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Hace unos años en Estados Unidos se dio un debate sobre los efectos sociales de la automatización de los procesos productivos. Se advirtió de los peligros que conlleva en  el futuro de la economía y se llamó a un diálogo nacional sobre el asunto. Se argumentó  que las tecnologías cibernéticas forzaban un cambio en la relación entre ingreso y  trabajo. El presidente Kennedy y el Congreso fueron conminados a garantizar a cada  ciudadano, como asunto de derecho, un ingreso adecuado. Kennedy decidió establecer  una Comisión Nacional sobre Automatización, que se formó ya siendo presidente  Lindon Johnson.

La Comisión decidió adoptar un curso de acción intermedio entre quienes sostenían que  la revolución cibernética requería una respuesta gubernamental y los empresarios que  sostenían que el desplazamiento de la mano de obra por la tecnología era un resultado  normal del progreso económico y que esa mano de obra sería absorbida por una  economía robusta. Un punto de vista extremo era que el mundo estaba al borde de un  exceso de productividad que sería suficiente para hacer obsoletas tanto las instituciones  económicas como la noción de empleo remunerado. En el otro extremo se negó la  existencia de serios problemas económicos y sociales relacionados con el impacto del  cambio tecnológico.

Aunque la Comisión intentó tomar distancia entre unos y otros y establecer un enfoque  centrista, muchos de sus hallazgos reforzaron las conclusiones del primer grupo. Por  ejemplo decían hay ahora 700 mil empleos fabriles menos que al final de la Guerra de  Corea.

Pero al final la comisión argumentó que la tecnología reducía el número de empleos, pero no el trabajo.

Si la economía produce trabajo sin trabajadores, como ambos lados sugieren, entonces se vuelve necesaria la intervención gubernamental para proveer una fuente de ingreso,  de poder de compra, al creciente número de trabajadores desplazados por la tecnología.  Al final se concluyó que el desplazamiento tecnológico era una condición necesaria y  temporal engendrada por el progreso.

La capitulación de los líderes obreros contribuyó a que se apagara el debate. El movimiento obrero dejó el asunto en manos de las administraciones empresariales, en detrimento de los trabajadores.  Tomó la decisión calculada de empujar por la re- capacitación, en la creencia de que si bien un gran número de puestos de trabajo no  calificados serían eliminados por las nuevas tecnologías computarizadas, el número de  puestos calificados y técnicos se aumentarían. Al abandonar el control sobre la  tecnología a favor de la re-capacitación, los sindicatos perdieron una buena parte de su  poder de negociación. Si el tema se hubiese mantenido como una fuerte prioridad, los  trabajadores podrían haber negociado contratos colectivos que les asegurasen  participación en las enormes ganancias derivadas de la alta productividad de la  automatización. Los sindicatos sobreestimaron mucho el número de puestos de trabajo  calificado que se crearían con las nuevas tecnologías perdiendo membresía e influencia.  Solo hubo un caso excepcional. El Sindicato Internacional de Tipógrafos logró  mantener el control tecnológico en los diarios de Nueva York durante varios años,  aunque después fue culpado de la quiebra de los diarios más pequeños y cedió ante la  administración la introducción de nuevas tecnologías. Como consecuencia los  trabajadores de cuello azul casi desaparecieron. Su rol en la economía yanqui se tornó  insignificante.

Nos viene a la memoria una frase del Prólogo de La Contribución a la Crítica de la Economía Política de Marx: En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes. Esas relaciones se transforman de formas del desarrollo de las  fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social.