•  |
  •  |

Si resiste la primera noche, será bueno, dijo el cerrajero, en broma y en serio, cuando vino a poner el portón nuevo en la casa de al lado. Este tenía los barrotes más cerca los unos de los otros. “Ahora”, continuó, “habrá que soldar una celosía alrededor de la cerradura, con cuadrículas muy chiquitas, de hierro más fino y con el filo cortante.” Para qué, si por ahí ya no cabe una mano, le preguntaron. “Cabe la mano de un niño”, contestó sin dudarlo; “viera cómo trabajan esos chavalos jodidos”.

No estaba en el barrio más problemático de Managua, y la casa era sencilla, aunque esquinera y lejos de la calle principal. La noche y la escasa iluminación amparaban a quienes habían entrado a robar decenas de veces. Se llevaban cosas pequeñas, o incluso nada. La contestación del cerrajero me dio escalofríos, porque me recordó sin querer aquella escena de La Lista de Schindler en la que el empresario salvaba de los nazis a los niños judíos para que trabajasen en su fábrica, con el pretexto de que sus deditos eran los únicos capaces de pulir por dentro el cilindro de la munición de bajo calibre.

Pero aparte de esas caprichosas asociaciones de la memoria, también resultaba  escalofriante imaginar a un niño acercándose de madrugada al portón de aquella casa, introduciendo su manito entre los hierros para dejar la entrada libre al adulto que lo mandaba. El cerrajero había visto de todo y cualquier precaución era poca.

A primera vista, la casa estaba totalmente clausurada, como que hubiese perdido  cualquier tipo de contacto con el exterior. Adentro, también había un niño. La familia le había enseñado que si alguien llamaba a la puerta, él debía ocultarse en el fondo, en lo oscuro, y estarse callado, esperando. Le dijeron que sólo si el de afuera insistía, entonces le respondiese desde lejos: ¿Qué queríiiia?”, así, en tiempo pasado, como invitando al extraño a pasar de largo.

Las pocas veces que aquel niño salía a la calle, llevaba el espanto en la cara. Parecía como si lo alistasen advirtiéndole de los innumerables peligros que aguardaban una vez traspasado el umbral hacia fuera. Uno se puede acostumbrar a todo, pero la diferencia entre educarse en una ciudad que vive entre rejas y en otra que no, marca la vida para siempre. Nos hemos acostumbrado, y probablemente ya no se nos ocurre asombrarnos de las consecuencias de crecer así, con el afán ineludible de protegerse, vivir como en trinchera, dormir con un ojo abierto, con la escasa luz prendida.

La propaganda por la que se enaltece a los altos cargos de la policía es incomprensible  cuando atendemos a la realidad: Nicaragua, hoy, es mucho más insegura, caótica y violenta que antes. La policía no tiene recursos y, a veces, es parte del problema de la corrupción (a pesar del heroico trabajo y la honradez de muchos de sus miembros). Por qué no se dice eso más alto en medio de desfiles con uniforme recién planchados.

Algunos podrían pensar: qué puede hacer la policía en un país que, poco a poco, se está  quedando sin ley. El número de delitos no resueltos (como los ataques violentos contra las mujeres, por ejemplo) es tan aplastante sobre el número de los que sí se resolvieron de una y otra manera, que es incomprensible que alguien pueda enorgullecerse de los resultados obtenidos en la aplicación de la ley en este país sin ley (porque sólo se aplica a rajatabla cuando se juzga a quien no puede pagar por saltársela). Hemos visto, con la indolencia del que es abofeteado una y otra vez, como jueces y magistrados no interpretan la ley, sino que la inventan a su propia conveniencia.

Les estaba hablando de aquella casa, ¿no? Antes, los ladrones solían saltarse el portón. Por eso, instalaron una alambrada de pinchos por encima del enrejado. Más tarde, decidieron techar la entrada por completo con láminas de cinc, de modo que ni los ladrones, ni los gatos, ni el sol pudiesen penetrarla. No habían pensado en la mano de un niño. Pero la casa se había ido haciendo cada vez más oscura, una especie de caverna sombría en cuadrículas, desde la que, a veces, podía oírse la voz del pequeño muerto de miedo.

En la mayoría de los barrios de Managua se ha instalado una arquitectura claustrofóbica  de jaula, como si en sus casas ya no viviera gente, sino especies en peligro de extinción. El proceso se parece a una derrota. Se empieza por no volver a sacar las sillas y abuelitas a la entrada (hay gente que ha matado por un celular en la puerta de la casa de sus víctimas). Después, se retuercen los portones, como ramas de árbol a las que se les puso complicado alcanzar un poco de sol.  Se construyen cuartos sin ventanas en lugares donde tendría que señorear la corriente de aire fresco. A los niños se les educa a la defensiva, con el miedo, el recelo, la desconfianza hacia cualquiera, como si tuvieran que estar preparados para vivir una guerra. A qué otra cosa se parece si no, esa especie de toque de queda que se instala en la ciudad a ciertas horas de la tarde o de la noche temprana. No hace falta ser sociólogo para sacar la conclusión del tipo de sociedad que se genera en esta educación del miedo: relaciones virtuales, falta de sinceridad, delirio, hipocresía, falsedad, todo lo que sea necesario para ocultar las verdaderas intenciones. Porque aquí, lo primero es defenderse.

Hoy en día, no creo que haya una sola familia que no haya sido víctima de un abuso, de  un robo, de un intento de asesinato, o de las tres cosas. Es algo que une a empobrecidos y enriquecidos en países como Nicaragua: ninguno de ellos está a salvo.  Ya hay muy poca distancia entre Managua y Tegucigalpa o San Salvador. Cuánto falta para ver también a los soldados en las calles.

El ser humano es capaz de adaptarse a todo, según creemos. Hay gente que se ha pasado  la vida entera con miedo, encerrada, o huyendo. También los animales se adaptan a vivir en los zoológicos. También ellos. Pero ni siquiera el más bello animal que se haya criado en cautividad puede evitar que sus ojos reflejen un sentimiento tan humano como la melancolía o el desamparo, como si recordase, sin haberlo vivido, que hubo otro tiempo y otra vida en que supo del sabor del aire fresco y la libertad.

Cae la noche sobre las casas, también sobre el zoo. La oscuridad se traga las calles bajo  la sombra aún más oscura de los árboles. La noche lo envuelve todo, poniendo a prueba la resistencia de quienes duermen bajo siete llaves y con un ojo abierto. Y Managua todavía resiste. La peor de las derrotas es olvidar un derecho por creerlo imposible: que un ser humano merece vivir, y dormir, de otra manera.  

sanchomas@gmail.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus