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Voracidad, avidez, concupiscencia, son sinónimos de codicia, ese apetito compulsivo e insaciable que induce a buscar, adquirir y acumular riquezas. Ese deseo, que por lo general excede los límites de lo ordinario o lo lícito, es catalogado de vicio en algunas sociedades; errada conexión material con la felicidad, por los budistas, y uno de sus siete pecados capitales, por los cristianos. Esta aberración siempre va aparejada con la deslealtad, la traición, la estafa, el soborno, la falsificación, el robo, el asalto, el engaño, la violencia y la manipulación de la autoridad, en función de obtener beneficios personales. Esto convierte al codicioso en alguien propenso al delito, y en delincuente, cuando halla o crea las condiciones para saciar su adicción, sin importar el medio, pues el fin se lo justifica.

La codicia está enraizada en las esferas de los Estados latinoamericanos. A ello obedece que casi sea tradición nacional que, al concluir el período de un gobierno, y durante la transición de poderes, los nuevos funcionarios encuentren miles de actos fraudulentos con los que se enriqueció una legión de ladrones, que hallaron en el erario las condiciones para que también lo hicieran familiares cercanos y otros, enlazados por el amiguismo, la complicidad o la carne. Y por su mentalidad de bucaneros, los ahora nuevos, que pegaron el grito al cielo ante tantos sinvergüenzas, al finalizar su período, también serán buscados por los que lleguen, y así sucesivamente, convirtiendo, una vez más, el hábito en costumbre, y ésta en ley, sin importar quién o quiénes quedaron arrollados en el camino.

Nicaragua no es la excepción. En nuestro país no se aplauden los gestos de honestidad ni se estimula que los ciudadanos practiquemos el control social. Al contrario. Cuando un trabajador denuncia las fechorías que una manada de delincuentes está cometiendo dentro de su centro laboral, lo echan a la calle, le atrasan años sus prestaciones laborales, y lo saturan de epítetos, lo denuestan, lo infaman, lo vilipendian, lo tildan de traidor, oligarca, vendepatria y tantos adjetivos de diatribas conocidas. Por su parte, muchos simpatizantes y militantes callan el latrocinio, lo ocultan, para no perjudicar a su partido, he oído, convirtiéndose en cómplices por omisión. Y cuando lo evidente es inocultable, se culpa a los medios de comunicación por propalar “falsedades” que denigran la honra de éste o aquél.  

Entonces, se recurre a los eufemismos, esas palabras inocentes, y hasta bonitas, con las que intentan tapar la suciedad del gato. Y al ladrón se le llama cleptómano, y al robo, distracción de recursos. Y en los informes de auditoría practicada en tal institución se lee que no se siguieron las normas y procedimientos establecidos; que la gestión del Director no fue transparente, mientras la jerga jurídica presume responsabilidad administrativa o penal. Entonces, a los malandrines cogidos en la maturranga, en vez de ser encarcelados se les traslada a otra institución, y más de una vez, a empleos mejor remunerados y con más disponibilidad presupuestaria. Si excepcionalmente los despiden, se van con amplia sonrisa y atractiva indemnización por los servicios prestados a la patria, pero eso casi nunca ocurre, porque es de confianza política, y el poder siempre protege al poder.

Y los ejemplos de atracos son abundantes. Jerez se construyó -durante la guaca de Arnoldo Alemán- un palacete frente a las playas de Pochomil Viejo, con dineros llegados para ayudar a las víctimas del huracán Mitch, y no pasó nada; y creo que se lo regresaron después del juicio, en el que tampoco pasó nada, porque la justicia es ciega, discapacidad que ha favorecido a más de un truhán. En la Corte Suprema de Justicia se extravió medio millón de dólares, señalándose del extravío a uno de sus magistrados, quien se hizo el bravo, y no supe si encontraron el medio millón, y no pasó nada. En Nicaragua se sabe del robo pero la plata queda perdida para siempre en el triángulo de las Bermudas.

El gobierno actual no se podía quedar sin representación. En la administración de Walter Porras, el triste tigre adulador de la DGI, se robaron un borbollón de plata, y no pasó nada. Pero sería una injusticia dejar fuera del hit parade de la codicia a don Roberto Rivas Reyes, actual Presidente del honorable Consejo Supremo Electoral, multimillonario, dueño de lujosas propiedades dentro y fuera del país, aviones, automóviles de lujo y hasta de un burrito al que también le sacó plata. Roberto es un mago. Con un talonario de facturas, multiplica los panes y gana cualquier elección que se le encargue. No quiso quedarse atrás de Jerez y se acaba de comprar una mansión en San Juan del Sur. Es la personificación de la codicia, pero ese “pecado capital” no lo ve o no le importa a su padrino, el Cardenal, ni a Daniel Ortega, su jefe y presidente del gobierno socialista, solidario y… ¿cristiano?
La codicia está enraizada en las esferas de los Estados latinoamericanos. A ello obedece que casi sea tradición nacional que, al concluir el período de un gobierno…