•  |
  •  |

Al vencedor de San Jacinto —primer triunfo continental sobre el esclavismo— y al de la batalla del Jocote —la única a campo raso de la Guerra Nacional en la que nicaragüenses y costarricenses derrotaron a los filibusteros— les unieron siempre el patriotismo y los principios republicanos. Compañeros de lucha y subalternos del general Tomás Martínez (1820-1873), tenían vocación por las armas e iniciaron, bajo las órdenes de aquél, la resistencia contra la usurpación de William Walker (1824-1860), heraldo del “Destino Manifiesto”. Me refiero a esa corriente mesiánica del pueblo estadounidense de creerse un pueblo escogido y superior que podía y debía dominar a los países situados al sur del Río Bravo.

Hablo, evidentemente, de José Dolores Estrada (1792-1869) y de Fernando Chamorro Alfaro (1824-1863). El primero: mulato y de Nandaime, ejemplo de modestia y austeridad rural, célibe e iletrado que, al insertarse en una de las capas medias coloniales como era la milicia, adquirió firmeza de carácter y una severa disciplina. Hijo de un pequeño propietario, no poseyó casa propia sino hasta que, ya sexagenario, uno de sus más cercanos admiradores y amigos granadinos le donó una para vivir con su hermana Magdalena. Por su lado, el segundo fue el “cumiche” de un criollo: Pedro Chamorro Argüello, víctima de la disolución anárquica desatada en Nicaragua a raíz de la Independencia.

Fernando estudió en la Universidad de su ciudad natal —Granada—, donde obtuvo el grado de Bachiller en Filosofía y participó de las ideas de su hermano de padre Fruto (1805-1855), expuestas en el periódico El Mentor Nicaragüense, que postulaban el orden social como fuente indispensable de la legitimidad política. También se graduó de Bachiller en Derecho Civil.

Parara 1851, cuando el general J. Trinidad Muñoz desalojó del poder al Jefe de Estado Laureano Pineda expulsándolo del país, Fruto Chamorro organizó el “Ejército Restaurador del Orden”, reinstalando a Pineda en su cargo, caso excepcional en nuestra historia. Su hermano Fernando le acompañó en esa campaña, al igual que Estrada, nombrado Capitán de la Compañía del Medio Batallón de Managua. En seguida, ambos defendieron la causa legitimista de Fruto, articulador de un frustrado proyecto de nación y nuestro primer Presidente de la República. Fernando combatió en “El Pozo” el 12 de mayo de 1854 con el grado de Teniente Coronel, compartiendo esa derrota frente a las fuerzas democráticas de Máximo Jerez (1818-1881), líder de la fracción leonesa que encabezaba otro proyecto de nación, antagónico naturalmente al de Fruto Chamorro. Como se sabe, éste quedó inconsciente y su hermano Fernando lo alzó del suelo, entregándolo a un oficial que lo llevaría a Granada montado por delante en su caballo.

Otra acción de la guerra incivil en la cual se destacó Fernando fue la del 9 de febrero de 1855 en Masaya. “El señor Coronel Fernando Chamorro, segundo jefe de la división, en medio de lo más nutrido del combate, se portó con tanto coraje, denuedo y bizarría, que nada deja que desear” —se informa en el parte correspondiente. Inmediatamente, la contienda se intensificó con la presencia de un ejército mercenario que, jefeado por el estadounidense sureño William Walker, se enfrentó al bando legitimista en Rivas el 29 de junio de 1855, llegando a tomarse Granada el 13 de octubre del mismo año.

Entonces, en el norte de Nicaragua, fue organizado el “Ejército del Setentrión”, al cual Fernando Chamorro contribuyó tesonera y eficazmente (vendiendo, según tradición oral, las alhajas de su familia). Además, como segundo Jefe de ese Ejército (el primero era Martínez), fue el inmediato superior de Estrada, entonces coronel, quien hizo morder el polvo en San Jacinto a los invasores rubios que, representando al expansionismo filibustero y esclavista de los Estados Unidos, atentaban contra la existencia misma de la nación y, en general, de Centroamérica.

La gesta de San Jacinto perdura en la memoria colectiva de los nicaragüenses y su principal héroe —”Tata Lolo” Estrada, entonces de 65 años— ha sido glorificado. En Masaya fue recibido bajo un triunfal arco de flores. En 1858 unos amigos iniciaron en Managua la conmemoración de la batalla, tradición que se continuaría a lo largo del siglo XIX. En el gobierno de Roberto Sacasa (1889-93) se decretó erigir un monumento en la capital “a la memoria de todos los jefes, oficiales y soldados que tomaron parte en la gloriosa jornada de San Jacinto” (Gaceta Oficial, Año XXXI, Núm. 18, 8 de marzo, 1893). En el de J. Santos Zelaya, uno de los barcos de nuestra marina de guerra fue bautizado “San Jacinto”. En 1917, durante la Restauración conservadora, se instauró la “Jura de la Bandera”, ocupando Estrada la figura central.

En cambio, la memoria de Fernando Chamorro prácticamente caería en el olvido. Hoy casi nadie recuerda la batalla del Jocote que tuvo lugar en dos llanos —el Coyol y la Cruz— sobre la ruta del Tránsito el 5 de marzo de 1857, habiendo vencido a las fuerzas del coronel walkerista Sanders. (El propio Walker, en su libro, no pudo disimular el escozor que le causó esa derrota campal infligida a sus mejores tropas: su primera compañía de rifleros). Tampoco sé evoca su arrojada acción posterior en Rivas. Expulsando al sureño esclavista, Chamorro fue uno de los prestigiosos militares que se empeñaron en salvar a la nación, apoyando al gobierno binario y discrecional de Martínez y Jerez, al que siguió la Constituyente instalada el 8 de noviembre de 1857. Esta le autorizó —en compañía de Estrada y de los otros dos citados— aceptar y llevar la condecoración otorgada a los cuatro militares por el presidente de Guatemala el 15 de marzo de 1858. Para ese año, Fernando Chamorro —además de general— era senador. Y dos años más tarde se encargaría de la Presidencia durante cuatro meses y dieciséis días por retiro temporal de Martínez.

Luego se opondría, secundado por Estrada, a la reelección en 1863 del mismo Presidente Martínez, siendo despojados de sus rangos. Decidieron, en consecuencia, luchar por el principio republicano de la no-reelección y combatieron contra su viejo amigo. También Fernando se unió a Jerez en pro de la unión centroamericana que promovía, desde El Salvador, el mandatario de ese país Gerardo Barrios; lo hizo —señalaba Emilio Álvarez Lejarza— animado por su romanticismo. El hecho es que pereció a traición en esa lucha el 21 de julio de 1863. “Un belitre me dio un lanzazo en la espalda —dijo, moribundo, a su ayudante—. Y expiró. (“Belitre” —según el Diccionario de Autoridades— es sinónimo de ruin y de vil). Mientras tanto, Estrada —compañero también en esa causa centroamericanista, a la que se oponía Martínez en Nicaragua— calificó a su compañero, dirigiéndose a sus subalternos, como “uno de vuestros jefes más ilustres, el patriota desinteresado que jamás ambicionó ningún puesto, ni esquivó ningún peligro para salvar la independencia y las instituciones de su país”.

A José Dolores Estrada, el escritor Enrique Guzmán lo llamaría “nuestro Cincinato”, aludiendo al general y político romano, cónsul en 460 antes de Cristo que labraba su campo cuando llegó la Embajada del Senado para comunicarle que le había sido dado el poder. Venció y volvió a empuñar el arado. Lo mismo que Estrada en su exilio costarricense, cuando escribió a otro de sus amigos (José Pasos) en Santa Cruz, Guanacaste, el 23 de julio de 1866: “Yo estoy aquí haciendo un limpiecito, para ver si puedo sembrar unas matas de Tabaco”. Tres años después fallecía a los 77 años.

En cuanto a Fernando Chamorro, había perdido la vida trágicamente —como se vio— ¡a sus 39 años! Y su nobleza y heroísmo impresionaron, a principios del siglo pasado a José T. Olivares, poeta liberal que decidió bautizarle “el Bayardo nicaragüense”. Es decir, el “caballero sin tacha y sin miedo nuestro”, refiriéndose al señor de Bayard Pierre Terrail (14761524), capitán francés al servicio de sus reyes, armado caballero tras la batalla de Marignano en 1515.