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Desde que nací viví la fiebre del beisbol como buen nicaragüense. Cuando niño mi padre me llevaba al estadio para ver jugar al Bóer, equipo mimado de los managuas. Qué hermoso fue ver en los barrios capitalinos el desfile de docenas de equipos inaugurando ligas de barrios, cada equipo con su bella madrina, y encabezando el desfile alguna banda de guerra. Abundaban los campos de beisbol en cada barrio. Y abundaban las ligas. Sólo en Managua destacaban, entre otras, la Liga de Santa Ana, la de San Judas, la Timoty Mena, la de Santa Rosa, la Don Bosco y, la más fuerte de todas, la Monseñor Lezcano. En toda la historia de nuestro beisbol no ha existido otra liga, después de la Primera División, más fuerte y difícil de ganar que la Monseñor Lezcano. En ella se daban cita los equipos más poderosos, El IFAGAN, La Coca Cola, La Pepsi, La Aguadora, Los Veteranos, El Embase Oso y tantos otros que  recuerdo. De todos los equipos de la Monseñor Lezcano el mimado era el de Los Veteranos, dirigidos por “Aguja”, el más respetado de todos los managers. Los Veteranos fueron para la Monseñor Lezcano lo que el Bóer para la Primera División. En toda la liga había jugadores extraordinarios, como “El Coto Guerrero”, “Veneno”, “Cacho Téllez” y lanzadores como “Pata de Chancho” y “La Culebra”. Muchas veces los chavalos nos pasábamos la voz: “Vamos al cuadro del Gadala María que está ‘pichando’ La Culebra”. Fue hermoso ver al “Coto Guerrero” conectar batazos que hacían viajar la pelota como meteorito, tan lejos y tan alto que los fanáticos exclamaban ¡¡Chocho, le tocó los ‘güevos’ a San Pedro!! Las jugadas magistrales de “El Veneno” desde el campo corto o la tercera base. El tiro impresionante de “Cacho Téllez” desde el jardín central hasta el plato.

De los campos más conocidos los del IFAGAN, Gadala María, Embase Oso, el Monseñor Lezcano y los que formaban filas impresionantes al este de Linda Vista y al oeste de la Plywood. Sábado por la tarde y todo el domingo cada uno de estos cuadros se vestía de gala y colorido. Llegaban vendedores de elotes cocidos, yoltamales, chicha, enchiladas, quesillos y todas aquellas delicias de comidas típicas de nuestra cocina. Allí nos dábamos cita con las chavalas para tirarles el cuento. Ya matacones entramos al ruedo para ser parte de aquella batalla deportiva, en la que no se pedía ni daba cuartel, formando parte del equipo que nos aceptara, luego que el manager nos hiciera la prueba en el campo.

Pero triunfó la revolución y con ella trajo la peor de todas las pestes: los tomatierras. Esos malolientes y asquerosos geófagos que nacieron de forma espontánea devorando cada uno de aquellos campos deportivos. Luego de poblar uno vendían cada terreno y partían a tomarse otro. Así terminaron todos nuestros campos de beisbol, que por su espacio también permitía la práctica del futbol, aunque eran contados los muchachos que lo jugaban, pues en mi época la fiebre era de beisbol. Con el paso de los años esa raza parasitaria se convirtió en instrumento de un grupo mafioso que los utiliza, otorgándoles un cierto título de profesionales en esta “ciencia”, para continuar su camino de ultraje, no sobre campos deportivos porque esos se terminaron, sino sobre propiedades privadas, causando un desorden jurídico sin antecedentes en la historia de Nicaragua.

Como efecto del triste fin de nuestros abundantes campos deportivos, hoy los jóvenes se lanzan a las calles para hacer deporte, mas, por la naturaleza del futbol, éste sustituyó al beisbol, provocando que hasta la afición cambiara su simpatía de un deporte a otro. Por la lógica de la práctica, la calidad de nuestro beisbol se fue al piso. Nuestra selección ni siquiera es competitiva, los lanzadores y bateadores que hoy destacan ni a banca hubieran llegado en los equipos que nos deleitaron de 1960 a 1990. Pero ya nada se puede hacer, en la medida que el futbol avanza, el beisbol retrocede. Por desgracia los tomatierras se multiplican en la medida que el grupo mafioso que los utiliza les protege el avance, porque representan su propio interés.

*Abogado Penalistas