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Tres intentos de novela emprendió sin éxito Rubén Darío en el siglo XIX. Emelina (1887), la primera, no la concibió él, sino un amigo y periodista chileno; de manera que compartió su autoría y contribuyó a su redacción para presentarla en un concurso de Valparaíso, recién llegado a esa ciudad-puerto a sus 19 años. Las otras tres pertenecen al fecundo periodo argentino (1893-98), pero no pudo acometerlas como lo hubiera deseado porque Rubén, en el fondo, albergaba a un novelista. Sin embargo, diversas circunstancias literarias y extraliterarias le negaron ese destino.
Emelina y el aporte de Rubén

En un ejemplar de su primera edición, Rubén redactó la siguiente dedicatoria: “A un buen amigo, esta novela que pide excusas. R. Darío”. Y tenía razón. Mas la crítica contemporánea ha revalorado este interesante esfuerzo, redactado en diez días de julio, 1886, por Darío y Eduardo Poirier con el fin de participar en el certamen del diario porteño La Unión; firmada con los seudónimos Pílades y Orestes, no obtuvo el premio, ganado por la novela Dos hermanos, de Enrique del Solar. Tampoco mereció una reseña crítica.

Sus autores recurrían a frecuentes comentarios sobre el desarrollo de la novela, los cuales lúdicamente señalaban la convencionalidad y el anacronismo del género folletinesco. Poirier era experto en la materia, pues había traducido varios folletines ingleses para el diario El Mercurio; sin embargo, reconoció en el prólogo el aporte de Darío: “mi querido amigo, autor de los más bellos capítulos de Emelina.” En efecto, el nicaragüense mejoró el núcleo narrativo de Poirier, según Francisco Contreras, editor de la segunda edición de Emelina, treinta años después, en París. Suyos fueron el apellido del protagonista (el joven pobre Marcelino Gavidia) y el nombre de la protagonista: Emelina, hija de un noble inglés; la figura del “pavo real de Venezuela” Antonio Guzmán Blanco —entonces presidente de su país— y la intromisión de un Secretario de la Legación de Nicaragua en Bélgica.

Darío redactó, al menos, cinco capítulos completos. Raúl Silva Castro los enumera: el I, II, V, VIII y IX de la tercera parte. No hay duda que también los pasajes de ecos parnasianos, alusiones mitológicas, sensualidad y referencia al mármol correspondieron a la pluma del nicaragüense. Un buen ejemplo es el siguiente, cuando el conde francés Ernesto de Vernier (casado con Emelina por dinero), contempla a su joven esposa. La imaginativa descripción de París en el capítulo IX de la segunda parte, asimismo, se le ha atribuido a Darío. La narración se aligera y el estilo cambia notablemente. La novela exhibe “una lengua rápida, nerviosa, abigarra, llena de exabruptos y esmaltada en palabras exóticas.”  

Los personajes son estereotipados: buenos y malos. Emelina arriba a Valparaíso huyendo de su marido que pertenece a una banda de criminales y ladrones. Al final, su consorte pierde la vida en un duelo; en consecuencia, Emelina y Gavidia contraen matrimonio. Pese a su carácter puramente libresco y a la típica trama de su género folletinesca. Emelina tiene alguna importancia dentro de la evolución de la prosa literaria de Darío. No sólo algunos pasajes anticipan el aristocratismo esteticista de Azul…; también se emplean en ella varios procedimientos narrativos como el collage, la inserción de cartas y la técnica teatral en el manejo del diálogo con acotaciones. En fin, a estos elementos —que le confieren a la narración cierto aire de modernidad— habría que agregar el jugueteo irónico contenido en sus constantes llamados al lector, señalado por Allen W. Phillips. “Sirven para romper la ilusión de verosimilitud, y así la lectura de la obra es divertida, si uno piensa que los autores novelan de modo irónico, en un contrapunto entre convenciones prestadas y notas más modernas, parodiando con frecuencia un género convencional y periodístico”.

Caín y El Hombre de Oro: truncos intentos modernistas. Las siguientes novelas fueron Caín (1895) y El Hombre de Oro (1897). Ambas, fragmentariamente difundidas en publicaciones periódicas de Buenos Aires, respondían a una voluntad renovadora. Pero no pasaron de ser truncos intentos modernistas. La primera fue rescatada por el uruguayo Roberto Ibáñez. Reducida a un fragmento sobre la vida bonaerense de su autor, el relato deja entrever antecedentes y sugiere posibles desenlaces que el poeta —identificado con un pintor: Álvaro Blanco— no pudo acometer.

La segunda incursión, al parecer más pretenciosa, parte de modelos franceses [Thais (1889) de Anatole France y Aphrodite (1895) de Pierre Louys]  y tiende a reconstruir estéticamente un prestigioso pasado con el que Darío se identifica: Roma, en tiempos del emperador Tiberio César, poco después de la muerte y resurrección de Cristo. “La obra —dice Ramón Luis Acevedo— contrapone dos mundos: el mundo pagano o sensual, refinado y decadente del imperio romano y el mundo incipiente, intenso y austero, del cristianismo primitivo. Tampoco quedó completa: sólo se publicaron  tres de sus capítulos en la revista La Biblioteca (mayo, junio y septiembre, 1897). También “La fiesta de Roma”, pieza narrativa que apareció en El Tiempo (20 de septiembre de 1898) parece haberse destinado a formar parte de dicha novela.

Realmente, debió haber correspondido a un capítulo posterior de la novela, cuyo tema central sería la simultánea atracción del espíritu y la carne, o mejor dicho por su autor, “entre la catedral y las ruinas paganas”. En el primero de los capítulos, Darío narra una reunión de cristianos, de noche, en una casucha situada en una de las callejuelas de Roma. Reina un ambiente fraternal y un hermoso recogimiento. Todos esperan a Lucila, muchacha que suele reunirse con ellos; pero ella no llega, y deciden proceder a la lectura de una epístola de San Pablo. Quien preside la reunión es un viejo fuerte y recio. Tiene una cicatriz en el cuello y le falta la oreja izquierda. Es Malco, el centurión romano herido por Pedro en el huerto de los Olivos y que Jesús sanó. Está, precisamente, dando testimonio de su conversión para luego leer la epístola. La lectura se interrumpe bruscamente, cuando entra “una joven, casi una niña, blanca, desmelenada, trémula, gritando: —¡Socorro! ¡Favorecedme, por Nuestro Señor Jesús! Todos exclamaron: —¡Lucila! / Al mismo tiempo las lujosas togas de dos caballeros romanos aparecieron, sobre las cuales dos rostros encendidos por el vino: de la boca de uno de ellos, un hombre entrado en edad, salió una gran risa. Y el otro dijo: —¡Buen fauno!

En el segundo capítulo el ambiente es distinto. Se describe otra reunión: en la granja de Quinto Flavio, “el más alegre, el más gentil, el más derrochador, el más mundano de los jóvenes de la alta sociedad romana”. Los invitados son Axio, joven centurión recién llegado de Judea; Lucio Varo, poeta y compañero asiduo del anfitrión sibarita, y Acrino, “el más joven de los tres, efebo de ponderada belleza y raro intelecto, de madre griega y padre romano”. La conversación recae en temas que Darío ha tratado en cuentos y poemas: el placer como máxima aspiración humana, la belleza natural del retiro bucólico, la juventud como única etapa plena y feliz en la vida, la triste condición del artista: hombre superior incomprendido igualmente por el vulgo y por los ostentadores de riqueza. Luego hablan del Hombre de Oro, excéntrico vecino de Quinto Flavio y para quien el juego, las mujeres y el vino son sus únicos atractivos sobre la tierra. En los últimos días se ha prendado de una joven del pueblo que en la calle.

Quinto Flavio ha prometido ayudarle a conseguirla. El nuevo invitado llega y da inicio la cena, dentro de un ambiente sensual y refinado.

Los comensales continúan la conversación. Quinto Flavio presenta a su querida, Hostilia, la lirista. Ella, Acrinio y Lucio interpretan un texto de Horacio. El Hombre de Oro, que apenas habla, se queda dormido. Dos horas más tarde, guiados por la confidencia de una vieja alcahueta, Quinto Flavio y el Hombre de Oro persiguen a la muchacha que ha deslumbrado a éste. Ella corre, penetra violentamente a una casucha y grita: —¡Socorro! ¡Favorecedme, por Nuestro Señor Jesús! […]. Se entrelazan, pues, con el primer capítulo. Pero aquí Darío agrega un bravísimo desarrollo que hace culminar dramáticamente la narración.

Malco sale a ver quién persigue a Lucila. “—¿A quién buscáis? —preguntó. / La luz dio de lleno en el rostro del Hombre de Oro. El anciano le contempló fijamente; y en ese instante su faz se tornó pálida y su gesto cinceló una máscara de asombro. La lámpara de arcilla cayó de sus manos. El Hombre de Oro retrocedió un poco y se cubrió el rostro con la toga. Y Malco dijo con voz de espanto: / —¡Judas de Kariot!

El tercer capítulo está totalmente dedicado a Lucio Varo, el poeta: un desdoblamiento propio de Darío, quien expone los dos pensamientos que han dominado su espíritu: el Amor y la Muerte. Dicho capítulo concluye dejando al lector en un estado de expectación.

Según su propio testimonio, Darío descontinuó El Hombre de Oro abrumado por el éxito de Quo Vadis de Henryk Sienkiewicz (1846-1916). “Yo le respondí —cuenta Ángel Estrada—, que al contrario, eso debía estimularlo teniendo en cuenta sus calidades artísticas muy superiores a las del escritor polonés”. Por su parte Juan Loveluck apunta que la súbita interrupción de La Biblioteca, dirigida por Paul Groussac, afectó el proyecto de Darío y que su reelaboración del mundo romano, desde el realismo de la actitud, la dota de “precisión y sabiduría, escondiendo toda exhibición arqueológica”.