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“A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque
el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”.
Miguel de Unamuno

El dictador libio, sin defender hasta la muerte ninguna posición, huye con su familia de su bastión destruido. Y desde un nuevo escondite, por medio de la cadena de satélite Arrai, basada en Siria, llama a la población civil a combatir en su nombre para recuperar Tripoli. No se pone al frente de ninguna unidad de combate, ya que, en el campo de la resistencia militar es, también, un guía inmaterial, parasitario.

Gadafi ha sido derribado por una rebelión políticamente desordenada. Su esposa y tres de sus hijos cruzaron este lunes la frontera de Argelia, en una muestra clara que no son más parte del presente de Libia, y que con su asilo, desmienten, de hecho, la lastimera ilusión de Gadafi, que desde su escondite solitario asegura que recuperará el poder.

Probablemente, en el futuro, se podrá hablar del síndrome Gadafi, para explicar la compulsión psicológica de alguien que pretende, a cualquier precio, incluso irracional, figurar al centro del destino de un país.

Los insurgentes han sido armados y dirigidos militarmente por tropas de la OTAN. Más propiamente, comandos de la organización se infiltraron a escondidas en el terreno de combate, en una intervención directa, que sin duda alguna va más allá de la protección humanitaria autorizada por una resolución eufemística del Consejo de Seguridad de la ONU.

La supremacía militar de Gadafi fue neutralizada, de manera decisiva, por los bombardeos precisos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, contra la artillería, los carros de combate, las baterías de misiles y los radares de Gadafi (que tanto Rusia como los países de Europa mediterránea vendieran antes, a buen precio, a Gadafi); y por los asaltos finales, ejecutados por fuerzas de comandos de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Egipto e Italia, insertos, sin uniformes ni banderas propias, dentro de las milicias rebeldes, para tomar los bunkers y los reductos más emblemáticos del régimen absolutista.

La acción militar más decisiva, para ponerle fin a una era de opresión, en Libia, ha sido la toma del complejo de Bab al-Aziziyaheje, cuartel general de Gadafi, con sótanos de hierro y de hormigón, capaces de resistir las bombas de penetración guiadas por láser paveway (la cazadora de bunkers); llenos de víveres, para resistir varios meses; que comunican por medio de túneles con la red de tuberías de 4,500 kilómetros, que transportan el agua fósil desde los acuíferos de Piedra arenisca de Nubia (reservorio subterráneo de agua potable formado en la edad del hielo, con más de 40 mil años de existencia).

Sin embargo, la eficacia de las tropas europeas, no es por su entrenamiento ni por la tecnología de punta que disponen, sino, porque las fuerzas nacionales, capaces de renacer al infinito ante una invasión extranjera, en una resistencia sin fin, omnipresente y firme, apuntan en esta ocasión hacia el mismo enemigo, contra el gobierno absolutista de Gadafi.

En otros términos, la OTAN no enfrenta una guerra del pueblo, sino, a un ejército de mercenarios, y goza entre la población libia, en esta transición, de cierta aureola libertaria que les permite confundirse en el terreno, como amigos.

No obstante, antes incluso de conseguir la captura de Gadafi y la disolución completa del Estado libio, los comandos europeos -como era de esperar- se vuelven en sentido contrario, y buscan desarmar con maña a las milicias de combatientes nacionalistas, para evitar que se conviertan en alternativa de poder, y que decidan libremente el destino de su país. Este giro colonialista de la OTAN, para imponer a su gusto al gobierno de transición en la era post-Gadafi, es propio de su naturaleza imperial.

Aún hay francotiradores en el este de Tripoli, en los distritos de Abu Salim y Salahedin, y cierta resistencia favorable a Gadafi en Sabha, en el sur del país, en Bin Jawad y en Sirte (ciudad de 75 mil habitantes, ubicada en el desierto, a 360 kilómetros de Tripoli, en la costa sur del golfo de Sidra, lugar natal de Gadafi, a medio camino entre Tripoli y Bengasi).

Reconquistada meses atrás por las tropas del dictador, es sometida, actualmente, al bombardeo de sus bunkers por la OTAN, con los aviones Tornados, GR4S, del 22 regimiento aéreo inglés. No obstante, ¿cómo podrá remontar la derrota quien no ha mostrado ninguna habilidad para dirigir y combatir con tácticas de guerrilla cuando estaba en posesión de fuerzas armadas con cierta estructura jerárquica, ahora que, en desbandada familiar, en lugar de una causa nacional, tiene como mezquino objetivo de lucha la reconquista de su poder personal?

La fuerza de paz de la ONU intenta que se reinicie la producción de petróleo y de gas, para abastecer a Europa con estas materias primas estratégicas, bajo los términos de los contratos comerciales negociados de forma corrupta con Gadafi. La ENI, de Italia, adelantándosele a Francia, ha firmado en Bengasi, el 29 de agosto, un acuerdo con el CNT, para reiniciar la producción de petróleo, y para  poner en marcha el gasoducto de Greenstream que une Libia a Italia (con el cual, se abastece el 10 % del consumo italiano de gas). Para ello, las transnacionales pretenden desarmar de inmediato a la población libia, reconocer al gobierno fantoche, y formar una policía obediente a los dictados de los inversionistas europeos.

Lo fundamental, en la era post-Gadafi, es que los insurgentes conserven las armas y se conviertan en alternativa de poder, al controlar el caos. Que formen un Concejo de milicianos armados, para que se nombre a un gobierno provisional con miembros de su propio seno, que desconozca todos los acuerdos del gobierno de Gadafi; reclame la devolución de los fondos libios congelados en los países occidentales; y busque el reconocimiento diplomático de China, Rusia y Brasil (potencias que se oponen a los planes de saqueo de la OTAN); mientras convoca a una Constituyente, con delegados de las distintas tribus que participaron activamente en el derrocamiento de Gadafi.

*Ingeniero Eléctrico