se refiere a nombres de persona y apellidos que designan mujeres, como en: “Ella es la Ángela de la que te hablé”; “No te olvides que ella es una Álvarez”. También los nombres propios de empresas y compañías comerciales: la Alfa Romeo (el Alfa Romeo es un vehículo), y siglas y acrónimos: la ALMA (Alcaldía de Managua). Igualmente, la primera letra del alfabeto griego: la alfa. (En cambio, cuando adquiere el sentido metafórico de ‘principio y fin’, funciona como sustantivo masculino, a menudo dentro de la expresión el alfa u origen: ”Para nosotros los cristianos Jesucristo es el alfa y el omega: el principio u origen”.) Una última excepción es la que se refiere a los sustantivos comunes en cuanto al género que empiezan por a acentuada: si es hombre diremos “Aquél es el árabe”, si es mujer diremos: “Ella es una árabe”. Lo mismo podemos decir de ágrafo (“poco dado a escribir”): “Juan es un ágrafo”; “Ella es la ágrafa”. Tampoco debe extrañarnos el uso de “la/una árbitra” para referirnos a la persona (mujer, en este caso) encargada de decidir y solucionar un conflicto entre distintas partes’ y ‘profesional que vela por el cumplimiento del reglamento en un encuentro deportivo’. Por ejemplo: “Nicaragua tiene, por primera vez, una árbitra en las competencias atléticas”.

No debemos obviar las vacilaciones entre las dos variantes en los casos que vamos a ver. Primero, con el artículo indeterminado, como en “No hay un/una alma en esta plaza”. Aunque la lengua formal prefiere en la actualidad la variante un: “María es un alma sencilla y sincera”. Segundo, en los topónimos se emplea la variante el (o un) con los nombres de continentes: “Estuve en el África”, “Me interesa conocer el Asia islámica”. El uso mayoritario ha impuesto la (o una) en los países, regiones y ciudades: “La Inglaterra y la Francia se unieron en el conflicto bélico”. Sin embargo, hay casos en los que el artículo varía según el país: la Argentina, el Uruguay, el Paraguay, el Perú, el Ecuador, el Brasil, la India, el Congo y los Estados Unidos.

Tercero, en los sustantivos derivados y compuestos donde la a originariamente acentuada (como ala, agua, ave) deja de serlo, porque el acento se traslada a otra vocal (como la alita, la aguachacha, la avemaría.

Respecto a avemaría, la plegaria que comienza en latín con las palabras ave María, que empleó el arcángel en su salutación a la Virgen, es un sustantivo femenino: “la/una avemaría”. ¿Por qué se oye, entonces, en forma normal y admisible “el/un avemaría”? El Diccionario panhispánico de dudas (DPD) nos explica que antes se usaba frecuentemente la grafía en dos palabras ave maría. Con todo, el DPD recomienda el uso gramaticalmente más correcto en femenino (singular y plural): “la avemaría, las avemarías”; “una avemaría, unas avemarías”. Nunca debe decirse *los avemarías, *unos avemarías. En el caso de la obra musical de Schubert, debe escribirse en dos palabras, con el artículo en masculino y con mayúscula inicial: “Escuché el ‘Ave María’ de Schubert”. También se escribe en dos palabras la expresión interjectiva que denota asombro o extrañeza ¡Ave María! empleada a veces con el adjetivo Purísima: ¡Ave María Purísima! Lo mismo que la fórmula introductoria del sacramento católico de la confesión: “- Ave María Purísima  - Sin pecado concebida. – Padre, hace dos días que no me confieso”.

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