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Cuando está solo, Ruperto González, empleado público, piensa que alguien podría descubrir que en sus adentros no comulga con el régimen, y vuelve los ojos a su celular, a la computadora, a su forma de vestir, con el temor que algún gesto o cierto dato muestre sus pensamientos íntimos. Recuerda que en sus conversaciones, como hacen todos, siempre deja caer alabanzas hacia alguna obra del gobierno, aún con sus amigos de confianza. Su mujer, reacciona, también, de igual modo. Escucha los noticieros oficiales para comentarle a Ruperto, cuando llega de la oficina, alguna noticia favorable al partido en el poder. En los momentos de abandono, cuando Ruperto prodiga a su mujer caricias sin reparo, agradece a voz alta al gobierno, por si acaso, inadvertidamente, expresa algún desagrado con la situación política en los instantes de éxtasis. Ella, al final de los escarceos, llega a comentar que antes, con los gobiernos neoliberales, sus relaciones no eran tan placenteras.

Como empleado público, trabaja mediodía. Al principio, pensó que era una emergencia, y ponía cara de congoja, como corresponde a una crisis. Lentamente, Ruperto se percató que todos gozaban con la circunstancia de trabajar tan poco tiempo, y que reputaban ese hecho como un beneficio que había que agradecer a este gobierno. Intentó, por pudor, encontrarle una razón positiva para el país, de modo que el empleo, sin metas ni resultados, no fuese más que un pretexto para tomar parte del erario. Al fin, devolvía las palmadas en la espalda a sus compañeros, que festejaban la salida de las oficinas a mediodía.

La explicación oficial, era que así se ahorraba energía eléctrica. No faltó quien sugiriese que podrían ahorrar más si trabajaban mediodía en días alternos. Sin embargo, por alguna razón de Estado, esa opinión, totalmente lógica, no prosperó. Si la lógica funcionase en estos casos, pensó Ruperto, cualquiera, con sentido común, podría gobernar la nación. La experiencia estriba –rumoraba para sí, buscando alguna semejanza con los secretos de un buen cocinero-,  en echarle el justo condimento a las comidas. Llevar las cosas al extremo no es lo correcto. Y detuvo su razonamiento simple sobre la medida del tiempo de trabajo, e Intentó ir por la vía de la Física, en contra de la mecánica clásica. Consideró que el tiempo es relativo, independiente de la conciencia, y que se atrasa en un sistema en movimiento. Probablemente, el trabajo que se realiza en mediodía de trabajo con este gobierno, sea igual a un día de trabajo con los gobiernos anteriores, mientras la energía eléctrica no, porque la luz tiene velocidad constante en todos los sistemas.

Un día le tomaron una foto y le dieron a Ruperto el carné del partido. Ahora era militante. Pensó que, además de la cotización del 5 % que le sustraerían del salario, tendría que realizar labores distintas a las que, al menos por rutina, cumplía en las oficinas. Asistía, a partir de entonces, a reuniones de base. Por algún motivo, se producía ahora una lucha sorda entre sus compañeros para lograr que alguien, más arriba, les diese oportunidad de presidirlas. De una parte y de otra recibía propuestas para integrarse a alguno de los bandos en lucha. Resplandecían méritos ocultos en el currículo de cada quien para ocupar el vértice de la estructura, y secretos oscuros en el currículo de los adversarios.

Ruperto, a su vez, tuvo que buscar en sus parientes más lejanos, alguna acción que le vinculara al partido, mientras más antigua, mejor. Si no luchaba por superarse en los mandos del partido, lo juzgarían con sospecha. Comenzó a esparcir rumores, con sumo cuidado, para confirmar que no se hacía lo suficiente para hacer crecer al partido. Y a solas, meditaba, con qué ideas podía sobresalir. Lo había decidido internamente, con la misma misteriosa razón con que se enciende el primer cigarrillo. Sugería, en las asambleas, llevar tambores, makarapas, cometas y vuvuzelas (inspiradas en el cuerno de venado usado por los Zulúes) que funcionan con gas, y que se podrían utilizar cerca de los amplificadores durante las marchas en las rotondas.

Ahora, encabezaba las marchas cubierto de banderas del partido. Llevaba camisetas con logotipos de amor y paz.

Sentía una satisfacción genuina cuando sus ideas prácticas eran acogidas con entusiasmo. Tomaba la palabra durante las marchas, y para no equivocarse, aprendía de memoria los últimos discursos de Comunicación y Ciudadanía, hasta que comprendió que bastaba utilizar las mismas treinta palabras en orden aleatorio, para quedar bien. Sin darse cuenta, lo ascendieron de cargo en la oficina.

Ruperto llegó a sentir orgullo. Entonces era objeto de confidencias de parte de sus subalternos. Uno de ellos, con malicia teñida ásperamente de ingenuidad, le recomendó ver la película “El puente sobre el río Kwai”.

Al verla, sintió algo insulso en el arrepentimiento final del oficial británico. Buscó como leer la novela original de Pierre Boulle, escritor francés, que inspiró la película. Encontró, en ella, que a diferencia de la versión cinematográfica, Nicholson, el oficial británico que construyó el puente sobre el río Kwai con sus soldados, como prisioneros del Coronel japonés Saito, una obra de ingeniería vital para que llegasen por tren los suministros al ejército japonés en Tailandia durante la Segunda Guerra Mundial, nunca se arrepintió de la construcción del puente. Por el contrario, trató de impedir, con éxito, su voladura por los comandos ingleses.

Ruperto González, empleado público de un gobierno absolutista, dirigente intermedio del partido, a puro pulso, prisionero al igual que el oficial británico, necesitaba darle algún sentido a su vida sin control. No era un simple objeto manipulado, como el protagonista de la película de Hollywood. Dentro de las circunstancias, un hombre sin perspectivas recurre a la fe, como un sacerdote, y forma parte de los ritos, como un rehén en Estocolmo a la hora del juicio contra sus captores.
En las elecciones, Ruperto, sin otra alternativa existencial, votará contra cualquier comando que intente volar el puente psicológico que ha construido para sus captores.

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