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Los datos revelan que en agosto de 2011, por primera vez en un año, apenas hubo crecimiento neto del empleo en Estados Unidos: los 17,000 nuevos puestos de trabajo creados por las empresas fueron ampliamente compensados por los destruidos por el propio Gobierno. También se revisaron a la baja de forma significativa los empleos creados en junio y julio. La tasa de desempleo permaneció en el 9.1%. El número de horas trabajadas por los empleados en agosto descendió, y también lo hizo la remuneración media por hora trabajada. De hecho, hay 14 millones de personas están desempleadas, casi 25 millones de norteamericanos si se incluyen los desempleados y los que ya no buscan activamente empleo.

En ausencia de crecimiento de la demanda, las empresas seguirán sin generar empleo, bajarán las remuneraciones de los empleados, las ganancias seguirán contrayéndose y con ellos la inversión. Las deudas, privadas y públicas, no se podrán pagar completamente y los bancos sufrirán. La debilidad de la actividad industrial norteamericana roza ya la línea que delimita una economía en crecimiento de la contracción. No es un cuadro exclusivo de Estados Unidos: en Europa ya lo sufren algunas economías (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España). La crisis financiera en Europa se ha convertido en una crisis de deudas soberanas, con graves implicaciones para la unión monetaria, los bancos y la competitividad de ciertos países.

Los síntomas están ahí desde hace tiempo. En Europa, ni los planes de ajuste ni los fondos de recate logran calmar a unos mercados en estado de pánico. El peligro de una recaída generalizada de la economía es aún mayor en Europa, donde la crisis de la deuda pública cada vez se complica más. La situación en Estados Unidos no es mucho mejor. Japón, la tercera economía mundial, sigue inmersa en sus problemas. A nivel general, la política tiende a convertirse en un acicate de la crisis y no un factor que contribuya a superarla. Este es un pésimo acomodo de las cosas. El centro de la crisis esta en los países más desarrollados, pero se extiende con rapidez al resto de las economías.

El crédito aún está estancado y la desconfianza traspasa de los mercados financieros a la economía real. Por si fuera poco, el margen de maniobra de los Gobierno es muchísimo menor que antes, tanto en la política fiscal como monetaria. El problema no es que vayamos a recaer en recesión, sino que creo que nunca hemos salidos de ella; y parece que va a durar mucho tiempo. En todo caso, una nueva recesión no puede descartarse. Por supuesto que el entorno económico internacional es de gran incertidumbre.

Son algunos datos que confirman la desaceleración que ha tenido lugar en todas las economías avanzadas y algunas emergentes a partir del segundo trimestre de 2011. Hasta el punto que la recaída en una nueva recesión (tal como ha advertido Christine Lagarde, directora del FMI) ha vuelto a cobrar virtualidad. El presidente del Banco Mundial, Roberto Zoellick, anunciaba que el mundo entra en “una nueva zona de peligro”. Por su lado, la OCDE no descarta una recesión en algunas grandes economías. En el escenario más probable, el estancamiento económico internacional se instalará a partir del último trimestre de 2011 o en el primer semestre de 2012. Esa percepción, junto con la continuidad de la inestabilidad económica-financiera, está erosionando la confianza de empresarios y familias, con una traducción clara en la generación de rentas y en las decisiones del gasto.

Este es el marco en el que habría que situar la futura estabilidad económica de Nicaragua. Esta es precaria. Por un lado, es poco resistente ante una nueva recesión internacional. Por otro lado, el control de la inflación no estimula el mercado interno y la productividad. Nicaragua necesita un proyecto de desarrollo nacional no neoliberal. Estamos pagando caro por tener una clase dominante que sólo piensa cómo enriquecerse más a costilla de todos y con los beneficios que el poder les brinda. Los políticos criollos terminan identificándose con sus políticas, y es difícil para ellos admitir errores. Sus empleos y carreras están en riesgo, y puede ser más ventajoso el insistir con un proyecto que seguramente fracasará que hacer el esfuerzo de inventarse algo nuevo.

La desaceleración económica de Estados Unidos posiblemente aumentará el riesgo de mayor desempleo en Nicaragua. La debilidad del mercado interno y la escasa recuperación de sus labores productivas generarán en las actividades económicas incapacidad para generar empleo suficiente frente al sostenido crecimiento poblacional. El mercado interno nacional estará afectado, también, por el incremento en los precios de los alimentos, por encima de la inflación general. No hay que olvidar que la economía nicaragüense no es un barco fuerte y sólido para navegar de manera solvente en aguas turbulentas de la posible nueva recesión económica internacional.

Desde 1990, con el neoliberalismo, se produjo en el campo nicaragüense una nueva alianza de clase, que no es dominada por los latifundistas tradicionales ni por una burguesía nacional local impulsora del mercado interno. Con el agronegocio se establece un nuevo modelo de relación del capital con el campo, basado en una nueva alianza entre bancos, empresas transnacionales, nuevos y viejos propietarios de tierra. En este modelo hay poco espacio para los campesinos pobres ni para las cooperativas productores de la mayoría de los bienes alimenticios básicos de la población. Hoy, existen miles de familias sin tierra, por lo tanto la demanda por la tierra (una reforma agraria) sigue vigente y plantea la necesidad de implementar otro modelo de desarrollo agrícola diferente al agronegocio.

Dadas las pobres expectativas de crecimiento impulsadas por factores externos debido a la casi segura recesión internacional en 2012/2013, Nicaragua tiene que dinamizar la economía interna para lograr mayor crecimiento y empleo, y esto sólo se alcanzará si se aceleran, lo más rápidamente posible, las reformas estructurales para mejorar la productividad de la economía nicaragüense.