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La semana anterior  una dama desplegó en Nicaragua la limpia bandera de su causa. Sus palabras se oyeron sentidas, su reclamo justo, su verdad sin mácula: es la madre que no solo reclama a su hijo preso, René González,  condenado injustamente en los Estados Unidos, sino que incluye a cuatro ciudadanos más de la República de Cuba.

Irma Sehwerert defendía el derecho a la libertad de su hijo, y aunque saldrá de la Penitenciaría en octubre, su corazón no gozará de la tranquilidad hasta ver a los cuatro restantes fuera de las cárceles.

La solicitud del Estado antillano se ha hecho mundial, y personalidades como los estadounidenses Alice Walker, escritora, Danny Glover, actor, y Noam Chomsky, profesor y filósofo, se han unido a esta demanda. Por supuesto, ninguno de ellos se solidarizaría con personajes que implicaran algún tipo de riesgo para sus compatriotas.

Los nombres de Los Cinco ondean como estandartes: René González, Gerardo Hernández, Antonio Guerrero, Ramón Labañino y Fernando González. Todos ellos, profesionales ---ingeniero, economista, piloto, artista, diplomático---, están  condenados desde 2001. Su delito fue advertir primero al FBI y a Cuba sobre diversos planes terroristas fraguados por extremistas en el sur de la Florida.

Cuba nunca fue un Estado terrorista que promoviera acciones que pusieran en peligro la vida de personas inocentes. Los socialistas latinoamericanos, y en especial los cubanos, nunca ejecutaron ataques irracionales como ocurre con perturbados fanáticos o sicarios de los cárteles en el México actual.

Nunca se habló del protocolo de un revolucionario, pero por los hechos podemos inferir conclusiones inobjetables: la permanencia del Che Guevara en Bolivia, a mediano de los años 60 del siglo XX,  nunca significó un peligro para la ciudadanía. No se registraron explosiones, coches bombas o guerrilleros forrados de dinamitas para inmolarse en buses de transporte colectivo.

La ética del revolucionario que observaron los combatientes del Frente Sandinista de Nicaragua en su lucha contra la dictadura de Somoza, algunos de ellos entrenados en la Isla, no derivaron en orgías de sangre contra supermercados atestados de gente, escuelas o simples transeúntes, mucho menos voladuras de aviones, al estilo de Luis Posada Carriles.

La Habana nunca apoyó, por ejemplo, a la banda asesina de Abimael Guzmán en Perú, conocida como “Sendero Luminoso”. Sin embargo, este lenguaje de respeto a la dignidad humana demostrado por Cuba no fue pagado de la misma forma. El Estado cubano no usó el terror como medio para causar conmociones políticas, y a pesar de esta limpia actitud, fue blanco de una serie de atentados en los años 90, en la que se vio involucrado  el citado Posada Carriles.

Es comprensible que el gobierno buscara información para evitar estos bombazos que incluso le costaron la vida a un turista italiano, además de cuantiosos daños materiales. Los terroristas querían provocar una estampida de los visitantes, toda vez que el turismo es uno de los rubros más solventes de la agredida economía cubana.

Los Cinco, por la misma tradición de la Revolución Cubana, nunca pudieron poner en peligro a ningún ciudadano de los Estados Unidos. Al contrario, los procedimientos del gobierno en el exterior son pacíficos, lo cual se ha visto en diversos foros, en grupos de amigos, de solidaridad, en campañas de información, pero nunca ha implicado el financiamiento de algún selecto equipo del terror para volar puentes o causar un  derramamiento de sangre en un sitio público.

Los Estados Unidos, o mejor dicho, la misma Miami habanera, nunca han sufrido de atentados que tuvieran la contra firma de un Posada Carriles “de Izquierda”.  Salvar vidas, evitando acciones terroristas, es un acto de soberana justicia que merece el reconocimiento, no el castigo  calculado para agradar a esa minoría hepática de cubanos que llegó a la  depurada perfección de su odio, al abominar de los cantos al amor y a Cuba --- sobre todo a Yolanda—  del gran maestro Pablo Milanés.