•  |
  •  |

Un hombre va conduciendo una camioneta de tina. A simple vista es un vehículo, pero es la historia misma de Nicaragua que se esconde bajo la rotulación visible en la puerta lateral y solo identifique a una empresa. El conductor llega a su centro de trabajo cuyos jefes prolongan las instalaciones más allá del edificio, a lo largo de todo el carril, quizás una cuadra, reduciendo la vía a una incómoda media calle.

Atrás vienen otros vehículos particulares. El conductor de la empresa deja la camioneta en media pasada. Es la camioneta de la Historia Nacional. No le interesa que vengan otros automotores, piensa que le pertenece la calle, la cuadra, el barrio, la ciudad, la nación, la bandera y los símbolos patrios. No sólo obstaculiza el tránsito, sino que rampantemente se baja de la camioneta, convirtiendo la vía pública en un enorme garaje,  y exhibiendo a todo lo ancho nuestra debilidad nacional por el “aquí mando yo y qué”. Y la deja ahí, nuestra Historia, inmóvil, porque así ha quedado, como una bicicleta estacionaria, o esta pick up, da lo mismo. Al tipo le pitan, le dicen que mueva la máquina  para que no obstruya el pase vehicular, pero la Historia no camina. A él nada le importa. El que camina en todo este estancamiento es él, que va directo al portón, donde entra como si nada y se pierde al mediodía en alguna oficina.

Esto no es algo aislado, tampoco una anécdota más. El comportamiento autoritario se multiplica exponencialmente en la vida cotidiana y en hechos tan simples como el conductor de bus que creyéndose el dueño de la urbe, veloz hace descender a los pasajeros, sin importarle que sean mujeres embarazadas porque va en competencia con otros choferes de rutas.

Es el mismo autoritarismo que aturde con altoparlantes a la comunidad, sin importarle los prójimos que se atacan anunciando electrodomésticos desde una casa comercial o las campañas religiosas de alguna congregación.

Es una enorme falsedad atribuir esta conducta como “exclusiva” de un solo lado, en este caso del actual gobernante, mientras todos, ciudadanía --- el conductor de la Historia Aparcada es un ciudadano --- y líderes políticos, etc., nos presentamos como los arquetipos de la libertad,  la igualdad y la fraternidad. Una simple revisión de nuestra conducta diaria, nos diría lo que realmente somos.

La actitud autoritaria está tan arraigada en el corazón de los llamados “demócratas” que no en estas elecciones, sino en las anteriores, sus candidatos nunca surgieron del “demos: pueblo; cratos: poder”, sino del Gran Monócrata de la Tribu, “Mono: uno; cratos: poder” (el poder de uno).

A la “dictadura” que se le achaca al actual gobierno se contrapone la monocracia que aquí, desde un metódico embuste se le trata de presentar en sociedad como Democracia.

La lampiña verdad es que aunque suene elegante llamarse demócrata, nos comportamos en la vida real como monócratas, en el sentido amplio del término.

Las monocracias se han impuesto en el Parlamento a pesar de la presencia de legisladores coherentes con una amplia visión de nación como Víctor Hugo Tinoco y René Núñez, pero pocas golondrinas no hacen verano. Estas monocracias parlamentarias decidieron anular de facto el artículo 138 de la Constitución, derogando en la práctica uno de los atributos del Poder Legislativo: elegir a los magistrados de los distintos poderes e instituciones públicas, según los mecanismos de ley.

Al final, para que estos órganos del Estado no se ahoguen y continúen respirando, el Presidente tomó un camino lleno de riesgos para mantener en sus cargos a los altos funcionarios. El país no puede paralizarse. ¿Es lo óptimo? ¿Es lo más deseable? No, pero así podemos  observar con suma facilidad dónde está “el dictador”, pero difícilmente podríamos distinguir entre los sicofantes de la democracia y los auténticos demócratas, y con este esquema, todos perdemos.

Es obvio que nuestro país no puede seguir partido por los partidos, pero más que estos, por los odios y la intolerancia. Y si se ha adoptado el modelo de la democracia, con sus poderes independientes y sus pesos y contrapesos, debemos asumirlo no en la retórica, sino en lo cotidiano, en la vida real. Pero, ¿por dónde empezamos? ¿Que empiece el Presidente Daniel Ortega y después los líderes políticos de partidos sin primarias y por último el tipo de la camioneta que nos representa a todos, con nuestra Historia estacionada?