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He leído con atención el Código de Ética para los Servidores Públicos, promulgado por el Presidente de la República, Comandante Daniel Ortega. El documento habla de promover el espíritu de servicio y un desempeño con honestidad y responsabilidad;  llama a los funcionarios a cumplir y hacer cumplir la Ley. Orienta a brindar un trato igual para todas las personas y, por lo tanto, a no discriminar a nadie por ningún motivo.

La realidad es que en Nicaragua hemos sido testigos y víctimas de actuaciones totalmente divorciadas de la ética, de parte de funcionarios del Estado. Es de larga data, desde gobiernos anteriores, la historia de actos de corrupción a diferentes niveles de la administración pública, algunas veces por montos multimillonarios, muy bien documentados. Y es evidente que nos encontramos sometidos a una marcada discriminación, con raíces en la política partidaria: conseguir un puesto de trabajo, una beca, una pauta publicitaria, un fallo justo y oportuno, o una lámina de zinc, está grandemente determinado por la militancia partidaria de quien solicita el servicio.

Frente a esta situación, la aparición de este Código de Ética puede reflejar una decisión del Presidente de cambiar las cosas, y comenzar a darle a la ética el papel de estrella polar que debe tener para la actuación de los funcionarios públicos. De ser así, se hará merecedor de todo nuestro reconocimiento y respeto. Sin embargo, si esta es su intención, debe tomar en cuenta que el ejemplo pesa mucho más que las palabras. De tal manera, si quiere que sus subordinados cumplan la Ley, él debe ser el primero en cumplirla. En este sentido, le toca que renunciar a su candidatura a Presidente de la República, por ser esta claramente ilegal.  Y debe terminar de inmediato con el uso de los bienes del Estado para hacer propaganda para su partido, porque así lo manda la Ley. Si vemos que el Presidente comienza a cumplir la Ley, deduciremos que ciertamente está decidido a fomentar la ética. De otro modo, concluiremos que este Código de Ética es una burla, un triste acto de cinismo, de parte del Presidente Ortega.