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A veces uno se pone a hablar de cosas que no importan y, al final, descubre que, en realidad, son las que a uno le importan. Otras veces, ocurre exactamente lo contrario: hablar de cosas que parecen importar mucho y descubrir que no eran las importantes.

Verán, es que el día que dejé de fumar, me dije que no iba a medir el tiempo. Había leído que los romanos aconsejaban no hacer cuentas de los bienes ni de las cosas buenas, porque al hacerlo, se corre el riesgo de perderlo todo. Para alguien que se había habituado a sus diez o veinte cigarrillos diarios, un solo día sin humo parecía una conquista imposible. Pero si de algo estaba seguro es de que el que deja un hábito o un vicio como el tabaco, se convierte en un exfumador durante toda la vida. De tener conciencia de eso dependía en gran parte la voluntad de conseguirlo.

No sé si tendría razón aquel cura anciano que decía que, a medida que pasa el tiempo, no somos nosotros los que abandonamos nuestros vicios manías, sino los vicios los que nos abandonan a nosotros.

En mi caso, para qué les voy a engañar: las primeras semanas que lo intenté fueron insoportables, sobre todo para los que tuvieron que aguantar mi mal humor. Era mi tercer intento. Llevaba gran parte de mi vida fumando, y además me gustaba. Cuando me ponía a escribir, recordaba a Julio Ramón Ribeyro, un autor que decía que él fumaba para encontrar metáforas. Yo lo hacía cuando me sentía cansado (para relajarme), o triste (para sentirme mejor), o alegre (para celebrarlo), o simplemente para concentrarme o evadirme. Sospecho que debe ser la misma motivación de los alcohólicos, con la diferencia de que el cigarrillo, al menos, no daña la razón ni te lleva a las dimensiones del alcohol.

Durante meses, me sentí más enfermo que cuando fumaba. Siempre estaba ronco, incluso llegué a perder la voz, tosía todo el tiempo y el pecho no dejaba de dolerme. Pero poco a poco, las secuelas fueron mitigándose, y un día… miren ese día fue de los que uno podría rodear con un círculo en el calendario de la vida.

Fue el día en que recuperé el olfato. Y lo extraño es que no me había dado cuenta hasta entonces de que lo había perdido. Y al recuperarlo, fui capaz de oler hasta límites insospechados. Lo malo era que a las horas de almuerzo me convocaban desde todas las fritangas, las casas o los restaurantes. Y es que el exfumador empieza a engordar de manera descomunal, a base de saciar su ansiedad con un bocadito aquí, un bocadito allá, de forma compulsiva. Y al poco tiempo, uno empieza a sentir que otro yo se acaba de alojar en su cuerpo, al que ya no reconoce. Ahora veo las fotos de esos meses (años, para qué mentirles) y no puedo creerlo, era un yo inflado, pero feliz de volver a oler cosas que no olía desde que era niño. No sé si existe explicación científica para esa niñez recuperada a través del olfato.

Ahora, cada cierto tiempo, cuando puedo, hago una especie de inmersión de los sentidos, un retiro en que me someto a un viaje en el tiempo con ellos. Suele ocurrir cuando me siento demasiado aturdido por lo de adentro y lo de afuera, e imagino que me voy a quedar sordo, o que ya no puedo hablar, como cuando uno se olvida, no de las palabras, sino de la manera en que se organizan dentro de un discurso lógico. Es entonces, sin proponérmelo, cuando un olor viene a rescatarme y me lleva con él. Otras veces, es el tacto de un tejido que hacía mucho tiempo que no sentía (“sentir” es una palabra que sólo en Latinoamérica se utiliza con dos significados, uno referido a los sentimientos, y otro al tacto, pero como si tocar significara conocer, acariciar por dentro).

Entonces, cuando te lavas los sentidos, aparecen las cosas que estaban allí. No es en la memoria racional. Y si uno puede, o si se permite hacerlo, debe salir en busca de ello, con el cosquilleo en el estómago de las aventuras de los libros. Voy a oler la única chaqueta que guardo de mi padre (la ropa de la gente mayor es una segunda piel, y aunque ya no estén, por mucho que se lave, aún conserva su olor); y voy  a buscar esas flores de noche que tanto recuerdan a las noches de verano en la playa de aquel río donde fui más libre; el olor y el sonido crujiente de la mecedora donde mi abuelo dormía la siesta conmigo encima. Y escucho la cinta de cassette donde aún guardo la voz de mi abuela luchando contra los primeros signos de alzheimer con un ejercicio que yo le pedí y que consistía en repetir una oración aprendida a principios de su siglo y que a ella le dolía olvidar. La dejé sola en una habitación cerrada, con la grabadora prendida. Ella lo intentó una y otra vez. A veces, creía haberla recordado entera, “¡Javier, Javier!”, oigo que me llama, convencida de que lo había logrado, pero pronto se acordaba de una nueva estrofa y entonces volvía a intentarlo (“¡Oh, divino Jesús mío…”!). En la cara B, tengo la voz de mi padre, recitando con la sonoridad de los antiguos actores los versos de un tío nuestro, poeta de domingos, con el que se bebió sus frustraciones con todo el vino del mundo. No importan las sombras que todos ellos tuvieran, porque aquí, los reconozco en voces, olores, sonidos y tactos. Y se vuelven luz, sólo luz, como la playa donde fui más libre.

No se trata sólo de cuando dejé de fumar, sino del principio de una historia ahí  escondida. En realidad, Proust lo contó muchísimo mejor que nadie en su serie de En busca del tiempo perdido,  es conveniente dejar que su voz concluya:

“Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han  derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo y soportan tan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”.

Perdonen pues por hablarles hoy de estas cosas que no importan. Y gracias por escuchar.

sanchomas@gmail.com