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Como sobrevivientes de abuso sexual infantil, vivimos en un infierno y queremos sanar. Muchas de nosotras necesitamos terapia y nos causa mucho dolor el camino hacia la recuperación. Pero, ¿qué es sanar?

Cuando estamos en medio del caos que es nuestra vida, no tenemos idea de qué es sanar; lo único que pensamos es que nuestra vida es horrible, caótica, que vivimos en un infierno y no creemos bajo ninguna circunstancia que nuestra vida puede ser diferente, que puede cambiar, que podemos vivir tranquilas, felices, tener una vida estable que merezca la pena ser vivida.

¿Qué es la recuperación? ¿Qué podemos esperar de un proceso de recuperación? ¿Cómo sabremos que hemos sanado? ...Para empezar la recuperación no es algo que ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso arduo que implica el deseo y el compromiso constante de sanar. En tanto no sanemos, los efectos del abuso seguirán haciéndonos daño y se seguirán sumando a la larga lista de pendientes a sanar cuando nos decidamos a comenzar el viaje hacia la plenitud.

Mi caso no fue extraordinario. No creía que hubiera otra cosa. Simplemente así era mi vida. La eterna sensación de “hay algo mal en mí” y el constante meterme en situaciones dañinas que cada vez me hacían más difícil la existencia y me llevaban a cuestionarme una y otra vez “¿por qué tiene que ser así?”, “ya no aguanto más”, “no vale la pena vivir”, “quisiera estar muerta”… y en una de tantas crisis en medio de una discusión con mi agresor, con quien convivía diariamente y a quien “le debía respeto”, de pronto mi voz cambió. Desconocí las palabras que salían de mi boca; una niña había tomado la palabra y le reclamaba “me tocaste…”. Yo me escuchaba y no me reconocía, ni tampoco los hechos que narraba… Él, de pie frente a mí, simplemente dijo: “Sí, y ¿qué? Soy tu padre y es mi derecho”.

¡Creí volverme loca! ...Así fue como llegué a la primera terapia. Simplemente estaba desesperada, mi vida no tenía sentido y quería morir a cada instante. Mi familia se dividió para siempre. Aun con la afirmación de mi agresor, no sabía exactamente qué fue lo que me pasó pero empecé a sanar con lo que tuve a mano. Fueron 10 años de terapia, durante un par de los cuales tomé antidepresivos (no de muy buen grado). Leí cientos de libros sobre el tema, hice miles de ejercicios escritos, trabajé en grupo e individualmente, caí una y otra vez en crisis y sentí muchas veces que iba como los cangrejos para atrás, pero nunca desistí, seguí hasta que finalmente empecé a ver la luz.

¡No era magia! No se trató de un cambio dramático. A veces estaba irritable a más no poder, otras estaba totalmente devastada. La depresión era un estado habitual. Derramaba lágrimas a la menor provocación. ¿Dónde estaba esa sonrisa que todos recordaban de mí? A las personas les gustaba más antes cuando me resultaba fácil fingir que mi vida era perfecta y no ahora cuando no podía disimular que todo había estado mal por años.

Paradójicamente ahora que no sonreía, era cuando iba por mejor camino. El de la recuperación.

Empecé a tener una vida que me gustaba más; a seleccionar mejor a mis parejas y a mis amistades, aprendí a decir no, a no permitir lo que no quería permitir, a poner límites, a respetarme y a hacerme respetar, a validarme, a aceptarme. No fue precisamente decir un día “ya sané” ni tampoco recibir un diploma de graduación de la terapia. Fue un gradual irme sintiendo mejor e ir teniendo herramientas y habilidades que me permitieran hacer mejores elecciones y poner fin a situaciones que de algún modo no eran favorables para mí. Y eso invariablemente me ha llevado a sentirme bien con mi vida y con mis elecciones. No soy perfecta, no es que ya no me lastime nada, no es que sea rabiosamente feliz. Es que si algo no funciona lo arreglo, si algo funciona lo disfruto, si quiero algo sé que puedo, que me lo merezco y voy por ello.

La recuperación no significó olvidar el abuso, ni siquiera perdonar al agresor. No creo que sea necesario perdonar. Pero sí significó que me dejara de doler, que dejara de pensar en el abuso a todas horas, que dejara de sentirme “rara, diferente, mala o que algo anda mal conmigo”, que dejara de sentirme víctima. Que condenara toda mi vida al fracaso y a la autodestrucción por algo que alguien me hizo hace muchos años.

La recuperación fue aprender a poner límites y a hacer elecciones, a quererme y a partir de ahí a querer a otros, a confiar en mí primero que nadie y luego a confiar en otros; a disfrutar sin sentirme culpable; a tomar el control de mi vida en mi beneficio.

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Movimiento contra el Abuso Sexual-Nicaragua
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