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La relación entre los dirigentes políticos y los religiosos existe desde tiempos inmemoriales. Antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, por ejemplo, los gobernantes de Galilea nombrados por los romanos protegían al establecimiento religioso judío (El Sanedrín); a cambio  de mantener bajo control a los fieles, la jerarquía religiosa judía se beneficiaba con el monopolio del cobro por el  uso de los templos hebreos.

Después de la muerte de Jesús, el cristianismo fue víctima de  siglos de persecución a manos de un Imperio que lo consideraba enemigo, aún cuando miembros de la estructura política no encontraban delito alguno.  El senador y abogado romano Plinio el Joven, en una de sus múltiples cartas al emperador, preguntaba si a los cristianos se les castigaba solo por “el nombre de cristiano”, ya que no encontraba más crimen en ellos que el de creer en una “depravada y contagiosa superstición”.  Sin embargo, el crecimiento posterior del cristianismo fue tal que 3 siglos  más tarde el emperador Constantino I decidió “protegerlo” con el Edicto de Milán, permitiendo la libertad del culto cristiano; coinciden los historiadores que esta decisión del emperador fue más una medida política que un arrebato de fe, logrando así un amplio respaldo de  la ahora gran mayoría cristiana. En el año 380 D.C. el emperador Teodosio declaró al cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano, casando definitivamente la política romana con la fe cristiana. Años después ya siendo el cristianismo  el movimiento religioso más importante de Europa, y ante la arremetida del Islam, el emperador bizantino Alexio I (1081-1118) solicitó ayuda al Papa Urbano II  para poder repeler a los Turcos. En 1095,  en su discurso ante el Consejo de Clermont, el Papa prometió que “todos los que mueran, sea por tierra o por mar, o en batalla contra los paganos, tendrán la inmediata remisión de sus pecados”.  Así iniciaron las ocho cruzadas por la recuperación de los sitios santos,  la última en 1270.

Como en  toda relación, ha habido momentos de cooperación como momentos de confrontación.  El Rey Enrique VIII consideraba que la cabeza de la Iglesia debía de ser el Rey  y no el Papa. Al tratar infructuosamente por más de 4 años que Clemente VII anulara su matrimonio con Catalina de Aragón en 1534,  el rey emitió el “Acta de Supremacía Real” mediante el cual separó a la Iglesia Anglicana de la Iglesia Romana.

De igual forma, encontramos políticos que entendieron que era mejor trabajar con el decidido apoyo de los líderes espirituales, como lo fue el caso de Francisco Franco en España (1939-1975).  El Generalísimo,  no solo hizo de su vida una profesión de su catolicismo, sino que creó un marco político para la cooperación con la Iglesia. Este acto de “fe” fue ampliamente correspondido. El que fuera Obispo de Solana, Monseñor Vicente y Tarancón afirmó; “es motivo de optimismo el sabernos regidos y gobernados por un hombre providencial, que con criterio netamente católico ha dado una orientación magnífica a las leyes del Estado”.

En uno de los argumentos más debatidos sobre la relación de la religión con el estado, el periodista británico John Cornwell, examinando las acciones del Papa durante la era Nazi, opinó que Pio XII coadyuvó a la legitimación del régimen de Hitler en Alemania mediante la firma del Reichskondordat en 1933, el cual garantizaba los derechos de la Iglesia Católica Romana en ese país.  Cornwell argumentó que Eugenio Pacelli, en su carrera como Nuncio para Alemania y posteriormente como Cardenal y Papa, buscando aumentar y centralizar poder, no hizo lo suficiente en contra del Holocausto. Sin embargo, el Rabino David Dalin y el escritor Ronal Rychlak han escrito en contra de los argumentos de Cronwell, asegurando que las raíces de sus acusaciones fueron el resultado de una campaña de desprestigio a la Iglesia por parte de los comunistas soviéticos, y no la de favorecer la consolidación del régimen Nazi.

Sea como fuere, quedará a la suerte de los historiadores decidir si nuestro más ilustre prelado dedico sus años de vigor a la consolidación de la democracia en Nicaragua, ó si en el ocaso de su vida salió de su retiro forzado para respaldar a un jefe de estado que tiende a mezclar la religión con la idolatría y a confundir el socialismo con el cristianismo, olvidando así el evangelio de Lucas, que sentencia que “no se puede servir a Dios y a Mammon”.