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En Rubén, como en todos los grandes poetas de la humanidad, siempre existió una preocupación por el arquetipo de ser humano, por los ideales educativos y culturales que deben inspirar el paradigma del ciudadano capaz de encarnar los más altos valores cívicos y sociales.

Siendo Darío una de las más altas cimas de la poesía universal, vate por antonomasia, “el ciudadano más cabal e ilustre de América Latina”, al decir de Pedro Salinas, su obra está impregnada de ideales y valores de los cuales es posible extraer todo un ideario, un paradigma, para la formación espiritual, moral, cívica y física del ciudadano hispanoamericano y, por ende, de nosotros sus coterráneos nicaragüenses. Y nada mejor, en estos tiempos de crisis que vivimos, de confusión y degradación política y cívica, que volver a Rubén y encontrar, en la entraña misma de sus inagotables canteras, los ideales culturales y cívicos que podrían orientar nuestros esfuerzos de superación e inspirar un código de virtudes ciudadanas capaz de ennoblecer nuestro quehacer social y político.

Rubén abominó siempre la politiquería, a la cual calificaba como “ese tremendo hervidero de la pasión política” que podría contaminarlo todo, incluso el arte mismo.  Rubén nunca militó oficialmente en ningún partido político, aunque ideológicamente, como hombre avanzado de su época, se identificó con el pensamiento liberal de fines del siglo XIX, que por entonces encarnaba los ideales más progresistas.  El mismo Rubén nos dice que nunca le interesó el activismo político. Ciertamente, no fue un político, en el sentido criollo de la palabra. Esto no significa que menospreciara la política, como preocupación ciudadana por los altos destinos de la Patria y el bien común.

Rubén creció y se formó, ideológicamente, en una atmósfera dominada por el pensamiento liberal centroamericano finisecular, una de cuyas características era la vocación unionista, la pasión por reconstruir la patria centroamericana. El otro ingrediente, propio del liberalismo nicaragüense de entonces y que lo distingue del liberalismo de los otros países del istmo, fue la relación ambivalente con el “Coloso del Norte”, los Estados Unidos, visto, a la vez, como modelo de democracia y progreso y como potencia invasora, entrometida en los asuntos internos de Nicaragua. Esta ambivalencia es visible también en la obra de Darío y de otros intelectuales nicaragüenses.

Rubén también abominada la demagogia política y el uso del pueblo como instrumento de destrucción. Así dice, a propósito de “las turbas”: “Eso es obra de locos corrompidos: llevar las turbas a que despedacen las puertas de los almacenes, y roben primero, y lo den todo al fuego después; conducirles a las tabernas y bodegas para que se emborrachen y así redoblen sus inmoralidades. La muchedumbre va por la calle gritando, amenazante, beoda, brutal, feroz”.

Frente al demagogo barato e irresponsable, Darío pondera al estadista: “El hombre de Estado cumplirá como bueno sus tareas, y su discreción y su conocimiento de los grandes asuntos en que había de ejercitar su pericia no han de quitarle, ni la vivacidad y frescura del ingenio, ni el pensamiento creador, ni el intelletto d’amore para su pasión artística.

Hasta de los candidatos a cargos públicos se ocupó Rubén. En un breve artículo “La comedia de las urnas”, incluido en el volumen “Crónica Política” de sus Obras Completas, Rubén se refiere a los candidatos que se presentan una y otra vez como aspirantes presidenciales e incluye este breve diálogo entre un sempiterno candidato y su mujer:

“-He encontrado mis manifiestos electorales de hace cuatro años.  
–Pero ¿pueden servir todavía?  
-¡Ya lo creo! ¡Como prometo siempre las mismas cosas!...”

Cualquier parecido con un candidato de nuestros días es pura coincidencia.
Luego Rubén agrega: “No quería que se creyese por esto que todos los candidatos son farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que lo promete porque está resuelto a ponerlo en práctica enseguida; a aquel que lucha por un ideal”.

Finalmente, Rubén les advierte a los candidatos que no menosprecien la inteligencia de los electores ofreciéndoles un saco de ilusiones. Decirles tonterías a los ciudadanos “es tomarlos como a incurables imbéciles”.