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Cuando el 19 de julio de 1979 triunfa la lucha insurreccional en Nicaragua, se instala de inmediato un Gobierno de Reconstrucción Nacional, y al mismo tiempo declara el Estado de Derecho, la economía mixta, el pluralismo político y el No Alineamiento.

La revolución sandinista barrió con  las viejas bases de la estructura política, social y militar del somocismo y ello da origen a nuevas formas de organización social dentro de la población laboral y gremial, prestándose especial atención a los sindicatos, los gremios agropecuarios, profesionales y pequeños.

Una vez abolida la Guardia Nacional que fue la fuerza fundamental que sustentaba al Gobierno somocista, se le plantean a la revolución cosas concretas, entre ellas resolver la cuestión de las Fuerzas Armadas. Por ello se estructuró el fortalecimiento del Ejército y la Policía, con los medios que se contaban para dotarlas de preparación militar y técnica en función de una eventual intervención norteamericana. Fue necesario fortalecer ambas instituciones en el arte de las armas, con cuadros que habían dirigido la insurrección, pero las Fuerzas Armadas fueron prioritarias. Los demás organismos sociales y económicos sandinistas, incluyendo a la Policía, servirían  de apoyo. Una revolución de nuestras características tentaba a los gobiernos norteamericanos a eliminarla, por el ejemplo pacífico, nacionalista y democrático que daba a Centroamérica.

La agresión norteamericana, desde luego, la comenzó a preparar el gobernante Ronald Reagan, de los EU, contando con el apoyo del campesinado nicaragüense y la clase media descontenta. De ahí parte la estrategia de armarnos y entrenarnos con la ayuda de la ex Unión Soviética en materia bélica. Fue una operación muy importante y de ella se derivan: 1) La preparación militar fue responsabilidad del FSLN, y por ello, como partido, ejercía control directo del instrumento armado. 2) El Estado pasó a ser un complemento. Nace así el Estado-Partido.

Todo el decenio de 1980 el Frente Sandinista defendió la revolución con apoyo económico de los aliados socialistas, sin embargo, el peso de la defensa de la revolución recayó sobre organizaciones sociales sandinistas y no sandinistas. En tal sentido fue muy difícil sostenerla con nuestros propios esfuerzos, la economía se desgastó, la población joven se desmoralizó, el sector agropecuario fue golpeado fuertemente y otros sectores económicos y políticos sufrieron el impacto económico que debilitó a la revolución.

La presión de los aliados en América Latina y los gobernantes centroamericanos, más  la crisis económica interna, obligaron a sostener pláticas con la Resistencia en Sapoá, en marzo de 1989. Se discutieron varios puntos y uno de los más importantes a que se llegó fue el acuerdo de adelantar las elecciones para febrero de 1990. Una vez terminadas las pláticas, la oposición comienza a organizarse en una alianza con todos los partidos antisandinistas con el nombre político Unión Nacional Opositora (UNO).

El Frente, igualmente, realiza la campaña durante todo el período electoral y al llegar el  día de la votación, el 25 de febrero de 1990 el Frente pierde las elecciones y triunfa la UNO.

Los recién electos gobernantes de la UNO y la dirección del FSLN pasan a discutir la transición y uno de los puntos esenciales fue el del papel del Ejército en las nuevas condiciones, donde el nuevo gobierno afirmaba que éste dejaba de ser propiedad privada del Frente y se convertiría en una Fuerza Armada Nacional y profesional, no deliberante, apolítica y sujeta al poder civil.

Desde febrero de 1990 hasta el 10 de enero de 2006 el ejército respetó su obligación de  estar sujeto a un poder civil y no a un partido, tal y como lo manda la Constitución. No cabe duda que  esta apoliticidad y obediencia a la Constitución en el caso de las Fuerzas Armadas se sustentaba en el respeto a principios éticos y morales verdaderamente sandinistas.

Ahora bien, cuando Daniel Ortega obtuvo entre un 30% y un dudoso  6% más, en las elecciones en 2006, en su discurso de toma de posesión el 10 de enero de 2007, de inmediato trata de reconquistar el sandinismo, y en primer lugar al Ejército y la Policía, reconociéndole su origen sandinista. Da a entender que va a regresar a los viejos tiempos de los 80, pero poco a poco se ha ido revelando la falsificación de los conceptos de sandinismo y revolucionario, y de la gran impostura como la de hacerse pasar como el sustituto de Sandino. La corrupción de su entorno político –baste con mencionar a Roberto Rivas- así lo proclama.

Fuimos partícipes de la derrota de la dictadura somocista, ese es nuestro sandinismo y  sin temor a que nos enjuicien por disentir, la obra está hecha, nadie nos puede presionar para pasar al campo del danielismo. Lo que yo critico de los actuales dirigentes del Frente es su abandono del espíritu ético de los años 60, 70, 80 y los primeros cinco años del 90. Hoy las dos instituciones militares más importantes, que habían superado su sujeción al Frente se están prestando al juego y están retrocediendo a una posición reaccionaria, pues están sirviendo un pasado de formas de organización de centralización ya superadas.

Cuando la revolución derrotó a la dinastía somocista, nadie creía en su regreso. Pero hoy los dirigentes del danielismo recogen el pasado para llenar la “vacante” de una nueva dinastía, aplastando la República y la democracia. Es cierto que el ejército aún trata de mantenerse a larga distancia, pero hay trágicas señales de paulatino sometimiento a la nueva dinastía. En cuanto a la policía, ésta obedece ya como en los años 80, con la diferencia de que entonces no reprimían y hoy sí se prestan a reprimir a sus viejos hermanos de lucha. A 32 años de haber sido fundados Ejército y Policía, cuando fueron baluarte de una revolución que abría los ojos hacia la moral, la ética, la paz y la democracia, guardo la esperanza de que no se conviertan en bastión del danielismo, que es todo lo contrario al sandinismo que nos inspiró a vivir con dignidad.