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Estamos en la Semana de la Patria. Celebramos un aniversario más de dos acontecimientos trascendentales en la vida de nuestra Nación: la batalla de San Jacinto de 1856, que marcó el principio del fin del intento filibustero de apoderarse de nuestro país, y la Independencia de Centroamérica (1821), que clausuró el régimen colonial español. Ambas efemérides deberían ser motivo de celebración. Sin embargo, este año las Fiestas Patrias se llevan a cabo en el contexto de una de las más graves crisis institucionales de nuestra historia.

Cabe entonces preguntarnos si tenemos algo que celebrar cuando nuestro Presidente de la República, que al tomar posesión de su cargo juró respetar la Constitución Política y las leyes, es el principal responsable de las más flagrantes violaciones a nuestra Carta Magna y a las leyes de la República y en circunstancias que 20 funcionarios, integrantes de los más altos poderes del Estado, están usurpando sus cargos al ejercerlos de facto, entre ellos ahora la Directora General de la Policía Nacional.

Podríamos agregar muchas otras razones que ensombrecen las celebraciones patrias, incluyendo su partidización, pero quizás sea mejor aprovechar este día para rememorar los méritos de nuestros próceres de la Independencia, el Presbítero y Doctor Tomás Ruiz, y el sabio y prudente Lic. Miguel Larreynaga.

Tomás Ruiz y Miguel Larreynaga fueron dos personalidades muy diferentes, con una visión distinta del significado y propósito de la Independencia.  Sin duda, ambos, Ruiz y Larreynaga, merecen el cognomento de próceres.  Pero, desafortunadamente, la figura del Padre-Indio Dr. Tomás Ruiz ha sido casi totalmente oscurecida y olvidada por la tendencia, en los textos de historia y la retórica de los discursos oficiales, a referirse únicamente al Lic. don Miguel Larreynaga, hasta el extremo que para la inmensa mayoría de los nicaragüenses Larreynaga es el prócer por antonomasia, prácticamente el único con que, supuestamente, cuenta Nicaragua, y el Dr. Tomás Ruiz un ilustre desconocido.

Hay varias similitudes en el ciclo vital de estos dos esclarecidos nicaragüenses.  Ambos provienen de estratos sociales similares, aunque Ruiz era indio puro y Larreynaga mestizo; ambos iniciaron sus estudios superiores en el antiguo Seminario Conciliar o Colegio Tridentino de San Ramón, en la ciudad de León, entonces capital de la Provincia de Nicaragua, y los culminaron con honores en la Universidad de San Carlos de Guatemala, donde recibieron la influencia del célebre reformador universitario, el sacerdote ilustrado costarricense Fray José Antonio de Liendo y Goicoechea; ambos lograron, por su preparación académica e inteligencia, incorporarse a lo que se podría considerar como la clase media alta de la ciudad de Guatemala, dentro de la cual se identificaron con el sector ilustrado de la misma, aunque Ruiz tuvo una visión progresista y revolucionaria de la Independencia y Larreynaga una concepción conservadora, precisamente la sustentada por los criollos y por no pocos españoles, que la proclamaron el 15 de Septiembre de 1821; ambos fueron catedráticos universitarios, brillando por su talento tanto en el propio Seminario San Ramón de León como en la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Pero hasta aquí llegan las similitudes, pues en todo lo demás difieren, tanto en los acontecimientos que perfilaron sus biografías como en cuanto a la naturaleza de sus personalidades, que seguramente determinaron sus distintas maneras de percibir el acontecer social y político de su época; los disímiles caminos a seguir para poner fin al régimen colonial español y las repercusiones que la Independencia debía producir en las estructuras económicas y sociales de la sociedad centroamericana.  Ruiz, en este sentido, fue la encarnación de los curas liberales de la época, entusiasmados con la revolución que en México encabezaron Hidalgo y Morelos; Larreynaga, prudente, fiel funcionario del sistema colonial hasta en vísperas de la Independencia, supo sin embargo pronunciarse a favor de ella en el momento oportuno y luego puso todas sus luces, que eran muchas, al servicio de la organización de la nueva Patria, en medio de las vicisitudes que acompañaron el alumbramiento de la nueva República. Su concepción de la Independencia fue limitada: sustituir a los peninsulares por los criollos.

Don Miguel Larreynaga participó en la reunión de autoridades convocada el día 15 de septiembre de 1821 por el propio Capitán General Gabino Gaínza, para analizar la situación de la Capitanía ante el hecho de que dos provincias, entonces centroamericanas, Chiapas y Soconusco, habían proclamado la Independencia conforme al “Plan de Iguala”, de Agustín Iturbide.  Don Miguel, cuyo criterio era sumamente respetado, se pronunció en esa asamblea en apoyo a la tesis de la proclamación inmediata de la Independencia de Centroamérica, elocuentemente defendida por el Presbítero Dr. José María Castilla.

Por su parte, el Padre Indio Dr. Tomás Ruíz, aparece en diciembre de 1813 en el Convento de Belén de Antigua Guatemala dirigiendo la famosa conspiración conocida como “La Conjura de Belén.  Hubo un delator entre los propios conjurados, lo que condujo a su captura la noche del 23 de diciembre, exactamente un día antes de que se llevara a cabo el plan revolucionario encaminado a deponer a las autoridades españolas.  Dieciocho personas participaron en la conjura.  El fiscal pidió la pena de muerte para varios de ellos y garrote vil para los cabecillas, Ruiz, Castrillo, Barrundia y Yúdice, quienes por ser hidalgos no podían ser condenados a la horca. Por gestiones de personas influyentes de Guatemala estas bárbaras penas no se aplicaron, pero todos permanecieron más de cinco años en las sórdidas cárceles coloniales, siendo el Padre-Indio Tomás Ruiz quien sufrió la pena más extensa: casi siete años, que incluyeron largos períodos de incomunicación, privaciones y desprecios, como lo testimonió más tarde el propio Tomás Ruiz.

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