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El 61.9% de los nicaragüenses vive en la pobreza. El Salvador es el país más vulnerable del mundo ante tormentas y deslaves. El 25.9% de los guatemaltecos no puede leer ni escribir. Costa Rica sigue siendo la única solución para miles de migrantes nicaragüenses.

Honduras cada hora se vuelve más violento. Panamá es tan desigual que parece Miami al lado de una aldea gigante.

Los asentamientos son esos lugares en Centroamérica donde se concentran y toman rostro todas estas condiciones que dificultan y estorban el desarrollo pleno del ser humano. Académicos y expertos sociales todavía no han logrado entender completamente su comportamiento. Se siguen invirtiendo, año con año, grandes cantidades de dinero en su análisis. Mientras más reciente es el estudio, más innovadoras e interesantes son las conclusiones.

Al parecer, no nos hemos dado cuenta de que informes y sugerencias no bastan para transformar la realidad. Es cierto que es necesario financiamiento pero más importante la voluntad y el compromiso de enfrentar el desafío de la pobreza como nación, incluyendo a los gobiernos, la clase política, las empresas y las comunidades.

“Crecimos siendo colonos, crecimos con mis abuelos y ahora que mi abuelo faltó, todos volamos. Nos vinimos (a la capital) por trabajar. Tengo 12 años de estar trabajando acá.

Si uno no vende en el pueblo, ya se acabó. Pero acá en la ciudad, se va de una colonia a otra y siempre se vende todo”, cuenta Esmeralda, de la comunidad Viuda de Alas, en Soyapango. Esmeralda desde hace unos años se ha dedicado a vender pan y donas: “Para vender más, necesito material. Trabajo con poquita harina, y manteca. Si tuviera más material, se vende más, porque trabajo con vendedores, yo les doy el producto y luego se les paga”.

En los asentamientos de los países de Centroamérica se viven condiciones tan similares que pareciera que una familia que vive en un asentamiento de San Salvador es vecina de otra familia que vive en “Rubén Darío”, asentamiento de Managua. Ambas carecen de tenencia formal de sus tierras, no tienen acceso a servicios básicos y la asistencia de los niños a la escuela es irregular por motivos económicos o de violencia. Sin duda, la exclusión y la pobreza no respetan fronteras.

El hecho de vivir con necesidades apremiantes motiva a organizarse y a ayudarse mutuamente. El capital social toma relevancia como elemento potenciador de la superación de la pobreza. Comprender los asentamientos desde las personas que los conforman, reconocer y potenciar las relaciones de confianza que ya existen entre los vecinos y abrir las oportunidades de participación ciudadana en el diseño de programas y políticas sociales es el giro que deben dar tanto las comunidades y directivas, como los gobiernos y organismos regionales de atención a la pobreza.

Esto, implícitamente, va de la mano con un cambio de la perspectiva desde la cual se aborda la problemática, apuntándole a la sostenibilidad en el largo plazo. Debemos  pasar de una perspectiva de “pobreza” a una perspectiva de “exclusión social”. Solamente así podremos trascender de los puros programas de transferencias condicionadas, a medidas que realmente cambien las estructuras que producen la precariedad de vida a las que está sometida la mitad la población centroamericana.

*Director Social UTPMP – El Salvador