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Volvamos a decirlo. México no es sólo de los mexicanos. México es nuestro. Quién no tiene un recuerdo, un amigo, una parte de la sangre, un familiar que huyó allá como único refugio a perseguidos. Quién no ha tenido un sueño en México, o se ha sentido hermanado con México, quién no ha cantado a México o se ha imaginado a México, quién no ha tenido allí un amor, de verdad o de película, o de libro. Quién no lo tiene como un referente de lengua y una cultura propias; quién no ha estudiado o simplemente paseado México. Quien no tiene con México una promesa o un viaje incumplido.Por cualquiera de estas cosas, por una sola o por varias, o por todas juntas, México es nuestro. Que los nacionalistas patrioteros vengan con sus pasaportes y banderas a poner la frontera en medio de un amor, a ver qué resiste más la violencia o el paso del tiempo.

Las víctimas del casino de Monterrey no son una excepción a la barbarie cotidiana que se ha apoderado de un país que vive realidades e irrealidades paralelas. Las palabras de todos los responsables que tendrían que velar por la seguridad de sus ciudadanos han calificado el hecho de “inadmisible”, “intolerable”, y todas las palabras que empiezan por el mismo prefijo –in- y que se pronuncian altisonantes, como las que dice el  presidente Calderón sin que nunca se le arrugue la frente. Acto seguido a la matanza, más policía, más ejército, y más muertos desfilarán por Monterrey.

La pregunta es: ¿No es hora ya de que México reconozca que no puede controlar a los narcos y sus sicarios? Se necesita más ayuda que la dolarizada hipocresía que le llueve de Estados Unidos, país que contempla cómo los mexicanos se matan entre sí, mientras que a ellos les sigue llegando el producto.

Todos sabemos y esperemos que la solución llegará un día: la legalización mundial del  tráfico de marihuana  primero, y luego de cocaína.  Quien quiera envenenarse que  lo haga, igual que ocurre con el alcohol y otras sustancias. No son necesarios tantos muertos para tratar de evitar que alguien se drogue, pues acabará por hacerlo si lo quiere, con muertos o sin ellos.

Las cifras de las víctimas (se estima que llegan a 40.000) durante los cinco años de  mandato del gobierno de Calderón empiezan a acercarse a  las cifras de muertos por un conflicto civil como el que hubo en Nicaragua durante diez años (más de 50.000). Sin embargo el esfuerzo internacional para detener o mitigar la sangría que vive México es muy débil. Y México tampoco pide ayuda. Me pregunto qué hay detrás de todo eso: ¿intereses económicos? ¿Orgullo patriotero? Un policía mexicano que había luchado contra el narcotráfico durante décadas, logró jubilarse con vida el pasado año y declaró contundentemente que, después de tanto tiempo, estaba claro que “la guerra contra el narco nunca podrán ganarla”.

De las grabaciones que se conservan de Pablo Escobar, el famoso capo colombiano, hay  una en la que revela el método que aplican hoy sus herederos mexicanos. “Hay que crear el caos”, les decía a los suyos, “hay que meterles bala” para que cuando vean que no hay otra salida, “nos llamen al diálogo y platiquemos”.

Cadáveres decapitados, calcinados, descuartizados, colgados de los puentes con  amenazas grabadas a punzón sobre sus cuerpos, violaciones, celebraciones pseudo religiosas y ceremonias iniciáticas para el crimen, orgías de sangre, regusto macabro y morboso en el dolor, regado con tequila y música de corridos que encima lo bendicen. Nunca faltaron canciones para acompañar las masacres.       

No estoy exagerando, es la violencia con la que actúan los sicarios de los narcos,  muchachos, buenos hijos, malos hijos, todos hijos de sus madres; muchachos que estudiaron, que no estudiaron; que van a la iglesia, o que no van a la iglesia; muchachos y no tan muchachos. Son miles, decenas de miles de personas al servicio de los narcos capaces de hacer “cualquier cosa” por un poco de dinero,  o por una parte algo más cuantiosa de los restos del pastel. Cada uno carga con su grado de responsabilidad, cada uno con su grado de oscuro silencio. El capo es uno más, no lo olvidemos.

Entonces, volvamos a decirlo, no es el narco el único problema. El narco sólo vino a  destapar antiguas violencias, males más viejos. El germen estaba ahí, en alguna parte que aún no hemos detectado, o que no queremos detectar. Qué largo camino para llegar a ese grado de saña y maldad. Es difícil asegurarlo, pero si le damos vuelta al reloj de arena de la vida de un hombre que se convierte en sicario, podríamos oír mientras se desplaza la arena frases sueltas resonando en la memoria del niño, del joven. Son el viejo lamento con que se alimentan día a día nuestro niños, en una educación que identifica la hombría con la violencia (“usted no llore como marica, pórtese como macho mihijo”), frases que ocultan lo que ocultan dentro de las casas, manos violentas de hombres que caen sobre hijos, hijastros, sobrinos, vecinos, y silencios cómplices de mujeres muertas de miedo, o frases de los que hablan a gritos. Podríamos ver también las mismas imágenes que nos son tan familiares, insultos de desigualdad sangrante como paisaje cotidiano, leyes que consienten al violador y ofenden a la violada; prácticas religiosas superficiales de palabras y golpes de pecho; rencores y viejos complejos. Como resultado, más violencia, dentro de nosotros, a la espera, agazapada, esperando a que un narco o quien sea que tenga la plata nos compre por nada.

Es cierto, México nos da miedo, horror. Porque es una parte de nosotros, nuestro espejo.  Y es cierto también que aún guarda su energía, su enorme vocación por la vida que a todos nos ha enamorado alguna vez. México son muchos méxicos que, cuando suenan las balas, no se miran a los ojos. Hará falta más ayuda de afuera. La gente sale a gritar en el DF, pidiendo que acabe la violencia. Gritos en el desierto poblado del DF. Hará falta más gritos, es decir, que mucha más gente rompa su silencio y se la juegue. Volveremos a decirlo: con lo bueno y con lo malo, México es nuestro. Y se nos está muriendo.
sanchomas@gmail.com