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La agresión es un componente importante dentro de la construcción de la personalidad de la humanidad, de hombres y mujeres.

La agresión en los inicios, el instinto de sobrevivencia y la defensa fueron y han sido desde los inicios de la vida humana parte de las estrategias para poder enfrentar y afrontar las realidades críticas y las situaciones límite a las que de una u otra forma se ve inmerso el hombre y la mujer.

En la infancia, en los primeros años se enseña de manera diferenciada el manejo de las emociones, diferencia que se marca por las connotaciones asignadas al sexo biológico, lo que culturalmente se construye en forma de género, de asignaciones sociales y de expectativas hacia los cuerpos, hacia las mentes y hacia la parte emocional de hombres y mujeres, de niños y niñas, de la manifestación de sus personalidades.

Esto a nivel simplista se manifiesta en la emotividad y afectividad castrada en los niños, y en el silenciamiento de las frustraciones y el enojo de las niñas debido a que se ve feo una niña gritando o reclamando. Por su lado, el niño varón es castrado emocionalmente para entonces construirse desde la anhelada fuerza masculina, desde la poca emotividad asignada culturalmente a su sexo.

En la niñez el niño y la niña experimentan de diferentes formas en distintas etapas de su crecimiento y desarrollo, etapas de frustración, conflictos internos, agresión hacia los adultos, sus juguetes, el espacio; esto se debe a las constantes transiciones entre autonomía y dependencia.

Sumado a este conglomerado de retos en la vida de niños y niñas, se suman las frustraciones y los conflictos de quienes son responsables de su crianza, madre, padre, abuela, tíos, hermanos mayores.

Cada uno y una de estos protagonistas en la vida de los niños y niñas afectan e inyectan parte de estímulos positivos o negativos, los cuales se insertan de manera importante en la vida de los infantes.

Los adultos, muchas veces son adultos por la edad cronológica, o por las actividades asignadas a la edad adulta, trabajar, tener una pareja, tener una personalidad formada. Lamentablemente muchas veces la edad cronológica no asegura que estos adultos y adultas hayan superado las etapas básicas del desarrollo con éxito y que hayan trascendido de la frustración al trato consciente y responsable de las emociones propias y de la comunicación asertiva de necesidades.

¿Qué encontramos? Madres, padres, tutores, abuelos y abuelas que mantienen en sus vidas cotidianas las frustraciones pasadas, los conflictos eternos de sus vidas, decepciones, enojo contenido por años (sobre todo las mujeres) y agresión guarda y permanente (hombres) lo cual de por sí marca un ambiente no positivo para un niño o niña en procesos de desarrollo y aprendizaje.

La agresión puede ser positiva cuando pasa por un proceso de reconocimiento del porqué, luego por una asimilación, una toma de conciencia de ese sentimiento o emoción, y posteriormente se hace algo al respecto.

El gran problema de discapacidad emocional que se presenta a nivel social, familiar, de pareja, personal es la imposibilidad de reconocer que es lo que se siente, el por qué se siente eso, y cómo se sale entonces de esa situación, cómo se supera.

Lo que se suele presentar es una descarga constante de enojo, de conductas pasivo-agresivas, de agresiones sin explicación, de pérdida temporal de conciencia, de gritos, de abuso y de violencia. Cuando en un entorno familiar, de pareja, social estos son los elementos cotidianos y se han asumido como parte del vivir, del estar juntos; se ha institucionalizado la agresión negativa y la violencia como la única manera de hacerse escuchar, de retomar el control de las situaciones o de la vida, de dialogar, y de convivir.

Esta construcción cultural y simbólica lo que provoca en las personalidades es una atrofiación de la capacidad afectiva positiva, pues el afecto, el amor y la comunicación se hacen a través de los encuentros agresivos, de los golpes, de las amenazas, de los gritos, de la intolerancia, de la burla, de la incomprensión. Estrategias a su vez aprendidas por los niños y niñas; sembrando en sus identidades al mismo tiempo, el miedo, la ansiedad, la angustia y la rabia.

Estas realidades afectan los sistemas, la violencia social afecta a la familia, a la persona. La violencia que ejerce la  madre sobre el hijo o hija afecta el desarrollo y la afectividad del niño o niña y marca su personalidad que a futuro utilizará los patrones de funcionamiento aprendidos que han sido validados a nivel familiar, comunitario y social.

Niños y niñas están inmersos en su vida cotidiana en descargas constantes de violencia y agresión, justificada porque está institucionalizada a nivel social, por parte de las personas, hombre y mujeres, encargados de su “cuido” de su “protección y seguridad”.

Lamentablemente son palabras que pasan por la manipulación y los puntos ciegos que esos adultos y adultas poseen en sus vidas, que no han sido reconocidos, trabajados ni mucho menos superados.
El trabajo y reconocimiento de las emociones, de las frustraciones, de la agresión interna es vital, de lo contrario la convivencia se convierte en algo hostil, incómodo e intolerable, que afecta la salud (emocional, física y mental) de todos y todas. El asunto es que en el día a día no se piensa más que en la satisfacción de lo básico, comer y dormir. Hay que empezar a darle el lugar que se merece al aspecto emocional, sobre todo porque cuando es tomado en cuenta, cuando no es reconocido, el cuerpo se encarga de hacer recordatorios, de activar el sistema de alarma que todos y todas tienen en sus cuerpos, en sus mentes. Es una tarea personal, familiar, comunitaria, social, y de país.

Este proceso de trabajo emocional es necesario  para la vida misma a nivel personal, pero a su vez es vital debido a que cuando se está cuidando a otros, en este caso niños y niñas, los estímulos que se transmiten a estos y estas afectan de una u otra manera sus vidas. El tema aquí es que las personas que están a cargo de estas vidas no se dan cuenta de la influencia y del peso de cada cosa que le dicen a los niños y niñas, del efecto de cada ofensa, de cada pellizco, de cada golpe, de cada amenaza a lo interno de la casa o en lo público, y de los discursos abusivos que utilizan denigrando de esta forma las vidas de niños y niñas, que a temprana edad aprenden a contener la agresión, a liberarla con otros y otras, a mentir, a ocultar, a vengarse, a guardar resentimiento.

Cuando esto ocurre en la vida y cuerpos de niños y niñas, la marca de la agresión y del abuso está hecha, pero no todo está perdido porque el trabajo emocional y de la afectividad se puede retomar a cualquier edad, en cualquier momento de la vida, depende de la decisión personal, de la voluntad de hacerlo, de optar por tener una vida diferente, una vida mejor.

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