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Como todos sabemos, cada proceso electoral consta de un calendario que establece diferentes momentos o etapas. Ya lo señalaba el Presidente Ortega en su comparecencia del 19 de agosto, cuando decía que el pueblo nicaragüense entraba el día 20 al inicio de la última etapa del calendario, como es la Campaña Electoral, la que incluye, claro está, las trascendentales votaciones del 6 de noviembre del presente año. Esto también lo sabemos.

En esa misma presentación Daniel igualmente señalaba el ambiente de paz que hoy nos cubre a todos sin distinciones, gracias al Frente Sandinista, elemento vital que nos permite avanzar en el actuar de nuestra vida cotidiana, y en la gestión --ya sin traumas-- de estos procesos eleccionarios, los que en el pasado siempre fueron dolorosos por la ausencia del pueblo que hoy, reivindicado en sus derechos soberanos, aumenta su participación en cada una de estas acciones, además haciéndolo con absoluta confianza porque ahora él es el gran artífice de su historia y dueño de su propio destino. Esto Daniel allí también lo señalaba
Pero… ¿estamos claros y entendemos a profundidad lo que vamos a elegir este 6 de noviembre?... ¡Indudablemente que sí! Al menos el sandinismo sí lo entiende a plenitud. Sin embargo, creo que no está demás tenerlo presente al instante. Porque adicional al trabajo arduo que debemos realizar para conquistar el triunfo electoral; en lo formal, los sandinistas y el pueblo que somos uno y a la vez todos, debemos estar más que seguros de notar la trascendencia de estas elecciones, pues no son unas elecciones cualquiera, ya que aquí no se trata de elegir solo personas sino ofertas de vida: Un luminoso proyecto nuevo frente a una opaca propuesta vieja.

Esta opaca propuesta vieja, oxidada por la falacia, la ingratitud y el egoísmo, es la que la derecha en sus eternas promesas electorales –-que son cínicas-- oferta, es lo mismo de siempre, cumpliendo solamente con la voluntad de ser cada día más ciervos de países que pretenden seguir esclavizándonos, sin rédito ni bienestar para las mayorías empobrecidas por ellos mismos, a través de toda nuestra vida republicana.

Pero por el otro lado está la nuestra: La Sandinista. El luminoso proyecto nuevo.  Ese de la voluntad férrea y la acción de una nueva realidad en pleno desarrollo. Con una visión cristiana, socialista y solidaria, y donde el candidato que es el pueblo mismo, en su haber no acarrea promesas falsas, solamente el sacrificio que ha sido su estandarte para servirle al pueblo todos los días; sin ambages y amor convertido en entrega al servicio desinteresado que nos legaron aquellos héroes sandinistas que fueron los que empezaron todo este proceso; toda esta historia, cuando en la época de la lucha armada el Frente Sandinista en su Propuesta Insurreccional incluyente, escogió a todito este pueblo para convertirlo en sujeto y combatiente de sus propias victorias. Luchando y derrotando en el pasado a esas mismas promesas que ya eran viejas y oxidadas, y que hoy en un afán delirante pretenden resucitar de forma primitivamente arrogante, como ha sido su costumbre desde siempre.

Pero debo insistir en la diferencia abismal de estas dos visiones de propuestas, ya que nosotros vamos y vemos la campaña de otra manera, con otros ojos y otras intenciones.

La campaña del Frente Sandinista es activa y se renueva en su dinámica de permanente comunicación. Escuchando las demandas de nuestro pueblo que también es el candidato que se compromete consigo mismo para cumplir. En una campaña que oye y recoge sus planteamientos y está viva en la simbiosis pueblo-candidato y que lo vemos representado en Daniel Ortega, porque también él es candidato que cumple consigo mismo porque es pueblo y voluntad popular. Ah, pero hay algo más en todo este esfuerzo histórico: La realidad de que estamos unidos por el bien común y cambiando a Nicaragua con amor, decisión y sin trinquetes, pues ya no estamos como estábamos ni somos lo que fuimos, y no sesgaremos jamás de seguir para adelante con el Frente y Daniel a la cabeza.