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Largo tiempo pensé sobre el título de este artículo, no quería reducir a Darío pero tampoco reducir la labor del jardinero y sus conocimientos, llegué a la conclusión que  para saber tanto de rosas y flores era necesario tener por lo menos alma de jardinero. Y así es, Rubén Darío fue un jardinero por dos razones: por sus amplios conocimientos  sobre flores y por la forma de cuidarlas.

Su obra es amplia, profunda, delicada, llena de música y fragancia. Es increíble cómo  este niño, después joven, después adulto, se mueve en su jardín y va cultivando rosas, que lo acompañaron toda su vida.

Dentro del mundo de las flores, la rosa es para Darío la máxima expresión de belleza y  perfección. Lo puro…“yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa” (de su libro Prosas Profanas 1896-1901).

Confieso que no conozco a otro poeta que haya jugado, combinado y armado ramos de versos con una flora tan abundante como la flora dariana. Para mí es única, rica, variada  y florida. De su poema Rosas y lirios. Para las angustias, para las tristezas,/ cuando  nieva el tiempo sobre las cabezas/ y llueven congojas,/ ese es el instante de las rosas  rojas./ Para los momentos que traen ilusiones/ y dan azucenas a los corazones,/ y dulces  delirios, blancos, blancos lirios.“ (R.D.).

La facilidad con que combina rosas, dalias, nelumbos y jazmines. Y están tristes las  flores/ por la flor de la corte;/Los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,/De  occidente las Dalias y las rosas del sur“ ( Poema Sonatina).  Hay muchas cosas que  destacar en este poema. El poema no solo se caracteriza por su sonoridad, sino también  por la escogencia exquisita de un ramillete de flores que se destacan por su belleza y su  hermosura. Tal es el caso de las dalias, hermosas, variadas, orgullosas, penetrantes.  Los  jazmines delicados, fragantes. Los nelumbos o lotos, Loto de la India o Rosa del Nilo.  La flor sagrada, mística, de aroma suave y de crecimiento solitario, la flor venerada en  el antiguo Egipto. Los lotos representates de la resurrección no podían faltar.   

Las flores se cruzan, entrecruzan, se marchitan y florecen a lo largo de la obra literaria  de Rubén Darío: hortensias, campánulas, adelfas, amapolas, azahares, azucenas,  margaritas, nenúfares, violetas, lirios, lises, claveles, clavellinas, flores del granado,  orquídeas, flor de la mosqueta, magnolias. En una época en que la rivalidad entre esas  dos hermosas ciudades coloniales dominaba, el poeta de apenas 11 años escribía...”Con  el alma entusiasmada/te brindo en esta ocasión/una corona formada/con magnolias de  Granada/y con mosquetas de León” (1878-1881).

Ese León verde y florido de los años 1878 fue el primer mundo de inspiración para Darío.

Desgraciadamente toda esa belleza natural fue destruida por el boom del algodón. Esas casas coloniales con sus amplios patios señoriales, irradiando primavera  todo el año no podían más que mantener viva la sensibilidad del artista. Mucho de eso  se ha perdido. Ese fue el punto de partida, después vendrán los apacibles y nostálgicos  Palais Royal, Jardin d´Aclimatation, Jardin des Plantes  y de las Tuileries, creado en  1664 por Luis XIV, el primer jardín público de París. La magia de estos lugares con sus  vertientes encantadas, rebosantes de vida, ese universo de esculturas vegetales de los  Giardini ex Reali  en Venezia, del Monte Gianicolo o de la Villa Borghese en Roma  inundaba al poeta de un embrujo del que no podía escapar. Dos grandes de la literatura: Federico García Lorca y Pablo Neruda, se preguntan en el famoso discurso Al Alimón: “El amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío? ¿Dónde está la tienda de  rosas de Rubén Darío? ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?”...

Ese jardín que nos legó Darío: lleno de sueños, lleno de rosas, de cisnes vagos, de tórtolas, de góndolas y liras debemos de cuidarlo. Toda crítica a su persona y a su obra  debe empezar por reconocer la belleza y la grandeza de su proeza literaria. Para el  príncipe de las letras castellanas “Clarines, laureles!”...